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Argentina

‘Las Drogas Ya No Producen Misterios’, Una Despedida a Enrique Symns, El Señor de los Venenos

Por Hernán Panessi

‘Las Drogas Ya No Producen Misterios’, Una Despedida a Enrique Symns, El Señor de los Venenos

✍ 16 March, 2023 - 18:18


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Falleció Enrique Symns, el señor de los venenos. Dueño de un estilo incomparable, periodista bestial y escritor irreverente, Symns mezcló alquímicamente violencia de bajos fondos con una poderosa erudición intelectual.

En cada aparición suya, mostró sus colmillos y, una y otra vez, se lanzó al acecho: la contracultura argentina quedó debiéndole un tendal de pizzas con anchoa y unas cuantas vueltas de Negronis. Y más, mucho más, apreciaciones singulares sobre este mundo inmundo.

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Esta entrevista fue publicada originalmente en el número 191 de la revista Los Inrockuptibles (en una versión más extensa y explícita), durante mayo de 2014, y tenía por objeto promocionar su libro Senderos Extraviados, una antología de crónicas y entrevistas al límite. Vaya este recuerdo para Enrique, uno de los originales.

La vida es una pesadilla insoportable

Donde hubo barro, metió sus patas: ya no quedan tipos como él. El Chacal –que anda viejo y cansado- es el último ejemplar de aquella generación de kamikazes que se lanzaban con bravura por las ventanas de los bares. Enrique Symns no tiene nada que se pueda comprar, y tiene todo lo que se gana: nombre, respeto, audacia.

Y con ello, un tendal de entelequias posibles emergen entre el vado: Los Redondos, Cerdos & Peces, los duros ochenta, El Señor de los Venenos, The Clinic, Fito Páez, los más duros noventa, Bersuit Vergarabat, Los Piojos, drogas, aventuras, exilios, ostracismos, hospitales. Symns tiene, consigo mismo, un contrato de coherencia que resulta inquebrantable.

A sus 68 años, esta leyenda viva de los márgenes mantiene una verba irreverente, ojos de tigre y, fundamentalmente, un aire nostálgico que lo vuelve –con el pasar del tiempo- cada vez más maldito.

Alejando del ruido y las luces absurdas del rock and roll, y aunque ahora esté solo –solo- apostado en Mar del Plata, su desfachatez sigue latiendo en algún parate de la Costa Atlántica.

Sin embargo, cada un par de meses vuelve a Capital Federal para firmar unos papeles de una pensión y, de paso, visitar a unos pocos amigos (su hermana, Nacho Perotti de Plasma, Gabriel Patrono de La Nave de los Sueños, la gente de Mavirock, Andrés Calamaro). Y anda con ganas de volver, quedarse por esos pagos, retomar contactos.

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Por eso, en un grito desesperado, saca nuevamente sus garras –roñosas, curtidas, pero siempre afiladas- y con ellas, un flamante libro de la mano del periodista Rodolfo Palacios.

Senderos Extraviados, tal su nombre, recopila entrevistas, crónicas y editoriales del cronista –reflexivo, deontológico, picante, infinito- que tomó por asalto a este mundo inmundo.

Tête à tête con Enrique Symns

¿Cómo es un día de trabajo tuyo?

—No laburo más: soy jubilado. No administro revistas, no doy talleres, escribo dos notas por mes. Cuando tengo que escribir, voy caminando hacia el cibercafé y las notas se van haciendo en mi cabeza. Soy uno de los mejores finalistas de notas. La última que escribí fue en contra de los linchamientos. Termina diciendo: “Mis hermosos perros rabiosos que matan con toda justicia a los ancianos”. Por otro lado, los cuentos que escribí no los quiere nadie porque, desgraciadamente, el haber sacado Senderos Extraviados me distanció un poco con Edgardo Russo, mi editor en Cuenco del Plata. Él sacó el mejor libro de William Burroughs que es El Trabajo. Le cambió el título y le puso La Tarea. Ahí, Burroughs se plantea “¿para qué vivir?”. Él dice que el trabajo, la tarea o el quehacer es vivir como un enfermero, para los demás. No es vida, es ser un esclavo. En cambio, si en verdad ayudás a los demás, como dicen los budistas zen, es distinto. Agradecido tiene que estar el que da, no el que recibe.

—¿Por qué?

—Porque somos culpables de existir. Freud dijo una cosa genial: “El hombre conserva dos instintos mamíferos: chuparse el dedo y agarrarlo”. No existen los instintos en los seres humanos. El instinto maternal es el más desgraciado invento del imperialismo.

¿Por qué decís que el “instinto maternal” es un invento del imperialismo?

