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Nueva Guía y Rondas de Cuidadoras de Mamá Cultiva: Cannabis, Comunidad y Contención

Argentina

Nueva Guía y Rondas de Cuidadoras de Mamá Cultiva: Cannabis, Comunidad y Contención

Por Camila Berriex

Nueva Guía y Rondas de Cuidadoras de Mamá Cultiva: Cannabis, Comunidad y Contención

✍ 16 December, 2025 - 12:47


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Hay trabajos que no figuran en ningún recibo de sueldo, pero sostienen mundos. Cuidar, en casa, desde el amor, en soledad, a la intemperie, en la urgencia y de tantas otras formas, es uno de ellos. Y cuando de esos cuidados dependen vidas, derechos, dignidades, estos se vuelven aún más imprescindibles. De ahí nace la Guía para Cuidadoras de Mamá Cultiva Argentina, un documento, sí, pero también un gesto político, un abrazo extendido hacia quienes viven una tarea a veces tan cotidiana como inabarcable.

La guía busca “ponerle un borde a lo inabordable”, dice Julieta Molina, integrante de Mamá Cultiva, quien junto con Valeria Salech y Guadalupe Vázquez trabajó en su desarrollo. Y en esa frase se condensa un desafío monumental y una situación muchas veces tabú: reconocer que cuidar no es un acto instintivo ni romántico, sino un trabajo sostenido, permanente, muchas veces solitario, con sensaciones de impotencia y casi siempre invisibilizado.

“Una cuidadora somos todas las que día y noche garantizamos todo lo que requiere una persona que depende de otra para su salud y su vida”, resume. La guía aparece como una herramienta de reconocimiento, pero también como una forma de alivianar la carga simbólica: dejar de naturalizar que siempre seremos nosotras, las mujeres, quienes sostenemos el mundo cuando se derrumba.

Porque las estadísticas y el territorio cuentan la misma historia: el cuidado, en Argentina y en la región, tiene nombre de mujer. Según la ENUT, mientras los varones destinan unas tres horas y media diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, las mujeres dedican casi el doble: seis horas y media por día. Si esto, además, se traslada al mercado laboral, las mujeres consiguen puestos en sectores más precarizados, históricamente no remunerados y fuertemente feminizados. No es casual que el 97% del trabajo doméstico esté en manos de mujeres, que la informalidad allí roce el 73%, ni que en la economía popular ellas representen la mayoría en tareas históricamente no calificadas y sin reconocimiento. El sistema descansa sobre esa disponibilidad infinita, y la vida cotidiana también. Y, aun así, ese trabajo sigue siendo el más invisible de todos.

Las tareas de cuidado sostienen vidas, hogares, sistemas, estructuras completas. La triple jornada —el trabajo comunitario, los empleos y las tareas de cuidado en el hogar— deja al descubierto un patrón estructural: el trabajo es vital, pero no reconocido, y casi siempre, lo hacen las mujeres. De allí la sobrecarga y la necesidad del acompañamiento que la Guía de cuidadoras de Mamá Cultiva busca conseguir.

Las rondas de Mamá Cultiva contienen y encienden

Son encuentros, presenciales o virtuales, donde las cuidadoras pueden traer su experiencia sin filtro, sin juicio y sin ese mandato silencioso de “aguantarlo todo”. Las próximas rondas serán el viernes 19/12 a las 19 hs por Zoom y el sábado 20/12 a las 11 hs, presencial, en Congreso.

Las rondas de Mamá Cultiva no son solo espacios de intercambio. Son lugares donde las historias dejan de estar encerradas en un cuerpo y se vuelven colectivas. Julieta lo explica así: “Compartimos las resonancias, las reflexiones, los sentires que nos aparecen a partir de la guía”. Para muchas, es la primera vez que pueden decirlo en voz alta.

Hasta llegar ahí, el camino suele estar marcado por el silencio y el aislamiento. Son noches sin dormir, son la falta de recursos y políticas públicas, son diagnósticos que irrumpen de manera brusca; muchos llegan de manera imprevista y se instalan permanentemente, obligando a reorganizar la vida entera, cuenta Julieta.

Por eso, en las rondas sucede algo simple y a la vez profundo: Son espacios donde quienes cuidan “se sienten valoradas, donde identifican algo de su propia historia”. Y entonces pasa: se sienten menos solas, menos tristes, y eso las potencia.

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También aparece el descanso emocional: “Son espacios que contienen y encienden”, dice Julieta. Salen repuestas, con la energía renovada para seguir construyendo en colectivo. Para no bajar los brazos.

Dentro de ese ambiente seguro surgen las preguntas que nadie se había animado a formular: ¿Hasta dónde me es posible cuidar? ¿Qué puedo delegar? ¿Qué derechos tengo? ¿Cómo me cuido yo? Preguntas que, cuando se pronuncian acompañadas, dejan de doler tanto y ayudan a quien ayuda a entenderse como sujetas de derecho. Ponerse límites y actuar desde la conciencia.

Tal vez ese sea el mayor poder de las rondas: transformar el aislamiento en trama, y el desborde, en posibilidad de futuro.

