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Cannabis en Uruguay, 12 Años Después: El Modelo que Redujo el Mercado Ilícito pero Hoy Enfrenta sus Propios Límites

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Cannabis en Uruguay, 12 Años Después: El Modelo que Redujo el Mercado Ilícito pero Hoy Enfrenta sus Propios Límites

Por Camila Berriex

Cannabis en Uruguay, 12 Años Después: El Modelo que Redujo el Mercado Ilícito pero Hoy Enfrenta sus Propios Límites

✍ 27 March, 2026 - 16:07


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A más de una década de haber hecho historia como el primer país en legalizar el cannabis de uso adulto, Uruguay atraviesa una nueva etapa: el sistema funciona, pero ya no alcanza. Entre datos oficiales, tensiones internas y nuevas propuestas, el debate vuelve a abrirse con fuerza.

Cuando Uruguay aprobó la Ley 19.172 en 2013, el objetivo no era precisamente crear una industria fortalecida o atraer turismo, sino algo bastante más urgente. Fue, ante todo, una respuesta política a un problema que el país rioplatense venía sufriendo hace rato: el avance del narcotráfico y los límites evidentes del paradigma prohibicionista.

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Una ley que fue impulsada en un contexto de alta conflictividad política, rechazo social mayoritario y presión internacional pero que, con éxito, sentó las bases de un experimento único: un sistema estatal, altamente regulado y con tres vías de acceso excluyentes —farmacias, autocultivo y clubes de membresía— diseñado para controlar toda la cadena, desde la producción hasta el consumo.

Hoy, los números muestran que ese objetivo se cumplió en gran medida. Uruguay logró lo que muchos países aún persiguen: reducir de forma significativa el mercado ilícito, mejorar la trazabilidad del producto y disminuir la criminalización de sus usuarios. Pero ese mismo modelo que supo ser pionero hoy empieza a mostrar tensiones internas difíciles de ignorar.

El mercado regulado creció, pero no logró absorber por completo la demanda. Persisten circuitos informales, aparecen cuellos de botella en la distribución y emergen actores —como los clubes— que reconfiguran el equilibrio original del sistema.

Al mismo tiempo, nuevas discusiones comienzan a ganar terreno, desde la posible apertura a turistas hasta la necesidad de flexibilizar un esquema pensado más para resistir que para expandirse.

En ese cruce entre logros históricos y desafíos estructurales, Uruguay vuelve a convertirse en una suerte de caso de estudio. Pero esta vez, la pregunta no es por qué ni cómo legalizar, sino qué hacer después del hecho.

El mercado ilícito cayó, pero no desapareció: ¿Qué es el mercado “gris”?

Uno de los principales objetivos de la regulación en Uruguay era claro: desplazar al mercado ilícito. Y en ese punto, los datos muestran un avance difícil de discutir.

Durante años, el cannabis prensado —proveniente principalmente del circuito ilegal regional— dominó el consumo en el país. Era más barato, accesible y no requería ningún tipo de registro. Sin embargo, con la implementación progresiva del sistema regulado, ese escenario empezó a cambiar.

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Según la evaluación oficial del gobierno, el prensado pasó de ser la principal vía de acceso en 2014 a representar apenas el 6,7% en 2024. La combinación de producto legal, precios relativamente estables y una mayor percepción de calidad y seguridad logró desplazar buena parte de ese mercado tradicional.

Pero el sistema no eliminó completamente la informalidad. Lo que hizo fue transformarla.

Hoy, el principal desafío ya no es el narcotráfico en su forma más visible, sino lo que distintos informes describen como un mercado gris: un entramado de intercambios informales, producción no registrada y circuitos paralelos que operan por fuera del sistema, pero sin la lógica violenta o criminal del mercado ilegal clásico.

Tal fenómeno responde, en parte, a las propias características del modelo uruguayo. El registro obligatorio, los límites de acceso, las restricciones de residencia y los problemas de abastecimiento en ciertos momentos generaron brechas que el sistema formal no siempre logró cubrir. En ese espacio, el mercado gris encuentra su lugar.

