¿Por qué Después de la Fiesta Llega 'La Nada'? Bajón Post Jodita, Nihilismo y Despersonalización del Alma
¡No te pierdas ni una noticia! Suscríbete a nuestra newsletter GRATUITA y súmate a nuestro canal de Telegram o canal de WhatsApp.
Anuncia en El Planteo, el medio cannábico más leído en el mundo de habla hispana.
Síguenos en redes sociales para más contenido exclusivo: Instagram // Facebook // Twitter
Tal como dicta la ley de gravedad, todo lo que sube, tiene que bajar. Durante las fiestas exponemos al cuerpo a una avalancha de estímulos que después, cuando todo se apaga, dejan su marca tanto en el organismo como en nuestro estado de conciencia. Tras esa tromba, aparece una especie de “despersonalización” o “desrealización” del alma: una dificultad de volver a habitar una forma más limitada de estar en el mundo. Y no se trata únicamente de un efecto químico, no y no, sino de la comprobación empírica de que no somos robots, sino que nuestro cuerpo es un territorio donde quedan grabadas –a fuego, en carne viva- las experiencias, las ausencias, los flashes y los deseos.
“La sensación de vacío después de consumir ciertas sustancias no es un fenómeno psicológico aislado: tiene una base neurobiológica bastante clara. Muchas drogas, especialmente las que actúan sobre sistemas como la serotonina, la dopamina o la noradrenalina, generan un pico muy alto de neurotransmisores durante el viaje. Justamente, ese ‘subidón’ es lo que produce euforia, conexión, apertura emocional o intensidad sensorial”, explica Lucas Otazu, médico especialista en terapéutica cannábica formado como agente de reducción de daños.
Cuando consumimos, especialmente estimulantes o sustancias que alteran la percepción, el sistema nervioso se acelera y termina saturado. Por lo tanto, más tarde, al disminuir esa activación, pueden aparecer momentos de desconexión: una sensación de estar mirándote desde afuera, como ajeno, de estar menos presente, como si existiera un leve desfase entre el cuerpo y uno mismo.
Por eso, cuando ese pico se “cae” y termina el período de exposición a las sustancias, el cuerpo entra en un período de reequilibrio. El cuerpo no es sólo biología: es también deseo, lenguaje y memoria. “La neuroquímica necesita volver a niveles basales, después de haberse ‘agotado’ y en ese bajón pueden aparecer sensaciones de vacío, apatía, cansancio o incluso cierta tristeza”, expande Otazu. Muchas veces, ese “vacío” es el regreso de aquella intensidad imposible de sostener.
“Las sustancias psicoactivas pueden abrir zonas de experiencia en las que se vuelven más accesibles algunas sensaciones que parecían fuera de alcance –la conexión, el placer, la expansión, el alivio-, pero el entorno social y emocional suele estar preparado para negarlas. Por eso, el bajón no siempre es químico: también es existencial. Es el choque entre nuestra búsqueda subjetiva por trascender y un mundo que ofrece poco lugar para esa expansión”, completa Pato Liddle, secretario general de la Asociación de Reducción de Daños de Argentina (ARDA) y comunicador especializado en políticas de drogas.
- Aprende a cultivar hongos en casa con nuestro curso de DoubleBlind y El Planteo. Recibe soporte en vivo de micólogos expertos y únete a más de 7.000 estudiantes con resultados increíbles. Inscríbete ahora y disfruta de un 75% de descuento—solo USD 40 por acceso de por vida. Usa el código ELPLANTEO. ¡Regístrate aquí!
Pero, tranquilos: el cerebro siempre vuelve. O, al menos, lo intenta. “La clave es no forzar el proceso”, advierte el especialista. Después de una experiencia intensa, el cerebro no regresa siempre al punto de partida, sino a un nuevo equilibrio que indefectiblemente incorpora lo vivido. “Las sustancias no ‘roban’ nada, sino que abren puertas. Lo que cambia es lo que hacemos con lo que ‘vimos’ del otro lado. A veces el regreso a sentirnos ‘normales’ es rápido; otras, más lento, porque implica procesar emociones, vínculos y contradicciones que puede haber despertado la experiencia”, suma Liddle.
Contenido relacionado: Veganismo, Música y Fiesta: Características de Usuarios de Drogas a Nivel Mundial
De algún modo, “volver” a la cotidianeidad significa procesar e integrar. Y en ese tránsito de la “hiperestimulación” a la “normalidad”, cada persona descubre su propio compás, sus formas de ajustar el desfasaje y su manera particular de reencontrarse consigo mismo. Un dato concreto: para la mayoría de los psicoactivos, el reequilibrio neuroquímico se da entre 24 y 72 horas.
“Esto no implica daño irreversible, pero sí señala la importancia de descansar, alimentarse bien, hidratarse y evitar consumos muy seguidos. En reducción de daños hablamos de respetar los tiempos biológicos entre experiencias para que el cuerpo y la mente se recuperen sin quedar atrapados en un ciclo de subidón–vacío”, señala Otazu.
