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Cultura

Los Mil Monstruos de Mariana Enríquez

Por Lola Sasturain

Los Mil Monstruos de Mariana Enríquez

✍ 12 abril, 2021 - 13:57

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Entrevista por Pablo Redes Vidart, nota por Lola Sasturain.

No se puede hablar de literatura argentina contemporánea sin hablar de Mariana Enríquez. La escritora, periodista, subeditora del Suplemento Radar de Página/12 y actual Directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes nació en Lanús en 1973 y hoy es una de las artífices centrales de un nuevo gótico latinoamericano. Entre otras cosas, Enríquez le devolvió al terror y al fantasy la dignidad perdida dentro del mundo literario y le otorgó elementos locales vinculados con nuestro ethos y nuestra historia.

Si bien publicó su primera novela en los años 90 y con sólo 21 años, su nombre empezó a hacer fuerte ruido con los libros de cuentos Los Peligros de Fumar en la Cama (2009) y Las Cosas que Perdimos en el Fuego (2016). Con su novela Nuestra Parte de Noche (2019), terminó por consolidar su lugar de “gran dama del terror argento”.

Recientemente, Enríquez lanzó una nueva edición ampliada de su libro Alguien camina sobre tu tumba: Mis viajes a cementerios, por editorial Anagrama. El mismo es una compilación de crónicas sobre sus visitas a cementerios de los más diversos lugares del mundo. Esta nueva edición, española, contiene varios relatos nuevos que no estaban incluidos en el original.

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También está terminando de corregir otro libro que, en sus palabras, “es un libro raro”. Allí, le pone texto a los dibujos que hace un amigo suyo, Jorge Alderete, un argentino que vive en México. En los primeros meses de la pandemia, súper colgado, empezó a hacer unos dibujos que tenían -y no- una relación estética entre entre sí. Bueno, él tiene como el típico miedo. Salían cosas raras, con una estética muy particular. Científicas, miedo soviético”.

El libro, editado en México, se llamará El Año de la Rata. Aún sin terminar, todavía no saben si lo lanzarán oficialmente.

También se editó recientemente Los Peligros de Fumar en la Cama en Estados Unidos, y Nuestra Parte de Noche en Portugal y Brasil. Hay que acompañar esos procesos, explica, aunque hoy sin la parte linda: nada de presentaciones, ni viajes, ni firmas. “Es un momento excepcional. Cuando las cosas sean más normales haré el berrinche correspondiente”, dice.

Aquí, en el medio de esta vorágine, La Enríquez (como muchos la llaman) revuelve algunas ideas sobre literatura latinoamericana, pandemia, estupefacientes, monstruos, nerdeadas y sobre esos cruces que la interpelan: entre el terror y la realidad política, entre el miedo y el sexo.

Letras femeninas y latinoamericanas

Enríquez es parte de una ola de autoras mujeres que están recuperando el fantástico, el terror y el extraño en las letras argentinas. 

Con trayectorias más o menos prolíficas, con más o menos años en el radar, nombres como Samatha Schewblin, Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara o Dolores Reyes pertenecen a una generación similar y tienen miradas que, si bien son bien diferentes, son compatibles.

Y el público, tanto nacional como internacional, las acompaña.

Algo de esta extrañeza y esta oscuridad, sumado al color local, resuena fuerte por fuera de las fronteras del país e incluso del continente.

Sobre ser una de las voces argentinas más leídas en el exterior, traducida a varios idiomas y muy aclamada en el mundo anglosajón y, sobre el corpus en que su obra está inscripta, el de la literatura latinoamericana, Enríquez reflexiona: “Yo identifico dos literaturas latinoamericanas distintas. La de los años 60, lo que le podríamos llamar el boom latinoamericano, que son las grandes novelas, especialmente de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, quizás Donoso. Una literatura a la que se le puso el nombre de realismo mágico que dominó a los años 60 y que impuso a la literatura latinoamericana como un todo en el mercado; porque realismo mágico fue una palabra que inventó una agente literaria, Carmen Balcells, para vender. Representaba una literatura de libros largos, muy best seller. En ese momento estaba de moda América Latina, justo después de la Revolución Cubana. Así que los ojos del mundo estaban en Latinoamérica y esto era lo que se producía y era una literatura básicamente de varones, con una impronta muy masculina en todo sentido”.

Enríquez dice que, en las letras latinoamericanas, identifica un renacimiento en los últimos diez años y por partida doble: por un lado, las crónicas, el hiperrealismo y la autoficción y, por el otro, el fantástico.  “Especialmente en los años de las dictaduras, a la literatura fantástica no se le daba tanta bola. Básicamente porque es una literatura que no se consideraba comprometida, que no tenía que ver con la dura realidad política que se estaba hablando”, sigue.

