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Jáuregui: Viaje al Corazón de la Historia del Cáñamo en Argentina

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Jáuregui: Viaje al Corazón de la Historia del Cáñamo en Argentina

✍ 19 agosto, 2021 - 11:28

Las fotos de este artículo, cortesía de Claudio Núñez, son propiedad exclusiva de El Planteo. Su uso y/o redistribución sin el crédito y link adecuados están prohibidos. Para más información, contactanos en info@elplanteo.com.

Desde que el cannabis comenzó a ocupar un espacio en los grandes medios de Argentina, la historia de la ex Linera Bonaerense volvió a salir a la luz.

La empresa textil que, entre las décadas del 50 y 70, llegó a cosechar entre 250 y 400 hectáreas de cáñamo, en el pueblo de José María Jáuregui, recobró un espacio en la memoria y en las utopías de quienes sueñan con reactivar la industria y fundar una cooperativa de pequeños productores en Argentina.

Contar la historia de esta fábrica es mantener viva la memoria de aquellas familias de Jáuregui que vieron crecer a sus hijos en un pueblo que, gracias a la mentalidad avanzada del empresario belga Jules Steverlynck -que en 1928 fundó la algodonera Flandria- tuvieron su casa propia, una escuela industrial, un club de fútbol, un club náutico, un cine-teatro, una iglesia y la seguridad de un trabajo estable y bien remunerado.

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El belga Jules Steverlynck, conocido como don Julio. Dueño y fundador de la Linera. Foto: Claudio Núñez.

Más de 3000 empleados tuvo esa fábrica ubicada a 8 kilómetros de la ciudad de Luján. Algodón, lino y cáñamo eran sus principales producciones. 

Esa estabilidad y la vida en comunidad comenzaron a desmoronarse con la irrupción de los militares al poder en 1976. Aliados a la política de Estados Unidos en su “guerra contra las drogas”, las plantaciones de cáñamo fueron un objetivo más a desaparecer. Y lo hicieron.

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“No más cáñamo en esta Patria, señores”, sentenció la milicada. La estocada final llegó con el menemismo. La destrucción de la industria argentina con las políticas neoliberales de Domingo Cavallo y las importaciones sin control con el 1 a 1 aniquilaron a esa empresa que fue mucho más que una fábrica.

La Linera Bonaerense fue -y sigue siendo- el recuerdo de los días más felices para la clase obrera de Jáuregui y sus familias. Una historia que, con el proyecto de ley para regular la industria del cannabis que espera obtener su aprobación definitiva en la Cámara de Diputados, es necesario contar.

Y hacia allá fuimos…

Motivados por el pasado y el presente

El viaje comienza cuando un grupo de militantes cannábicos, periodistas, fotógrafos y camarógrafos se encuentra a las 10.30 en la plaza frente al Congreso, sobre la avenida Entre Ríos.

Valery Martínez Navarro, el artesano y creador de las zapatillas Cañameras 420, es el que motoriza esta visita a Jáuregui. Junto a Flexa Correa López, uno de los fundadores de Acción Cannábica, están filmando un documental para que salga en Diputados TV y, así, contribuir con el debate.

Las Cañameras 420 con el Congreso de fondo previo a salir rumbo a Jáuregui. Foto: Ulises Rodríguez

Sin mate por el maldito Covid -pero cada une con su hierba-, todo es expectativa mientras dos policías miran de reojo la situación parados en el cordón. Es que el aire huele a chaqueta de Otto y los sabuesos lo sienten.

Valery lleva dos bolsas con sus Cañameras 420 y arenga frente a las cámaras de El Planteo y Yo me planto sobre la necesidad de volver a producir cáñamo en Argentina.

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“Que hoy estemos acá, frente al Congreso, yendo a conocer la historia de la única experiencia de cáñamo que se vivió en Argentina es todo un símbolo. Porque es parte de un pasado de trabajo y nosotros saliendo desde aquí queremos que se transforme en futuro de progreso y libertad para muches”, dice el zapatero, militante y artista cubano.

Cuando la combi toma Acceso Norte y la C.A.B.A. empieza a quedar atrás, se siente la emoción del contingente de volver a compartir un viaje, una aventura, un momento de encuentro que fue vedado por la pandemia.

En las tierras de don Julio

El cartel que recibe a los visitantes dice: Bienvenidos a José María Jáuregui. Un pueblo con historia. 1884-2014.

Desde la plaza, agazapados entre las palmeras, aparecen 3 perros callejeros que salen al cruce de la combi desconocida y quieren morderle las gomas como un modo de amedrentar a los forasteros.

La combi toma por la avenida Flandes, que recuerda el lugar de nacimiento del empresario Julio Steverlynck. La primera parada es la casa de Laura Olivares que es la anfitriona junto a su amigo Patricio Decant.

El padre de Patricio (Pato) fue uno de los trabajadores de la fábrica y la casa en la que habitan es una de las viviendas que la ex Linera construía para sus empleados.

Las pagaban mensualmente con un descuento del 10% de su salario. Así todos podían acceder a la casa propia.

“Las aberturas de la casa, como puertas y ventanas, las placas internas de las paredes y el interior de los techos están hechas a base de cáñamo. Es similar a la madera de un árbol pero es de la planta de cáñamo”, cuenta Pato.

Rápido de reflejos, Mariano Perciavale, que produce gafas con marco de cáñamo, saca de su mochila 4 pequeñas placas del material con el sello Linex.

