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Cultura

El Exorcismo de Frescolate: ¿Por qué el Campeón del Mundo Tuvo que Recurrir al Fuego para Volver a Nacer?

Por Hernán Panessi

El Exorcismo de Frescolate: ¿Por qué el Campeón del Mundo Tuvo que Recurrir al Fuego para Volver a Nacer?

✍ 8 diciembre, 2020 - 12:26

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Sentado en el umbral de la PC de escritorio de su casa en el barrio de Burzaco, en Buenos Aires, en el cuarto donde habitó toda su gloria, Frescolate, el primer campeón internacional del mundo del freestyle profesional, sacude emoción desde sus entrañas: “Éramos felices”.

Había un momento que era este: el 2 de octubre de 2005, en el Club Gallístico de la ciudad de San Juan, en Puerto Rico, Frescolate alcanzó una de las máximas glorias de la cultura hip hop.

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Durante unos segundos, con las rodillas vencidas, Sebastián Paoli, el pibe de zona sur, el que soñó con ser b-boy y emular los pasos de Michael Jackson, el rapero con estirpe de ghetto superstar que se forjó a rimas criollas, sintió en su cuerpo el estallido de mil truenos: como Diego, ahora era campeón del mundo. Y argentino.

Ser rapero no era algo cool

Cuando chico, Sebastián se volvía loco con Bad, Thriller y Dangerous, los discos que canonizaron a Michael en el Olimpo del pop y que, al pequeño Fresco, lo dejaron knock-out.

“Me hice b-boy porque me gustaba la música, pero no puedo decir que era parte del hip hop. Ni siquiera lo entendía”, recuerda.

En lo formal, la primera data rapera con la que se vinculó fue con Jazzy Mel, uno de los pioneros del rap en español y furor en la década del ’90. “De chiquito estuve muy familiarizado con el rap en castellano, aunque siempre me vi como un b-boy”, dice.

Más tarde, escuchó a Vanilla Ice y Kris Kross, exponentes del rap con espíritu popero.

En esa época, su padre tenía un videoclub y, en su voracidad infinita, se cruzó con películas que, por H o por B, siempre flotaban en algún aspecto de la doble H: “Aparecían personajes con el grabador en los hombros, con ropa grande y gorritas. Por eso, a los 9 años ya andaba con gorra. Me decían ‘raperito’, pero no era algo cool”.

Y su pasión por el baile empezó a crecer. Cada fibra de su cuerpo lo acercaba a su destino: con las pupilas brillantes y el cuerpo flexible, Frescolate fue soñando con dedicarse a bailar profesionalmente.

Y lo cumplió.

Ghetto Superstar

“Cuando empecé a bailar en la calle, juntaba plata y me iba a comprar CDs. Creo que el primero que me compré fue The Slim Shady LP, de Eminem. También me compraba compilados, porque me servían para bailar”, cuenta.

Pero… ¿Cómo hizo un pibe de Burzaco para enamorarse de una disciplina tan ajena a su propia coyuntura como la de los breakers?

—Fui a un boliche un domingo, a una matinée que se llamaba La Gótica, en Lomas de Zamora, y vi a unos pibes bailando. “¿Son de acá?”, les pregunté. “Sí”, me dijeron. Cuando vi cómo bailaban y cómo estaban vestidos, pensé que eran de Estados Unidos. Tenía 12 años. Yo estaba flasheando. Después, en el colegio me enseñaban matemática y yo lo único que quería hacer era cambiarme de ropa, tirarme al piso y hacer algo. “Yo tengo que sacar un paso, el más trucho que sea”, pensé. “Quiero hacer esto para siempre”.

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A pesar del avance de la cumbia, la electrónica y del oro inmarcesible del rock, a mediados de los ’90, la cultura hiphopera empezaba a asomar tímidamente por estas pampas.

Prácticamente éramos extraterrestres. No nos dejaban pasar a los boliches. No había lugar para nosotros. Por eso somos callejeros, nuestro lugar está en la calle. La calle era el único lugar donde podías bailar sin problemas”.

Y nada más importaba.

Con el correr del tiempo, a fuerza de pasos, Fresco empezó a ganarse un nombre. “Bajaba trucos que no hacía nadie, cosas que hacían en Estados Unidos”.

¿Cómo llegabas a conocer esos trucos para bajarlos?