Al terror en la literatura le cuesta pasar la barrera del prestigio. Los escritores de terror todavía se mueven como en una especie de feria de literatura no tan respetada o no tan respetable. Es prejuicio, es pensar que, porque es entretenido y popular, no es serio, no es adulto, no sirve para pensar, ¿no?”, reflexiona.

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La obra de Enríquez le responde sola a este prejuicio:  los horrores de la dictadura son telón de fondo, son el universo fantasmático con el que entran en contacto las capacidades visionarias de los torturados personajes de Nuestra Parte de Noche, situada (aunque no solamente) en la década del 80.

Médiums y toda la estructura que los contiene, una orden de magia negra integrada por las familias más aristocráticas de la Argentina, templos paganos y un contexto post dictadura en donde fantasmas son lo que sobra, pero no así la gente que puede comunicarse con ellos.

El terror y la infancia

Pero Mariana Enríquez no cree que el resurgimiento de lo fantástico tenga que ver nada más con una relación con el contexto, con un modo de hablar de la coyuntura política: también cree que tiene que ver con un sentido generacional más amplio, y quienes están consolidando sus carreras hoy crecieron consumiendo ciertos productos culturales. 

Según identifica la autora, el fenómeno Stranger Things también aplica a la literatura: “Los que estamos ahora en los cuarenta consumimos Spielberg, Stephen King, Twin Peaks, después Los Expedientes Secretos X y después Lost. Nuestra formación narrativa es esa. Nos crió más Tiburón que un libro”.

Mira todas las películas de terror que puede y tiene una gruesa biblioteca del género. Se asume como un poco fetichista.

“Yo soy una friki, súper nerd del terror. Me acabo de gastar una guita totalmente obscena en The Wicked and the Divine, que es un cómic inglés. Son nueve tomos y no me está llegando el cuarto. Estoy caminando por las paredes porque quiero empezar a leerlo ya, pero tengo esa cosa del nerd obsesivo que, si no tiene del primero hasta el último, no lo puede empezar a leer”, cuenta.

Siempre hay algo de vuelta a la infancia, un guiño a las etapas formativas de quien mira o lee, en la cantidad de referencias que se cruzan en los productos culturales del terror. Y Enríquez identifica a la infancia como una etapa no necesariamente feliz. 

Pero no cree que el gusto de los niños por el terror tenga que ver con eso sino al contrario: “Yo no creo que el terror no sea una cosa alegre y no lo asocio con una infancia problemática. Es divertidísimo. De chicos la pasábamos súper bien con el terror: eran grandes momentos juntarse a ver El Exorcista a espaldas de los padres, jugar al Juego de la Copa, contarse cuentos de terror e inventar y mentir acerca de historias de fantasmas”.

Y sigue: “A mí lo que me repugna es la idea de la infancia idealizada. Sobre todo porque me parece muy insultante con la gente que no tuvo una infancia idealizada y que tiene que escuchar todo el puto tiempo los discursos acerca del niño y desde el niño”.

Los monstruos cotidianos

A Mariana Enríquez le gustan los monstruos en el sentido amplio: aquello que puede hacerte daño.

Como narradora, es el tipo de monstruos que le interesa identificar: aquellas cuestiones que sabemos que pueden vulnerarnos más allá del típico claustro terrorífico donde se desarrolla la acción del film o la novela.

Me gusta trabajar, en algunos relatos, con ciertas vulnerabilidades o con ciertos monstruos que a veces le ocurren al cuerpo de las mujeres, que pueden ser dejar de comer, lastimarse, etcétera. Y que son, digamos, monstruos autoinfligidos, un bicho que tenés metido adentro”.

En la actualidad, considera que el terror está en un gran momento, sobre todo en lo que a cine refiere: “Se corrió un poco de la cosa masiva, de las grandes películas de los ‘70 y ‘80. Hoy hay una reinterpretación desde Jordan Peele (Get Out, Us), Robert Eggers (The Witch), están pensando el terror desde la política, el terror desde el racismo, el terror desde la pareja”.

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Los fantasmas sociales, los monstruos, aquello que está escondido pero en cualquier momento puede aparecer y hacernos daño, es o debería ser inseparable del lugar y tiempo de la obra.

Enríquez identifica algunos de la argentinidad toda: “El miedo a la pobreza es uno en las clases medias. El odio a sí mismos, también. Está esa idea de que Argentina, es un país de mierda al que hay que irse y es una cosa absolutamente tóxica, autodestructiva. Es una especie de monstruo también. Y bueno, por supuesto, las consecuencias de la dictadura, las desapariciones”. 