Ésta no es exactamente una falla total del modelo, sino un límite estructural. Es decir, el sistema sí logró reducir el daño más grave, pero aún no logró absorber toda la demanda.

Además, este tipo de informalidad plantea un desafío más complejo. A diferencia del narcotráfico tradicional, no se combate únicamente con control o represión. Requiere ajustes finos en el diseño del mercado legal, mejoras en el acceso y, posiblemente, una flexibilización de ciertas reglas que hoy restringen su alcance.

En ese sentido, el debate actual en Uruguay ya no gira en torno a si la regulación funciona, sino a cómo hacer que funcione mejor.

Clubes vs. farmacias: el actor inesperado que terminó liderando

En el diseño original, el modelo uruguayo había puesto a las farmacias como el corazón del sistema. Desde ahí, el Estado podía controlar variables clave como el precio, la potencia, la calidad y la distribución, asegurando un sistema ordenado, trazable y masivo.

Los clubes de membresía, en cambio, ocupaban un lugar más acotado. Eran concebidos como una alternativa complementaria, pensada para usuarios organizados, con producción limitada y bajo estrictas reglas de funcionamiento. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa arquitectura empezó a desdibujarse.

En la práctica, los clubes no solo crecieron de forma sostenida desde su habilitación en 2014, sino que terminaron consolidándose como uno de los pilares más sólidos del sistema.

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A pesar de tener una base de usuarios significativamente menor que las farmacias, su peso en el volumen total de cannabis producido y distribuido es igual—e incluso, en algunos momentos, superior.

Esto no es un detalle menor, ya que expuso dos tensiones estructurales: el canal diseñado para ser central no logró sostener ese rol y el canal pensado como complementario terminó ocupando ese espacio.

Las razones son múltiples y tienen que ver tanto con el diseño del sistema como con su implementación.

Por un lado, las farmacias enfrentaron obstáculos desde el inicio: demoras en la puesta en marcha, baja adhesión de puntos de venta, problemas con el sistema financiero internacional, quiebres de stock y críticas de los usuarios respecto a la potencia de las primeras variedades disponibles. Incluso hoy, el acceso por esta vía sigue siendo intermitente en algunas zonas y momentos.

Por otro lado, los clubes operan bajo una lógica distinta. Son estructuras más pequeñas, descentralizadas y con producción propia, lo que les permite adaptarse mejor a la demanda de sus socios. Además, concentran a los usuarios más frecuentes, lo que se traduce en un consumo promedio significativamente mayor por persona en comparación con quienes acceden por farmacias.

Desde el propio sector, el argumento es claro. Según el Congreso Nacional de Clubes Cannábicos, estas organizaciones no promueven un mayor consumo, sino que concentran a los usuarios regulares y, en ese proceso, contribuyen a desplazar el mercado ilegal, garantizando trazabilidad, calidad y control sanitario.

A esto se suma otro factor clave: el arraigo territorial. Los clubes están distribuidos en todo el país, generan empleo y funcionan bajo esquemas de control directo entre socios, lo que refuerza su legitimidad dentro del ecosistema regulado.

¿Entonces, qué sería del cannabis en Uruguay sin los clubes? Difícil de responder… pero parecería que el modelo uruguayo ya no puede pensarse sin ellos.

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De todas formas, esta centralidad no siempre se traduce en poder político. Los clubes siguen reclamando mayor participación en la toma de decisiones y una integración más efectiva en la política pública, argumentando que su rol no está siendo plenamente reconocido en las evaluaciones oficiales.

En todo este plan que terminó claudicando en un resultado no tan esperado, los clubes pasaron de ser un actor secundario a convertirse en uno de los protagonistas del presente —y probablemente, del futuro— del cannabis en Uruguay.

Un modelo rígido que hoy empieza a mostrar sus límites

Poco de lo que ocurre hoy en el sistema uruguayo es accidental. La arquitectura de la regulación fue diseñada, desde el inicio, para priorizar el control por sobre la expansión.

