La Última Maestra Del Papel De Fumar: La Mujer Que Hizo Más De 1.000 Millones De Papeles A Mano
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El sonido de las máquinas es hipnótico. Un traqueteo constante, un vaivén de engranajes que parecen respirar. Cada giro, cada golpe metálico es un latido en la historia de un oficio en extinción. Y, en el centro de este universo de papel y humo, está ella: Inmaculada. Su nombre, además de una descripción de su esencia, evoca la maestría intacta de su arte. Pero todos la conocen como Macu.
Tiene casi 64 años. Cincuenta de ellos los pasó aquí, entre montañas de papel de liar. Se movía con naturalidad en este mundo de bobinas y cuchillas afiladas, como si la fábrica fuera una extensión de su propio cuerpo. “Yo soy un tornillo más de esta máquina,” dice, con la certeza de quien ha pasado media vida entre engranajes que entienden mejor sus manos que cualquier manual de instrucciones. No hay movimientos en falso, no hay dudas. Sus dedos moldearon, una por una, más de 1.000 millones de hojas de papel para fumar. Y lo hizo con la misma máquina que, cuando se jubiló, se apagó para siempre.

La máquina que usaba Macu no sólo es antigua; es una reliquia única, modificada múltiples veces durante décadas para adaptarse a formatos que ninguna máquina moderna puede replicar. No hay repuestos ni mecánicos capaces de arreglarla, y por eso no pudo entrenarse a una sucesora. Hoy, esa máquina solo se entiende —casi como si tuviera memoria— cuando Macu vuelve de visita a la fábrica.
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Un Gremio De Hombres, Una Rebelión De Mujeres
Macu no llegó sola. Fue parte de una generación de chicas que irrumpieron en un mundo dominado por hombres. En 1977, cuando empezó a trabajar en la papelera de la región de Valencia-Alicante, las fábricas aún operaban bajo un sistema arcaico: los hombres manejaban las máquinas, cobraban más y ocupaban los puestos de mayor responsabilidad. Las mujeres quedaban relegadas a tareas secundarias.
“Mi madre y mi tía trabajaban aquí. Las mujeres lo hemos hecho todo en esta industria, pero los jefes eran los hombres.” La desigualdad estaba normalizada. Entraban como aprendices, siempre bajo la tutela de un operario masculino. “Entrabas de aprendiz y, más al ser mujer, te ponían siempre al lado de un hombre para que te enseñara,” recuerda Macu. Pero ella no se conformó con observar. Mientras aprendía a cortar, estuchar y engarzar, formuló preguntas incómodas:
¿Por qué los hombres tenían los mejores sueldos? ¿Por qué no podían las mujeres operar las máquinas más grandes?

Las respuestas nunca llegaron… pero las huelgas sí. Se organizaron, lucharon y ganaron. “Nos metimos en las engarzadoras y ahí vino el empoderamiento.” Poco a poco, tomaron el control de sus herramientas de trabajo. La engarzadora, la máquina que convierte pilas de papel en libritos, fue su trinchera.
El jefe de la fábrica pensó que, cuando se fueran las trabajadoras mayores, se acabarían las huelgas, los sindicatos y los reclamos. Que las jóvenes serían más fáciles de manejar. Pero se equivocó. “Nosotras no entramos a la fábrica como ovejitas. Llegamos y peleamos por lo nuestro.”
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El patrón, que creía que las nuevas generaciones serían más dóciles, se encontró con un muro. “Se pensaban que nos podrían manejar. Pero le salimos rana. Éramos jóvenes, rebeldes y nos habían enseñado a luchar.”
Los sindicatos se fortalecieron con ellas. “Nos apuntamos al sindicato, peleamos por lo nuestro y conseguimos lo que nos dijeron que no era posible.” Y agrega: “Nos considerábamos feministas, no porque alguien nos lo dijera, sino porque lo veíamos. Era injusto y lo combatimos.”
El Auge Y La Caída De Un Imperio
Las fábricas de papel de liar vivieron su apogeo entre los años 70 y 90. Eran tiempos de innovación, de papeles saborizados y de planes de expansión. Macu rememora aquella época de experimentos con olores, texturas y formatos. Algunos hablaban de acuerdos millonarios, de filiales en Argentina. Pero los números, tarde o temprano, dejaron de cuadrar.
Papeleras Reunidas, la empresa donde Macu comenzó su trayectoria, cayó víctima de sus deudas. “Era pan para hoy y hambre para mañana.” Cuando cerró, muchas trabajadoras quedaron en el aire. A Macu la trasladaron a Bambú, otra marca de la comarca, pero el declive ya era imparable.

“Se trabajaba en negro, que no me da ninguna vergüenza decirlo, porque cuando tienes necesidad te coges lo que te dan”. La precariedad era el día a día. Los patrones cerraban fábricas, las reabrían con otro nombre y las trabajadoras seguían allí, como si nada hubiera pasado.
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“Hoy las jóvenes no lo ven, pero lo que tienen aquí se consiguió con muchos palos y muchas huelgas.” Y añade con cierta nostalgia: “La gente joven entra solo a trabajar y ganar dinero. Antes mirábamos cada librito con ilusión. Ahora es solo un producto más”.
El Resurgimiento: RAW Y La Pasión Por El Papel
Macu encontró continuidad en Iberpapel, la última gran fábrica de papel de liar de la región, hoy responsable de la producción de RAW, Elements y otras marcas. Aquí aparece un nombre clave: Josh Kesselman.

Lejos de ser un empresario convencional, Josh es un estudioso del papel de liar y un amante de la herencia cultural del mismo. Donde otros verían máquinas obsoletas, él ve arte. “Josh ama el papel. Es un apasionado de la tradición. Si no fuera por él, esto ya se habría perdido”.
En palabras del propio Kesselman: “Podríamos automatizarlo todo, pero perderíamos algo invaluable: historia, artesanía y alma.”
El Tabú Que Nunca Fue: Del Tabaco Al Cannabis
El papel de liar ha cambiado de uso con el tiempo. Lo que antes era casi exclusivamente para tabaco, hoy en gran parte se usa para cannabis. Pero en la región nadie hizo escándalo por ello. “Aquí, te dan el papel y haz lo que quieras con él”. La mentalidad ha sido siempre la misma: fabricar con excelencia, sin juzgar el destino del producto.
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Macu admite que, al principio, ni siquiera se lo planteaban. “Éramos bastante ignorantes al respecto. No lo relacionábamos”. Pero con el tiempo, se fue haciendo evidente. Aunque nunca fue tema de conversación dentro de la fábrica, en la calle la gente asumió el cambio con naturalidad. “Si estás en un bar y ves a alguien liando un cigarro, nadie pregunta qué está fumando”.
El Adiós De Macu Y El Fin De Una Era
Después de medio siglo, su cuerpo pidió descanso. “Es muy repetitivo y monótono”. Pero, pese a todo, se fue con la cabeza en alto. “Me siento orgullosa de lo que hicimos, de lo que conseguimos. Pero aún falta camino.”
Cuando la engarzadora se apagó, con su jubilación, se cerró un capítulo irrepetible del papel de liar. Pero su historia no morirá. “Lo que tenemos hoy no nos lo regalaron, lo peleamos”.
Más de 1.000 millones de papeles respaldan su legado. Nadie podrá discutir que ella fue la última gran maestra de un arte que, pese al progreso, sigue encontrando su mejor versión en la dedicación de quienes se niegan a dejarlo morir.
Su historia, como el humo que se eleva, seguirá flotando en el aire.
Foto: Ricardo Comino Bernat
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