—A los 18 ya era un adolescente, pero llevaba mucho tiempo bailando. El entrenamiento de antes no tenía límites. Un amigo, Rasta, viajaba a Estados Unidos, y me traía videos. En un momento, tuve la colección más grande de campeonatos de breakdance. Tenía muchos originales. Como no escabiaba ni me drogaba, juntaba plata y la gastaba en eso. Mi vicio era el baile. Coleccionábamos camperas. Ganaba campeonatos, llegué a ser número uno. Era un ghetto superstar.

Con la gran democratización de Internet, su nivel se mantuvo, pero el del resto aumentó. “Ahora no soy el único que la acota”, pensó.

“Necesito ir a competir afuera para terminar de reivindicar la leyenda. Cuando empecé a ir a Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil, mi nombre empezó a circular. Gané un campeonato sudamericano, pero era grupal. Siempre tuve la pica de ganar un mundial. Aunque la única manera de ir era con plata. Había que pagarse el pasaje y tener el nivel para competir”.

Nuevos desafíos

La crisis económica de 2001 lo alejó de aquel anhelo: se empezó a frustrar, tuvo que cambiar de planes. “Se murió mi posibilidad de demostrar mi nivel”.

Se empezó a meter con el grafiti, a sentir la adrenalina de pintar, de salir de noche y de saltar entre vagones de trenes.

“Falleció mi abuela y escribí mi primera canción”, avisa intempestivamente. Y, en simultáneo, empezó a improvisar, a tirar freestyle en jams.

¿Cómo llegaste a improvisar?

—Vi un documental sobre cultura hip hop en Nueva York y conocí a Supernatural, que era MC de un evento de break y hacía un show de freestyle. Ahí me volví loco con cómo todos entendían lo que estaba haciendo. Por eso yo rapeo sobre la cultura, para entenderme tenés que saber de la cultura.

México

Una noche de 2003, un productor mexicano pasó por Club 69, en Niceto Club, la discoteca donde Fresco se tiraba unos pasos, y le hizo un ofrecimiento: “Vení a trabajar a mi antro, en Monterrey”.

Sin dudarlo, armó sus maletas y partió hacia tierra azteca.

Pero la cosa no funcionó como esperaban.

Un par de meses después, en un revoleo azaroso, un productor lo escuchó cantando una versión castiza de “Rapper’s Delight” de The Sugar Hill Gang. “¿Querés venir a mi estudio?”, le preguntó. Y hacia allá fue el Fresco, una vez más.

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Así las cosas, el pibe de Burzaco comenzaba a forjar experiencia en todas las disciplinas del hip hop.

—¿Y cómo te convertiste en “competidor” de freestyle cuando vos solo improvisabas?

—No había referentes de competencia en castellano. No teníamos a quién copiar. Practicaba freestyle mientras grababa. En el 2002 salió 8 Mile, la peli de Eminem, y ya me cebó para competir. Me empecé a preparar para la competición. Le tiraba a alguien imaginario. Era una forma de practicar ataques. Que vayan saliendo los descansos, los punchlines.

Así, bajo un espíritu descansero, Frescolate fue ungiendo su propio estilo. Empezó a competir en boliches, en antros. Cada vez que pintaba un cypher, se picaba. Entonces, después de pasar un tiempo en México y de grabar “Amor Infiel”, su primer hit  (“Pegarse era aparecer en el Ares y el KaZaA”), empezó a visualizar un futuro posible como MC.

Primer campeón argentino

Y llegó el 2005. La primera vitrina del rap nacional, la Red Bull: Batalla de los Gallos, encontró a un Frescolate encendido. “Ya tenía mucha información, había visto batallas, ya circulaban videos de Eminem batallando en 1996”, advierte.

¿Te costó mucho ganar la Red Bull: Batalla de los Gallos?

Me costó la final porque Mustafá Yoda [otro rapero leyenda, jurado de esta primera edición] no quería que yo gane. En las primeras batallas, cuando Sandoval me dice que mi viejo es pastor, Mustafá se levantó a festejarle la rima. Además era mentira, porque mi viejo es católico. Era re evidente, por eso no me votó. Con Difusor tampoco y en la final, con PMO, tampoco. La gente que estaba en el evento pasó a enterarse que el papá de Mustafá era policía y, en la cultura, la policía no está bien vista. Me tocó batallar con los tres de su grupo. En realidad, él quería que gane alguien de su grupo. Fue como la película de Eminem, que le gana a todo un grupo junto. Y Mustafá quedó re Papa Doc [el “villano” de 8 Mile].