La Ley 19.172 estableció un esquema estatal con tres vías de acceso excluyentes —farmacias, autocultivo y clubes—, todas bajo registro obligatorio, límites estrictos de cantidad y un sistema de trazabilidad integral. No hay publicidad, los envases son neutros y el Estado regula cada etapa de la cadena, desde la producción hasta el consumo.

Dicho nivel de control respondió a un contexto específico: fuerte rechazo social —que rondaba el 60% al momento de aprobarse la ley—, presión de organismos internacionales y la necesidad de demostrar que el modelo podía funcionar sin aumentar riesgos. El resultado fue un sistema sólido, pero altamente exigente en términos operativos.

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En la práctica, esa rigidez se tradujo en dificultades concretas. La vía farmacéutica —pensada como pilar del modelo— fue la última en implementarse (recién en 2017) y atravesó problemas persistentes: baja adhesión de farmacias, restricciones financieras, demoras en la producción y quiebres de stock.

Aun así, el mercado legal logró consolidarse. Desde el inicio de la venta en farmacias se han dispensado más de 15 toneladas de cannabis, aunque el propio sistema reconoce que el mercado potencial podría ser significativamente mayor si se resolvieran los problemas de abastecimiento y distribución

Hoy, el sistema cuenta con decenas de miles de usuarios registrados en sus distintas modalidades:

  • más de 70.000 adquirentes en farmacias.
  • más de 15.000 miembros en clubes.
  • miles de cultivadores domésticos.

Sin embargo, ese número no se traduce directamente en uso efectivo. En el caso de las farmacias, solo entre el 20% y el 40% de los registrados compra mensualmente, evidenciando una brecha entre el diseño del sistema y su funcionamiento real. Aquí es donde aparece uno de los puntos más críticos.

A pesar del crecimiento del mercado regulado, el sistema no logra absorber toda la demanda. Según la evaluación oficial, cerca del 46% de los consumidores accede por vías legales, mientras que una porción significativa continúa por fuera del sistema, ya sea en el mercado gris o en circuitos informales.

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Incluso desde la misma Secretaría Nacional de Drogas se ha señalado la necesidad de introducir ajustes para mejorar el funcionamiento del mercado. La propia evaluación oficial reconoce “restricciones estructurales”, rigideces normativas y dificultades en la coordinación institucional que limitan la expansión del sistema.

En síntesis, Uruguay diseñó un sistema para ordenar, controlar y reducir daños en un contexto de alta incertidumbre. Pero más de una década después, ese mismo diseño empieza a mostrar sus límites frente a un escenario distinto, donde la demanda creció, los actores se consolidaron y el debate dejó de ser si regular o no, para pasar a ser cómo hacerlo mejor.

Turismo cannábico en Uruguay: el debate que vuelve (y ya no se puede evitar)

Durante más de una década, Uruguay sostuvo una decisión que lo diferenció incluso de otros mercados regulados: el acceso al cannabis legal quedó restringido exclusivamente a ciudadanos y residentes.

La lógica detrás de esa decisión era coherente con el espíritu original de la ley. El sistema no fue pensado como una industria abierta ni como un atractivo turístico, sino como una herramienta de política pública orientada a reducir riesgos, controlar el mercado y desplazar al narcotráfico. Pero ese mismo principio hoy empieza a ser cuestionado.

En la práctica, la prohibición de acceso para extranjeros generó una situación paradójica: turistas que visitan un país donde el cannabis es legal, pero que no pueden adquirirlo dentro del sistema regulado. En muchos casos, eso los empuja hacia circuitos informales o no regulados: exactamente lo contrario de lo que buscaba la política. En ese contexto, el debate sobre el turismo cannábico volvió a instalarse fuertemente.

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En los últimos meses, distintas voces dentro del ecosistema —incluyendo actores del sector y autoridades vinculadas a la regulación— volvieron a plantear la necesidad de revisar esta restricción. Entre las propuestas en discusión aparece la posibilidad de habilitar el acceso a cannabis para:

  • turistas
  • estudiantes extranjeros
  • trabajadores temporales

El argumento central es que ampliar el acceso permitiría fortalecer el mercado legal y seguir reduciendo el peso de los circuitos informales.