Estos son los fantasmas que pueblan Nuestra Parte de Noche:

“Cuando era chica me acuerdo que circulaba el rumor constante de que tal chico, compañero de la escuela, no era hijo de sus padres, sino que había sido robado y no sé qué. Y, en algunos casos, será verdad. O sea, lo siniestro total. Era convivir con gente que no sabía si se llamaba así”.

La inquietud sobre la figura de “la casa” también es recurrente en su literatura. Siempre le interesó muchísimo como sistema de organización. Ese lugar que debería ser seguro pero que, a veces, alberga más peligros que el bosque más oscuro. La casa como el lugar del miedo.

Enríquez refiere, por ejemplo, a que en la dictadura las casas eran el último lugar donde unx estaba a salvo. Las cacerías empezaban por ahí. Era donde el monstruo sabía que podía encontrarte.

Pocas cosas más espeluznantes que la escena de La Casa Embrujada donde desaparece Adela en Nuestra Parte de Noche. Casualmente, Enríquez, tiene una casa desde la que se chuparon a alguien durante la dictadura a escasos pasos de la suya. Una baldosa en el piso lo anuncia.

Enríquez era una infante en los años de la dictadura. Pero, para ella, la distancia es necesaria a la hora de narrar. Lo que ya está decantado y, a su vez, la curiosidad, la necesidad de saber más sobre cierta cuestión. Lo contrario a estar empapada de un tema.

“Pensaba que era una lástima no tener esas experiencias para poder aplicarlas a lo que escribo. Y ahora pienso al revés. Pienso que está bueno mantener la curiosidad sobre esas cuestiones, preguntarle a la gente y averiguar. La distancia está buena para la creación de las cosas, para no estar demasiado cerca. Es como escribir un poema cuando uno está en pleno momento de enamoramiento. Va a ser una porquería, seguro que lo que voy a decir va a ser muy cliché”, desarrolla.

Enríquez identifica al único miedo real como el miedo a lo que puede hacer daño. Y que, en última instancia, es el miedo a la pérdida (propia y de algún ser querido) e identifica a la pérdida como al auténtico desconocido, la muerte como aquello único de lo cual no tenemos ni podremos jamás tener alguna referencia.

Entonces, el amor y el miedo se parecen bastante.

Y las narrativas del amor y las narrativas del terror, también: el amor o, mejor dicho, el enamoramiento, es a su manera otro de los monstruos de nuestra vida cotidiana.

Enríquez habla sobre las inspiraciones detrás de su texto sobre el poliamor, La Canción de la Torre Más Alta, primer cuento de la antología Poliamor, editada por Revista Anfibia. 

En el mismo, narra una historia de amor fugaz pero intensa con un joven en Francia, a quien no volvió a ver ni con quién tuvo forma de volver a comunicarse una vez vuelta al país. “La primera sensación del amor da mucho miedo. Unx está muy exultante, pero de una manera que no es necesariamente alegre, que es muy ansiosa, que es muy tensa, que no es grata. Tiene bastante del terror en el sentido de que tiene bastante de huidas. Unx, en muchos casos, no se atreve a meterse ahí porque le parece que es demasiado intenso”, analiza.

La pandemia o habitar una distopía aburrida

¿Qué piensa entonces, desde esta óptica, del quedate en casa, de la humanidad entera pasando un año encerrada? ¿Qué concepto de casa le despierta esta situación?

Te quedás en casa porque tenés miedo de lo que hay afuera. O sea, es un refugio, pero es un refugio porque hay una amenaza. No es un refugio porque querés estar ahí”, reflexiona.

Y este concepto de casa tiene bastante en común con muchas casas de las típicas narrativas del terror, donde adentro es el único lugar seguro hasta que entra un desconocido y se vuelve un infierno:  “Lo peor es que, después de tantos meses de ver cómo esto se contagia, terminamos descubriendo que, en realidad, lo que más contagia es estar encerrado adentro con gente. Quedate en casa, sí, pero quedarte en casa solo con la gente que conocés, porque quedarte adentro con otros que no conoces, se volvió el adentro más amenazante que nunca”.

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Pero a Enríquez, hoy por hoy, no le interesan las narrativas literarias que puedan desprenderse de la pandemia de Covid-19.  Tal vez por esta cuestión de estar demasiado empapada, de no poder tomar distancia.

“No me interesan los diarios de la pandemia. No me interesa lo que le pasa a la gente durante la pandemia, ni el pensamiento sobre la pandemia. En este momento puntual, ahora, hoy no quiero nada más que que nos vacunemos todos y sea una enfermedad más, como tantas otras enfermedades que pasó la humanidad en un montón de momentos”, explica no sin hastío.