—Aquella final es recordada porque declararon un empate entre vos y PMO. Sin embargo, fuiste el único representante argentino en la final internacional. ¿Qué pasó?

—Yo fui a tramitar la visa, que la pagó Red Bull. Ya tenía mi pasaporte. Yo no sé si PMO tenía su pasaporte. Nunca dijo qué carajo pasó. No sabemos si la tramitó. No me mandaron a mí, nos iban a mandar a los dos, pero para mí él no tenía el pasaporte o algo así. Ni bien gané la nacional, al otro día me puse con todo lo que tenía que hacer. A muchos gallos les pasó eso de la visa.

Primer campeón mundial

Una vez allá en Puerto Rico, Frescolate encontró la motivación para campeonar en el documental The Art of Rhyme, material audiovisual que todos sus rivales ya habían visto. “Después de ver eso, era imposible que perdiera”, sacude.

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—En la final internacional usaste una frase, esa de “Un MC, dos MC, tres MC, un intento”, que siempre entró en polémica por parecerse a la de Eminem en 8 Mile que decía “One Pac, Two Pac, Three Pac, Four”. ¿Qué onda con eso?

—Para mi nada que ver. Es una inspiración del gesto, de la actuación, de señalar. Es una rima que se podría decir que está inspirada, pero no está copiada. Por dos cosas: primero, porque es una respuesta a algo que me dice El Niño [el otro finalista]. “Uno, dos, tres, cuatro y cinco, el castigo que le aplico a este MC le queda chico”. Si hilás fino, el primero en copiar a Eminem fue mi contrincante. Lo segundo es que no tiene nada que ver lo que dice Eminem con lo que yo digo.

“Argentina, Frescolate”, dijo el anfitrión dando por ganador a Frescolate y convirtiéndolo en el primer campeón internacional de la Red Bull: Batalla de los Gallos. “Hoy en día, Argentina tiene tres campeones del mundo [Dtoke, Wos y él], pero yo fui el primero”.

De esta manera, el ghetto superstar de Burzaco coronaba su presencia dentro de la movida del hip hop después de dar cátedra como b-boy y ahora, también, como MC. “¿Más que eso qué podés hacer? ¿Qué podés aspirar siendo un pibe de la cultura del conurbano? No tiene punto de comparación, pero me sentí identificado con Maradona. Yo gané un trofeo y los demás ganaron cinturones. Visualicé al Diego levantando la copa”.

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Copa mundial, San Juan, Puerto Rico, 2005

Fuegos

Escribió Eduardo Galeano: “Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y hay gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

—¿Qué sentiste cuando ganaste el trofeo de campeón del mundo?

— Cuando me llamaron, caí de rodillas. Pensé en Maradona, cuando en Héroes cae arrodillado. Sentí que toda la presión de todos los años se aflojaba. Sentí que Dios me dijo: “Este es tu momento, acá llegó. Esto es lo que vos te ganaste, por haber predicado, amado y vivido hip hop”. Sentí el peso de esos años y me caí de rodillas.

—¿Ese trofeo lo tenés en tu casa?

—Lo prendí fuego.

—¿Por qué?

—Porque cuando fui a Puerto Rico, le prometí a Dios que, si salía campeón del mundo, iba a dejar de hacer tal cosa. Salí campeón del mundo y, con el pasar del tiempo, no cumplí esa promesa, la rompí. Después de idas y vueltas, un día me levanté, miré el trofeo, lo alcé, vi al cielo y le dije a Dios: “Yo no necesito esto para seguir adelante. Yo no quiero esto, porque significa ego y yo no quiero ego en mi vida”.

—[…]

—Lo tiré al piso, se rompió y lo prendí fuego con otras cosas que también tenía. Fue algo más personal, espiritual, algo que hice con Dios. No lo hice público porque no quería que Red Bull sintiera que era una falta de respeto. Simplemente fue así: sentí eso y lo hice. Prendí fuego cosas que no quería en mi vida, que tenían una carga negativa en mi habitación y en mi propia persona.

—Perdón la indiscreción, ¿cuál era la promesa que le hiciste a Dios?