—Porque lo es. Los animales cogen para tener cría, para reproducir la especie. Nosotros no: cada uno tiene su hijito, su mujercita, va al supermercadito a comprar la comidita para ingresar en ese estómago de mierda que es la pareja. La pulsión es la compulsión del pulso. El pulso de los seres está manipulado por una pesadilla colectiva. La vida humana no es de mamíferos, es de alienígenas. Yo veo a los edificios y no lo puedo creer. La vida es una pesadilla insoportable. Atados a la pulsión de conservar la vida, reproducirla y mantenernos con la nariz fuera del agua. Respirando nada, porque no hay nada que respirar. No hay éxtasis, no hay milagros, no hay misterios.

—¿Misterios tampoco?

—No, las drogas ya no producen misterios. Misterio viene de la palabra misticismo. Y místico no es ser religioso. Se murió hace muy poco Jacques Le Goff, un historiador francés que iluminaba a la Edad Media pero en realidad contaba la historia de la espera. Lo que hizo el ser humano fue esperar. Él pone de ejemplo que cuando hubo un asedio en Constantinopla, el Imperio quedó separado durante 400 años. No llegaba información de Dios y en esos 400 años se hizo, entre otras cosas, la Catedral de Notre Dame. Y la degradación llegó con la comunicación, que es el peor enemigo del ser humano. ¿Qué es la comunicación? La comunión es la unión de esfuerzos. La comunicación es telefónica, cibernética, eléctrica, magnética. Por eso es tan fácil amarse u odiarse por Internet. No hay miradas, no hay saliva. No hay trompadas, no hay olor. No hay vergas, no hay nada.

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¿Cómo aparece Senderos Extraviados en tu vida?

—Es un libro que yo no lo elegí. No puedo decir que es mío. Rodolfo Palacios eligió las notas, hay muchas que yo no hubiera elegido. Hay artículos de Mavirock, THC, Crítica, El Porteño. Después, hay editoriales que se negaron a participar. Cada uno tendrá sus motivos. Yo soy muy soberbio. No sé, no perdono a los demás. Por eso ahora no me perdono a mí. El recuerdo es la forma más sofisticada del olvido. No recordamos nada. Las personas están perdidas, extraviadas. Y esa es la única manera de vivir. Por eso, el nombre del libro lo elegí yo.

¿Y cómo conociste a Rodolfo Palacios?

—Él me conoció a mí cuando entré en el Diario Crítica. Ahí me convertí rápidamente en el mejor periodista del diario. Es algo que dijo Jorge Lanata, no lo digo yo. Era el mejor, ¿por qué? Siempre aprendí, desde chico, a husmear, a ser curioso. Miro a un hombre que viene caminando y ya sé lo que le pasa. Sé cómo sacarle el casete a la gente para que cuente la verdad de su vida. La verdad de las vidas es puro sufrimiento. La dicha no produce ninguna sabiduría. La gente dichosa no sabe nada. Seguramente, la gente que haya sufrido mucho tenga un relato. Ahí nos hicimos amigos con Palacios. Porque él sufre angustia. Y las personas que sienten angustia, me atraen. Me propuso el libro para ganar plata.

—¿Te interesa la plata?

—Nunca me interesó pero, a esta altura de mi vida, sí, lo único que me interesa es la plata. También me interesa el cariño pero voy a terminar en un asilo y no quiero. La única manera de no caer ahí es con plata. No sé bien cómo aprendí a sacarle el casete a la gente: es un misterio. O se llama talento. Es como dijo Lanata, que es un genio. Pero un genio corroborado por test. Tiene mi coeficiente intelectual, dos veces. Yo no tengo eso pero a los 14 años leía a Kant. Creía no entenderlo y lo entendía. Leía a Heidegger, a Sartre.

¿Cómo llegaste vos a esas primeras lecturas?

—Mi hermana era profesora de filosofía. Yo leía lo que había en mi casa, porque no fui al colegio. Me acuerdo que el primer libro que leí fue El Extranjero, de Camus. El libro más extraordinario que he leído en mi vida. El que me mostró quién era yo, siendo tan joven. Hay una escena donde el tipo está en la playa y se pregunta “¿qué hago?, ¿miro el sol o mato a ese tipo?” La vida no tiene sentido. Coger es rascarse la pija. La moral es una psicosis colectiva. El arte es la peor de las invenciones.

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¿Cómo te llevás con el paso de los años?

—Como dice Don Juan: “En la vida, hay cuatro enemigos: el miedo, que lo vencés con el poder; el poder que se convierte en enemigo y lo vencés con la claridad; y después llega el cuarto enemigo que es invencible, que es la vejez”. La vejez te derrumba. Te convierte en un excremento de vos mismo. La única manera de sobrellevarlo es poder reírse de uno mismo. Hay que aprender. Yo no aprendí. Vivo la vejez con decepción. Ya no tengo amigos.

¿Qué pasó con esos amigos?

—Y… la vejez, como el dolor, hay que ocultarlos. No hay que manifestarlos. Con el dolor físico te llevan al hospital, donde la gente es caritativa. Como me dijo una vez el Indio Solari en ese bar (N. de redacción: señala al Británico): “Los amigos te van a dar remedios cuando estás enfermo, pero nunca te van a dar plata para que te envenenes”. Es cierto: los amigos no te ayudan. No pueden, están casados, tienen hijos, qué se yo. Las tormentas de la vida nos llevan por caminos indescifrables.

