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Zombies Emocionales: Cómo el Cannabis Nos Enseña a Sentir (Otra Vez)

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Zombies Emocionales: Cómo el Cannabis Nos Enseña a Sentir (Otra Vez)

Por Hernán Panessi

Zombies Emocionales: Cómo el Cannabis Nos Enseña a Sentir (Otra Vez)

✍ 18 February, 2026 - 11:50


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Nunca en la historia de la humanidad estuvimos expuestos a tantos estímulos sensoriales a la vez y nunca, jamás, sentimos tan poco. Vivimos sobrecargados de pantallas, multitasking, exigencias por rendimiento constante e hiperproductividad. Así, la mente se mantiene permanentemente encendida, sin la posibilidad de encarar pausas restauradoras. Y de tanto ruido, y de tan pocas nueces, aparece una especie de barullo mental permanente que empuja a una desconexión progresiva de nuestras emociones más básicas.

La cultura actual implica y exige velocidad, rendimiento, un violento dame ya, quiero ya, dame más. Y sentir, en su reverso, implica tiempo, pausa e introspección. La anestesia emocional, entonces, funciona como una adaptación: para sostener el rendimiento, apagamos lo que sentimos. Las pantallas activan un sistema de recompensas generando picos rápidos de dopamina, que desplazan la atención hacia afuera y evitan sentir malestar, vacío o tristeza. Con el tiempo, el cerebro deja de autorregularse y depende de una estimulación externa.

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“La evitación emocional es silenciosa y acumulativa. No aparece de golpe: se construye como una capa que afecta cuerpo, vínculos, salud mental e identidad”, explica la Dra. Ángeles García Vara, especialista en psiquiatría y posgrado en cannabis medicinal. ¿Los principales costos? La anestesia afectiva, la falta de vitalidad, deseo y alegría, la intolerancia al malestar, la somatización, la pobreza vincular y el congelamiento psicológico.

Cuanto menos sentimos, menos toleramos sentir. Las emociones evitadas vuelven con más intensidad. Por eso, el cuerpo se convierte en portavoz porque el cuerpo habla cuando la voz calla. Y allí aparecen el insomnio, el bruxismo, el colon irritable, la hipervigilancia, las cefaleas, la fatiga, la tensión crónica y el dolor”, cuenta la profesional.

Y sigue: “Para evitar emociones propias, también evitamos las del otro: menor intimidad, menor escucha, más soledad interna, miedo a mostrar vulnerabilidad. Y esas evitaciones detienen el desarrollo emocional generando repetición de patrones, rigidez y desconexión del deseo. Intentamos evitar sentir para no sufrir… y terminamos sufriendo porque dejamos de sentir”.

En ese sentido, muchos pacientes describen que los antidepresivos les causan “algún tipo de alivio” pero que, también, sienten una “baja de intensidad emocional”. Aquella no es una anestesia real: es menos exposición a la ansiedad y a la reactividad.

¿Y el cannabis puede hacer algo para contribuir a ese bienestar?  “Bueno, puede facilitar la pausa, indispensable para registrar qué nos pasa por dentro. La pausa no es frenar la vida: es frenar la reacción automática para poder percibir, nombrar y comprender lo que sentimos”, describe García Vara.

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Es que los fitocannabinoides, al modular el sistema endocannabinoide, disminuyen el estado de hiperalerta, de tensión muscular y de ruido mental. En consecuencia, abre un espacio interno de introspección donde aparece la presencia corporal sin necesidad de las pantallas o de la gratificación rápida.

Así las cosas, la introspección no depende sólo de dosis y vías, sino de intenciones y encuadres. Por lo demás, hay intenciones que habilitan los procesos terapéuticos. Algunas válidas: “Para poder pausar y validar la emoción que aparezca”, “para poner palabras a lo que siento”, “para abrir espacio interno”. Algunas intenciones que refuerzan evitación: “La uso para no pensar”, “para calmarme rápido”, “para apagar emociones”, “para dormir sin registrar mi día”.

“En la práctica clínica, prefiero indicar dosis bajas o microdosis, teniendo en cuenta que el cannabis es un ‘trajecito a medida para cada persona’. Después, ir titulando o dosificando progresivamente y estableciendo junto a la persona, qué vía de administración sería la más adecuada. Por ejemplo, la vía inhalatoria es más rápida e intensa”, explica la psiquiatra.