Entonces, el experto aconseja no consumir con mucha frecuencia, ni hacerlo sin descanso o en contextos de estrés, mala alimentación o privación del sueño. “Porque el cerebro no llega a completar del todo el reseteo entre consumos y ahí es donde aparece la sensación de agotamiento acumulado, irritabilidad o bajones más profundos”, continúa.
Con la edad, el cuerpo se vuelve más consciente de sus límites, pero también aprende a leer mejor las señales. “Lo que a veces se vive como un bajón más duro puede ser, en realidad, una sensibilidad distinta: la conciencia de que la energía ya no es infinita y de que el disfrute requiere otros cuidados”, agrega Liddle. “El organismo siempre intenta recuperar su homeostasis, y en la enorme mayoría de los casos lo logra sin secuelas. Lo que cambia es la velocidad y cómo se siente ese proceso”, desgrana Otazu.
Contenido relacionado: La Economía del Placer: El Nuevo Paradigma en Drogas que Podría Ahorrar Millones
A medida que pasan los años, el cuerpo se vuelve menos eficiente para metabolizar sustancias, regular el sueño y recuperar el trabajo de los neurotransmismisores. “Lo que a los 20 se compensaba en una siesta, a los 30 o 40 requiere más descanso, más hidratación y más cuidado”, avisa el médico. Se sabe: el hígado trabaja un poco más lento, la calidad del sueño se reduce, la inflamación basal aumenta y la reserva de energía no es la misma. “Todo eso hace que el rebote neuroquímico, ese período en el que el cerebro trata de volver a su homeostasis después del consumo, se sienta más áspero”, señala Otazu.
Entonces, de nuevo, ¿qué se puede hacer para estar más precavidos el “día después”? Para empezar, lo fundamental: tener sueños reparadores, comer algo nutritivo, hidratarse y reponer minerales, bajar la exposición a estímulos, espaciar los consumos y hacer actividad física. Aquellos no son simples “consejos”, sino “formas de reconocernos vulnerables en un mundo que nos exige rendir incluso cuando estamos vacíos” (Liddle dixit).
“Cuidarnos antes, durante y después es un mandato sanitario y también una práctica política. El día después no debería vivirse como castigo, sino como parte del viaje: el cuerpo pide volver a su ritmo, y escucharlo también es una manera de estar presentes”, dice Liddle, quien también se asume a sí mismo como “usuario de drogas”.
Entretanto, esa concepción negativa de la realidad que suele darse post-jodita en general emerge a partir de una combinación de factores biológicos y emocionales que predisponen lecturas más densas de la realidad. “El rebote de neurotransmisores, especialmente serotonina y dopamina, puede generar un estado de vulnerabilidad emocional: baja el ánimo, aumenta la sensibilidad al estrés y se amplifican pensamientos negativos. Esa química interna tiñe la interpretación del día, incluso aunque no haya ningún conflicto real”, explica Otazu sobrevolando detalles técnicos.
Así las cosas, cuando el cuerpo está agotado, el cerebro interpreta cualquier sensación como más pesada de lo que es. Y si la noche fue intensa o muy estimulante, el contraste con la calma del día siguiente puede ser vivido como un vacío o una sensación de desorden interno. Por lo demás, después de la apertura, conexión y euforia se produce un golpe que puede activar pensamientos del estilo “¿qué estoy haciendo con mi vida?” o “esto no tiene ningún sentido”. Pero calma, calma.
A propósito, el especialista tranquiliza teniendo bien identificado el desbarajuste biológico y el caos de los neurotransmisores: “Lo importante es saber que es transitorio. Con sueño, hidratación, comida y tiempo, el sistema nervioso vuelve a su rango habitual. Y cuando uno entiende que la sensación no es una verdad absoluta, sino un efecto biológico del post-consumo, se vive con mucha menos angustia”.
Chillax: no todo está tan mal, sino que esas alarmas son el cuerpo y la mente procesando lo vivido, deglutiendo la experiencia. Entonces, la resaca existencial existe y suele asomar el eco de lo que, digamos, “falta”. “Vivimos en una cultura que nos invita a consumir sin límites, pero no a sostenernos. Y esto se hace aún peor en el marco de los estigmas de la moral prohibicionista, que señala a quienes usamos drogas como los culpables de todos los males”, cierra Liddle.
Y al final, cuando todo se apaga, el silencio también comprime su propio pulso. Después de la música, las luces, la euforia y el vértigo de la búsqueda (de la búsqueda), queda flotando una suerte de eco que obliga a escucharse a uno mismo. Aquella nada no siempre es un vacío: a veces es el cuerpo intentando recordar quién es, sin luces, sin estímulos, sin ornamentos más que los de la propia existencia. Y, de sopetón, en esa calma posterior, el alma no cae del todo: aterriza.
¿Tienes ideas o comentarios? Puedes contactarnos en info@elplanteo.com
Síguenos en Instagram, Facebook y Twitter.
Todo el material compartido por ElPlanteo.com tiene fines únicamente periodísticos e informativos.