—Nunca lo conté en mi vida, pero la promesa era que si yo ganaba, iba a dejar de fumar marihuana. Toda la cultura está relacionada con la marihuana, fijate Snoop Dogg, Redman, Method Man, todos. Yo fumaba mucho y no quería ir preocupado por fumar una seca. Antes de la final internacional, no fumé en toda la semana. Me ofrecieron y no acepté. Lo mismo en el after party: tampoco acepté. Pasaron 8 meses y volví a fumar.

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Hoy en día, Frescolate no fuma. Solo volvió a hacerlo cuando la Selección Argentina perdió la final del Mundial contra Alemania, en 2014. “Fue la excusa para fumarme un porro. Ya no fumo y me siento recontra bien”.

—¿Qué sentiste cuando prendiste fuego el trofeo de Red Bull?

—Sentí una liberación muy buena. No solo fue el trofeo, sino el 90 por ciento de las cosas que tenía: zapatillas, camperas, CDs, DVDs, libros y una Biblia. Puse todo en una bolsa, hice una montaña y la prendí fuego. Sentí que me sanó un montón. Mi pieza quedó vacía, pero había mucha paz. Algo que no podía explicar.

—Y haber hecho algo tan drástico con tu propia historia, ¿realmente te sanó?

—Sentía que se me quería meter algo en el cuerpo. “¿Qué me está pasando?” Me di cuenta que estaba haciendo mal las cosas, porque si las estuviera haciendo bien, Dios no permitiría que me pasara algo así. Empecé a atar cabos. “¿Por qué me pasa esto?” Por el ego, por el fanatismo, porque Maradona y Michael Jackson me representaban tanto que los tenía como ídolos. No está bien visto que uno idolatre a otras personas. Vos solamente tenés que alabar a Dios. Empecé a entenderlo en mi cabeza. Me sentía invadido. Tengo que sacar el ego, la idolatría, la simbología, todas las cosas que no necesito. Hice borrón y cuenta nueva. “Ahora, Dios, para demostrar que estoy con vos, me despojo de todo esto”. Me interesa estar bien con Dios y estar bien yo.

Entonces, a partir de ahí, Frescolate empezó a cambiar espiritualmente. A sentirse mejorado. En otra sintonía. Con el mismo envase, pero con otro contenido. “Volví a ser yo”, insiste.

Un acto de fe

Este cambio radical, ese fuego que lo reconstruyó y lo hizo volver a encontrarse consigo mismo, se dio en 2017. Sin embargo, nunca dejó de vincularse con el hip hop.

Por estos días, su nuevo foco está en convertirse en el mejor rapero del país. De su boca: “Me considero el mejor MC de la Argentina porque soy el más completo, no porque me considere mejor que los demás”.

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—¿Volverías al mundo de las competencias?

Estoy en otro plano ahora. Sí me ceba el freestyle y me gusta el formato de FMS. Creo que me puede ir bien porque son muchos rounds. No es como en Red Bull que, al ser todo más corto, te pueden cagar y te mandan a tu casa. Tenés más chances de mostrar tu talento. Por ahí me llama la atención, pero no sé si quiero estar ahí.

—¿Y qué te gustaría que te pase en el futuro?

Estar en tendencias haciendo rap puro. Eso es lo que me gustaría. Es lo que quiero que pase y lo que va a pasar.

Fotos: gentileza Frescolate



Hernán Panessi

ACERCA DEL AUTOR

Hernán Panessi, editor periodístico en El Planteo, es un periodista especializado en cultura joven. Escribe en las revistas InfoTechnology, THC y Lento. Además, en Página/12, El Planeta Urbano, El Cronista y en el periódico uruguayo La Diaria. Colaboró para Revista Ñ, Clarín, La Nación, La Cosa, Playboy, Haciendo Cine, Billboard, Los Inrockuptibles, Forbes, VICEBenzinga, High Times y Yahoo, entre otros.

Hernán escribió los libros Porno Argento! Historia del cine nacional Triple X, Periodismo pop, Una puerta que se abre, e Historia del Rock en Español. Fue docente en el Centro Cultural Rojas (UBA) donde dictó talleres de periodismo. Además, es programador de la sección VHS del Festival Internacional de Cine de Valdivia, en Chile.

En radio, conduce FAN, por led.fm, programa periodístico de emisión semanal sobre cultura, sociedad y vida moderna. Por su parte, también condujo en las FM Delta 90.3 y Nacional Rock 93.7. Asimismo, fue columnista en La Once Diez y Metro 95.1.

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