A la sazón, el cannabis puede facilitar la introspección y la capacidad de sentir qué es lo que ocurre adentro del cuerpo. Cuando vivimos en estado de alerta, la introspección termina distorsionada provocando demasiado ruido (taquicardia, irritabilidad, tensión, rumiación) o demasiado bloqueo (el inefable y famoso “no siento nada”). El sistema endocannabinoide regula la relación entre el sistema nervioso simpático y parasimpático, y modula regiones como amígdala, ínsula y corteza prefrontal. Esto permite “sentir” el cuerpo y registrar las emociones antes de actuar.

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Sin embargo, no a todos les funciona de la misma manera e, incluso, hasta podría serles perjudicial. “No lo recomendaría para personas ya anestesiadas por pantallas, de dopamina rápida, multitarea o con productividad compulsiva. Allí suele haber pérdida de capacidad de asombro, aburrimiento intolerable, vacío emocional, baja autoestima, introspección pobre y sensación de ‘no sentir nada’. En esos casos, cualquier sustancia que baje más la sensibilidad puede reforzar la desconexión”, advierte García Vara.

Desde ahí, desliza algunas preguntas terapéuticas clave: “¿Después de usar cannabis me siento más presente… o más lejos de mí?”, “¿Me abre sensibilidad o me la apaga?”, “¿Aparece más registro corporal… o más niebla?”, “¿Lo uso para evitar sentir… o para poder sentir mejor?” En consecuencia, si predominan la niebla, el escape o la desconexión, hay un perjuicio y debe evitarse su uso.

Y, en el fondo, hay que entender al cannabis como una herramienta, no como una solución, y es menester evitar que se convierta en la única forma de regular emociones difíciles. “El cannabis debe acompañar la regulación emocional, no reemplazarla”, avisa. “El mayor predictor de dependencia psicológica es usarlo cada vez que aparece una emoción difícil. El cannabis regula para que se pueda trabajar la emoción, no para reemplazar el trabajo emocional”, continúa.

Para evitar dependencia, los profesionales de la salud recomiendan: evitar vías de recompensa inmediata (vapeo, THC muy alto), optar por efectos suaves y sostenidos, y no usarlo cada vez que aparece una emoción incómoda.

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“Sentir es un acto voluntario y valiente”, suma la psiquiatra. “Las emociones surgen solas, pero abrirnos a sentirlas es una decisión que permite nombrar, resignificar, elegir con conciencia, decidir con claridad, salir del piloto automático, mejorar vínculos y límites, fortalecer introspección, reducir impulsividad dopaminérgica. Sentir a veces duele, pero también reorganiza, orienta y humaniza”.

Y el cannabis puede convertirse utilizarse como un vehículo hacia esa sensación y, desde la ciencia, incluso, puede definirse a la “sanación de la capacidad de sentir” como un objetivo terapéutico. “En microdosis o dosis bajas, y con variedades equilibradas, el uso de cannabis puede disminuir el estado de alerta y de rumiación, desacelerar el tiempo interno, aliviar la tensión física, abrir el espacio de registro y presencia y facilitar la introspección sin escape”, explica. Muchas veces, los profesionales agregan otras herramientas a este abordaje como el acompañamiento psicológico (si hiciera falta, claro) y los hábitos de introspección paralelos (respiración, journaling, terapia).

Hay que salir del agujero interior, mandar la piña en otra dirección, afinar el bucle adictivo, rechazar honradamente el FOMO (no hay nada tan importante ahí, la verdad, ¡vamos!) y evitar la sobrecarga cognitiva. Si la vorágine digital nos convirtió en zombies emocionales con un lag existencial y dependientes de un like, un corazoncito o un reel, el cannabis termina ofreciéndonos un portal, un reset químico: es hora de bajar el scroll y subirle el volumen a nuestros sentimientos.

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ACERCA DEL AUTOR

Hernán Panessi, autor en El Planteo, es un periodista especializado en cultura joven. Escribe en las revistas InfoTechnology, Rolling Stone, THC y Lento. Además, en Página/12, El Planeta Urbano, El Cronista y en el periódico uruguayo La Diaria. Colaboró para Revista Ñ, Clarín, La Nación, La Cosa, Playboy, Haciendo Cine, Billboard, Los Inrockuptibles, Forbes, VICEBenzinga, High Times y Yahoo, entre otros.

Hernán escribió los libros Porno Argento! Historia del cine nacional Triple X, Periodismo pop, Una puerta que se abre y Rock en Español. Fue docente en el Centro Cultural Rojas (UBA) donde dictó talleres de periodismo. Además, es programador de la sección VHS del Festival Internacional de Cine de Valdivia, en Chile.

Conduce FAN, programa periodístico sobre cultura, sociedad y vida moderna. Por su parte, también condujo en las FM Delta 90.3 y Nacional Rock 93.7. Asimismo, fue columnista en La Once Diez y Metro 95.1.

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