¿Vos tuviste un gran amor en tu vida?

—Sí, Vera Land. Con ella fui un canalla. La traición, como dice Mario Puzo, es imprescindible. Él dice: “Los mafiosos matan a los que no obedecen la Ley de Omertá porque ponen al descubierto que la lealtad no existe”. ¿Qué es la lealtad? Yo digo: fieles son los perros, pero la lealtad es otra cosa. Puedo coger con otra mina que no sea la mía pero voy a ser leal: se lo voy a decir. Eso es ser leal: contar la verdad. A tus amigos, a las mujeres, a todos. No tener secretos. Los secretos son miserables. Son debilidades y miserias muy profundas.

¿Hay alguna diferencia entre misterio y secreto?

—Heidegger decía que el secreto era la voz del misterio. Pero en realidad la voz del misterio es el hogar. Pero no el hogar de la casa, si no el fuego. Allí donde haya fuego, de amor, de pasión, hay misterio. Freud descubrió, leyendo a Sófocles, la famosa maldición de la Gorgona a Edipo. Le dijo: “Al abismo donde me empujaste, vos vivís dentro de él”. ¿Qué es el abismo? No hay nada, no hay materia. Esto (N. de redacción: señala a su alrededor) es todo falso: átomos girando a gran velocidad. No hay arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha. Por eso es que Heidegger dice: “Somos náufragos y huérfanos abandonados en un siniestro lugar, oscuro, donde hay que encender fogatas para no tener terror”. La fogata cambió. El mono antiguo prendía fuego, ahora es catódica: una televisión, la computadora, el celular. Estamos en el peor momento de la historia. La comunicación ha puesto sus categorías y sus leyes: ya no existen las relaciones, la unión, el estar con el otro.

¿Y vos por qué quisiste escribir?

Para salvarme. Además porque en Cerdos & Peces descubrí que escribir me daba mucha alegría. Y al mismo tiempo, me envenenó de frivolidad. Me dio de comer, de coger. Me dio acceso a la cocaína que era una experiencia… es una experiencia extraordinaria. La dejé hace 3 años y en diciembre del año pasado volví a tomar 6 gramos por día. Me caía en la calle, me quería morir. No es que le tenga miedo a la muerte, ojalá me muera, ¿para qué voy a vivir?

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—¿No le encontrás sentido a la vida?

—Me aburro y me angustio. Pero dije: “No, así no”. Siempre tuve, toda mi vida, la magia o el misterio de encontrar salidas cuando se me cerraban los caminos. Cuando dejé de ser ladrón, comencé a escribir. Ahora que soy viejo, no le encuentro nada. A nadie le importa si te morís o no. Es como dijo el Indio: “Están dispuesto a mandarte de la ambulancia al hospital, nada más”. Desde que tuve un ACV pasé por cinco hospitales internado. Esos son los galpones del dolor. Es terrible que la palabra “hospitalidad” derive de “hospital”. Ahí entiendo a Maradona: siendo el número uno del mundo, empezó a tomar merca… porque la vida no tiene sentido. Cuando la vida no tiene sentido, el hombre recurre a los excesos. En Mar del Plata paro en un bar donde a las 10 de la mañana están todos borrachos mal. Eso no me gusta.

¿Y que sí te gusta?

—Los entrenados, como yo. Sé qué copa es la última que tengo que tomar. Hace poco me escribió una carta el Indio. Dijo que soy el mejor escritor argentino, un bebedor entrenado, un hampón arrepentido, un seductor de mujeres misteriosas y crueles. También dice: “Vos trabajaste para tu nombre, siempre sabiendo que tu nombre no iba a trabajar para vos”.

¿Y le vas a responder?

—No tengo su dirección.

Foto de Enrique Symns vía YouTube.

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ACERCA DEL AUTOR

Hernán Panessi, editor periodístico en El Planteo, es un periodista especializado en cultura joven. Escribe en las revistas InfoTechnology, Rolling Stone, THC y Lento. Además, en Página/12, El Planeta Urbano, El Cronista y en el periódico uruguayo La Diaria. Colaboró para Revista Ñ, Clarín, La Nación, La Cosa, Playboy, Haciendo Cine, Billboard, Los Inrockuptibles, Forbes, VICEBenzinga, High Times y Yahoo, entre otros.

Hernán escribió los libros Porno Argento! Historia del cine nacional Triple X, Periodismo pop, Una puerta que se abre y Rock en Español. Fue docente en el Centro Cultural Rojas (UBA) donde dictó talleres de periodismo. Además, es programador de la sección VHS del Festival Internacional de Cine de Valdivia, en Chile.

Conduce FAN, programa periodístico sobre cultura, sociedad y vida moderna. Por su parte, también condujo en las FM Delta 90.3 y Nacional Rock 93.7. Asimismo, fue columnista en La Once Diez y Metro 95.1.

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