La planta como refugio: soberanía, pausa y cuerpo

Entre los aportes más poderosos de la guía aparece el cannabis, claro está. No sólo como tratamiento para quien lo necesita, sino también como un sostén indispensable para la persona que cuida.

El cannabis, en concreto, ofrece innumerables beneficios para distintas afecciones tanto del cuerpo como de la mente, eso lo sabemos. Pero, ¿cómo puede ayudar a la persona que se encarga de cuidar, es decir, a quien no necesita el tratamiento?La planta también nos cuida”, dice Julieta. Vincularse con la planta es un acto político, porque implica disputar el tiempo, reconquistar lo propio, recuperar el cuerpo.

Meter las manos en la tierra es un gesto simbólico y terapéutico. Es volver a la conexión cuerpo, ante la fuerza de un mundo que nos empuja a la alienación y a producir cuidados mecánicamente”, explica.

Así, el cannabis ofrece descanso y pausa:

  • ayuda a dormir
  • baja la rumiación mental
  • disminuye el dolor físico
  • flexibiliza el tiempo
  • habilita la ternura, el humor, la paciencia

Y en el día a día, sobre todo cuando se cuida en situaciones de discapacidad, eso cambia todo: “La planta nos ayuda a relajar, a flexibilizar, a estar más creativas, pacientes y sensibles. Reírnos. Muchas veces funciona como un rescate”. Esa palabra, “rescate”, puede definir con precisión lo que muchas cuidadoras sienten cuando el cuerpo finalmente encuentra un modo de aflojar.

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Es por esto que podemos decir que el cannabis no solo ayuda a quien es cuidado, sino también a quien cuida.

La planta no solo llega al cuerpo, también abre el diálogo. Julieta cuenta que “esto no se da nunca solas. Es necesariamente en conversación con otras, permitiéndonos parar el cuidado para abrirnos a nosotras mismas”.

Aprender sobre el cannabis, compartir saberes, intercambiar experiencias se convierte en un punto de encuentro, un modo de interrumpir la lógica del sacrificio silencioso.

“Muchas veces un porro acompañó rondas afuera de un hospital, después de un día difícil, o simplemente porque sí, como un gesto de disfrute y gozo”, recuerda.

Y ahí aparece algo que excede al cannabis, a la guía y a la práctica misma del cuidado: La politización del dolor. El descubrimiento de que no se está sola porque la culpa no es individual: hay una estructura que recae siempre sobre los mismos cuerpos.

Conversar para existir: cuando la causa se vuelve política

Alejándonos del miedo a la palabra “política” o al “politizar”, la pregunta es clave: ¿en qué momento una experiencia personal se convierte en una causa colectiva?

Hay un momento en que algo cambia, dice Julieta y lo describe de esta manera: “Cuando una cuidadora deja de sentirse sola, culpable o ‘mala madre’ y empieza a reconocerse como sujeta de derechos, ahí aparece eso que militamos”.

Esa transformación se ve en escenas pequeñas, pero profundas. En rondas donde el dolor se vuelve palabra compartida, en decisiones de cuidado tomadas con información, en cuerpos que se autorizan a descansar, en personas que, por primera vez, pueden decir “basta”.

“Lo vimos cuando el saber médico dejó de ser incuestionable y empezó a dialogar con los saberes de la experiencia. Esos desplazamientos cotidianos, pequeños, pero profundos, representan la transformación que venimos construyendo”, dice Julieta.

Ese desplazamiento del silencio a la palabra, del aislamiento a la red, del mandato a la soberanía, es donde se juega lo colectivo. Porque una experiencia personal se vuelve causa cuando aparecen otras voces que la nombran. Cuando lo que parecía una carga individual se reconoce como una injusticia estructural. Cuando el dolor se politiza, la necesidad se organiza y el cuidado deja de ser una tarea privada para volverse una demanda pública.

Ahí, en esa trama, empieza a construirse otro futuro para las cuidadoras y para quienes dependen de ellas.

Si algo deja claro esta guía es que ninguna cuidadora debería enfrentarse sola a una tarea que sostiene al país entero. Organizarse, nombrarse, politizar el dolor y reconocerse como sujetas y sujetos de derecho no es un lujo, es una urgencia. Y Mamá Cultiva vuelve a recordarlo con la potencia de lo obvio: lo que sostiene la vida merece, al menos, ser sostenido de vuelta.

Encontrá la guía para cuidadoras completa haciendo click acá.

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ACERCA DEL AUTOR

Camila es traductora y redactora en El Planteo, donde crea y optimiza contenidos culturales y de negocios aplicando sus conocimientos en SEO. Estudia Sociología y música, explorando las ciencias sociales y el arte desde múltiples enfoques.

Además de su trabajo en El Planteo, ayuda a diversas industrias a conectar mejor con sus clientes mediante la redacción de blogs SEO, newsletters y contenido en LinkedIn. Con un profundo amor por la milonga y una curiosa fascinación por la era medieval, Camila encuentra en la comunicación una forma de conectar culturas y perspectivas. De día, es escritora; de noche, entusiasta del pool y los acordes; y en todo momento, una ávida estudiante.

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