Esta pandemia que toca habitar coincidió con un momento histórico donde los “relatos del yo” son cada día más populares, y donde casi todas las personas pueden acceder a dispositivos para contar y compartir su propia versión. Y lo que ve hasta ahora en esas narrativas no la interpela. No ve mucha fuerza política en los microrrelatos de esta pandemia en particular, al menos hasta ahora.

El sida provocó una literatura extraordinaria, quizá la última literatura que, al calor de los hechos, tenía algo para decir, y creo que eso pasó porque la mayoría gente que tenía la enfermedad, que la transitaba, estaba en una situación política muy particular. Se vivía un alto nivel de demonización, de  discriminación y de acusación. Hoy, lo primero que te preguntas si tenés covid es ‘¿Cómo te contagiaste?’. Imagínate con una enfermedad que afecta a un grupo que, ya de por sí, es discriminado y que, en la mayoría de los casos, se transmite por vía sexual. Produce una literatura impresionante, pero creo que tiene que ver con que fue una fuertísima reacción política”, desarrolla consultada sobre literaturas de pandemia.

De este momento histórico no le interesan los relatos costumbristas o los pares señalandose comportamientos erróneos entre sí. Si alguna vez escribiera algo inspirado en este contexto, iría por un lado completamente diferente: “De esta pandemia me interesaría un thriller sobre vacunas robadas, cosas por el estilo. Un análisis del poder de los laboratorios para dejar a países enteros sin vacunas y darles a otros que son ricos cuatro veces más. Ese tipo de cuestiones que tienen que ver con pensar un poco más allá de si hiciste masa madre o si la pasaste mal o qué sé yo”.

Bajar es lo peor

La joven Mariana probó la marihuana a los 14 o 15 años. Recuerda que con sus amigas sabían que el chico que vivía a la vuelta de su casa vendía, y estaban desesperadas por probar.

Cuando los hermanos mayores se enteraron, primero se enojaron y después les dijeron que no compren cualquier cosa y que fumen con ellos. Esto fue en La Plata, donde vivió con su familia desde la infancia.

Después, cuenta, consumió absolutamente de todo, y de una forma, en sus palabras, muy poco placentera: “Lo que había disponible, lo consumía. Me gustaba pero tenía que ver con una cosa de fondo muy autodestructiva. Y, a los veintipico, dejé todo”.

En retrospectiva, esos años suenan casi a un lugar común: mucha fiesta, drogas y un creciente interés por el rock, que la llevó a iniciarse como periodista musical.

Enríquez, quien escribió su primera novela con 19 años y la tituló Bajar es lo Peor, afirma que el consumo impactó muchísimo en su escritura. Esa es una novela sobre drogas y escrita bajo el influjo de drogas. Dice:  “La segunda, destila alcohol”.

Muchxs autores que admira no serían quienes eran sin sus vicios, no hubiesen escrito muchas de esas obras que son una oda al colocón.

Pero a la carrera de Enríquez, escribir sobria le hizo mejor. Se cansó de intentar tener una relación sana con las sustancias y de tratar de incorporarlas a su vida de una forma más o menos productiva, más o menos integrada al resto de sus actividades.

Cuando dejé de consumir, empecé a escribir mucho más, mucha más cantidad, con mucha más disciplina y mucho mejor. Sí, y bueno, por eso tiene que ver mucho con el tipo de consumo que yo tenía, totalmente desenfrenado. No podía usarlo, hay un montón de gente que usa cosas para determinadas cuestiones, incluso cuestiones sexuales, pero yo nunca pude hacer eso. Mi personalidad es como es, una personalidad totalmente adictiva y excesiva”.

Por estos días, solo consume alcohol recreativamente. “De vez en cuando me tomo alguito, es con lo único con lo que puedo mantener cierta cuestión placentera”.

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Pero se considera completamente liberal sobre estas cuestiones: considera que la prohibición de ningún tipo de sustancia trae consecuencias positivas. Y sí lo haría la despenalización.

Tendría que ser legal. Es ridículo que se persiga a la gente. No hay ningún argumento para la penalización que tenga asidero alguno. Sería una manera de bajar la violencia en nuestros países, que son los países más productores. Y de aflojar con la narcocultura. Los jóvenes que hoy no tienen otra opción, que trabajar de esto, podrían trabajar legalmente y ganarían menos plata, pero tendrían vidas mucho menos brutales”.

Fotos por Nora Lezano, arte de portada Natalia Kesselman



Lola Sasturain

ACERCA DEL AUTOR

Entrevistadora y editora en El Planteo, Lola Sasturain es periodista cultural, DJ y guionista.

Puedes encontrar sus notas en Página/12, VICE y, por supuesto, en El Planteo.

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