Algunas evaluaciones y análisis recientes coinciden en ese punto: incorporar a los no residentes podría aumentar la escala del sistema regulado y mejorar las condiciones de seguridad y calidad para quienes hoy quedan por fuera. Sin embargo, el tema no está exento de tensiones.

Abrir el mercado a turistas implica modificar uno de los pilares del modelo original. Supone pasar de un sistema pensado para el control interno a uno con mayor proyección económica y externa. Y eso reabre debates que estuvieron presentes desde el inicio: el rol del Estado, los límites del acceso y el equilibrio entre regulación y expansión.

Por ahora, no hay cambios concretos en el horizonte. Pero el solo hecho de que el tema haya vuelto al centro de la discusión ya es significativo. El turismo aparece no solo como una oportunidad económica, sino como una posible herramienta para resolver —al menos en parte— las limitaciones actuales que venimos viendo dentro del sistema.

De política de seguridad a oportunidad económica: el cambio de paradigma

Hay algo que atraviesa todo el proceso uruguayo y explica gran parte de las tensiones actuales: Uruguay no diseñó su modelo como una industria. Lo diseñó como una herramienta de política pública. La regulación del cannabis fue concebida para reducir daños, quitarle terreno al narcotráfico y ordenar un mercado que operaba en la informalidad, no para generar crecimiento económico ni atraer capital o turismo. Y esto no deja de ser positivo, pero hoy el contexto regional (y global) es muy diferente.

Mientras Uruguay consolidaba un sistema estable y controlado, otros países avanzaron hacia modelos comerciales más dinámicos, con apertura a inversiones, desarrollo de marca y estrategias orientadas al uso adulto en clave de mercado.

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En paralelo, el turismo cannábico empezó a posicionarse como un fenómeno global, integrándose a economías locales como parte de la oferta cultural y recreativa. En ese nuevo escenario, el modelo uruguayo quedó en una posición singular: sólido, pero limitado.

Hoy, el propio funcionamiento del sistema plantea una paradoja. Para seguir cumpliendo sus objetivos —reducir el mercado informal, garantizar calidad y ampliar el acceso seguro— necesita crecer. Pero para crecer, necesariamente debe revisar algunas de las restricciones que definieron su identidad original.

Por eso, lo que está en discusión ya no es únicamente una serie de ajustes técnicos. Es un cambio de paradigma. Pasar de un modelo diseñado para controlar a uno que también pueda adaptarse y expandirse. Semejante proceso implica reabrir debates sobre el rol del Estado, los límites del mercado y el equilibrio entre regulación y desarrollo económico. También supone integrar de forma más activa a los distintos actores que hoy sostienen el sistema en la práctica, desde los clubes hasta los canales de distribución formales.

Doce años después, Uruguay sigue siendo una referencia global. Logró reducir daños, mejorar la trazabilidad, disminuir la criminalización y desplazar gran parte del mercado ilícito. Pero su mayor desafío ya no es demostrar que la regulación funciona: es demostrar que puede evolucionar sin perder aquello que la hizo funcionar en primer lugar.

En ese escenario, las tensiones son inevitables. Los clubes presionan por mayor reconocimiento, el Estado evalúa posibles reformas y el mercado tanto formal como informal, junto con las políticas públicas, deberán continuar marcando el ritmo.

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ACERCA DEL AUTOR

Camila es traductora y redactora en El Planteo, donde crea y optimiza contenidos culturales y de negocios aplicando sus conocimientos en SEO. Estudia Sociología y música, explorando las ciencias sociales y el arte desde múltiples enfoques.

Además de su trabajo en El Planteo, ayuda a diversas industrias a conectar mejor con sus clientes mediante la redacción de blogs SEO, newsletters y contenido en LinkedIn. Con un profundo amor por la milonga y una curiosa fascinación por la era medieval, Camila encuentra en la comunicación una forma de conectar culturas y perspectivas. De día, es escritora; de noche, entusiasta del pool y los acordes; y en todo momento, una ávida estudiante.

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