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“Las traje de la fábrica, una vez que pude entrar”, cuenta con orgullo por ese tesoro que presta para ver y fotografiar.

Hay que tener en cuenta que nada del cáñamo que se producía en la fábrica se desperdiciaba: con las fibras más finas se confeccionaban manteles y con las más gruesas se armaban sogas, cuerdas y yute para la suelas; con el aserrín de los tallos de las plantas se hacían paneles aglomerados y con las semillas, alimentos para aves.

paneles de cáñamo

Paneles de cáñamo que se usaban para la construcción que ahora guarda como un tesoro Mariano Perciavale.

Tanto Pato como Laura no vivieron las épocas doradas de la fábrica, pero conocen -y han contado- la historia cientos de veces.

Así y todo enumeran para el grupo: primero la llegada del belga Jules Steverlynck en 1928, la fundación de la algodonera Flandria, la producción de lino, la central que producía su propia energía, las 400 hectáreas de cáñamo, la prosperidad de Jáuregui, el bienestar de los obreros y sus familias, la muerte de don Julio en 1975, la llegada de jóvenes de Buenos Aires a buscar plantas de cáñamo, la irrupción de los militares, la quema de las plantaciones.

“Lamentablemente nos tocó vivir el ocaso de la fábrica. Durante el menemismo acá no había nada que hacer. Se perdió la cultura obrera. Los más jóvenes nos teníamos que ir y el cáñamo pasó a ser un tema tabú”, le cuenta Pato a El Planteo con su hijo Lino (no es casualidad el nombre) en sus hombros.

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“Que se discuta volver a cultivar cáñamo y cannabis me emociona, pero hoy las producciones a gran escala vienen acompañadas de los agrotóxicos y eso no hay que permitirlo”, dice Laura que en su patio tiene una huerta orgánica se molesta cuando escucha la expresión “oro verde”.

Las leyendas que alimentan el mito

A la hora del almuerzo, el lugar indicado es Lo de Ambrossio: una parrilla ubicada en la ruta 5 a la altura del kilómetro 72.

El patrón es Claudio Núñez, quien de joven trabajó en la empresa y su padre fue encargado general de la empresa. “Tengo los mejores recuerdos de mi vida de lo que fue aquella época”, dice a El Planteo.

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Cosecha de cáñamo. Foto Claudio Núñez

“Aquí, donde estamos parados en este momento, se plantaba cáñamo. Aún me parece ver a los jóvenes que venían, que acá les decían ‘hippies’, a buscar cáñamo. Se decía que venían de Plaza Flores y la mayoría llegaba en tren”, cuenta Núñez.

El ex empleado de la textil también rememora que el entonces presidente de la fábrica fue encarcelado durante un mes acusado de vender estupefacientes. “Una locura, éramos tapa de los diarios como ‘el pueblo de la marihuana’”.

Cosecha de cáñamos en la década del 60, años de prosperidad para la fábrica. Foto Claudio Núñez

Claudio dice que “uno de los que venía en tren era León Gieco, reconocido por él hace unos años” y asegura que “donde había una canilla perdiendo una gota de agua y un pájaro cagaba una semilla nacía una planta de cáñamo. Por eso no fue nada fácil erradicarla”.

Los trabajadores en plena recolección de cáñamo. Foto Claudio Núñez

Mirando al futuro

Tras el almuerzo resta la visita a la fábrica. En el camino se ven la escuela y la entrada al club náutico que construyó don Julio para sus empleados.

“El belga hizo peronismo antes que Perón”, dice Flexa Correa López quien, con esas palabras, reivindica la figura de su padre del corazón, Pino Solanas, uno de los políticos que impulsó el debate sobre el cannabis en el Senado.

“Pino es el abuelo y Norita Cortiñas es la abuela del mundo cannábico”, dice sobre el cineasta que consumía cannabis medicinal para el dolor de sus piernas, aquellas que fueron baleadas en 1991.

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Las máquinas que se utilizaban para procesar el cáñamo. Foto Claudio Núñez

Para acceder a la puerta hay que cruzar un puente que atraviesa el río y desde el que se ve la cascada de agua que se utilizaba para producir energía eléctrica.

En el portón de la entrada se lee: “Parque Industrial Villa Flandria”. Por esa puerta ingresaban “los linacos” como le decían a los obreros de la fábrica. 

Se ve la chimenea humeando. “El casco y las oficinas están como en aquella época y aún se conservan los piletones en los que se humedecía el cáñamo para los hilados”, cuenta Pato con Lino en sus hombros.

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Maquinaria y piletones en los que hacía el secado del cáñamo. Foto: Claudio Núñez

Al llegar a la portería se termina el recorrido. “No puedo dejarlos pasar”, dice uno de los hombres de seguridad. Estaba dentro de las posibilidades. “Tal vez con un permiso podamos”, dice Valery. Pero no será esta vez.

A pesar de no conseguir ingresar a ver las máquinas con las que se trabajaba el cáñamo y pisar ese pedazo de historia que es la fábrica, el viaje a Jáuregui abre una puerta a los sueños.

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“A partir de hoy no vamos a andar todos los militantes cannábicos dispersos. Con Proyecto Cáñamo, Acción Cannábica y los que se quieran sumar desde su lugar vamos por la creación de la Unión Cañamera, la agrupación de agrupaciones para remar todos juntos y para el mismo lado”, dice Valery emocionado por este primer paso.

Ahora resta esperar el voto positivo de las y los legisladores en el Congreso para reactivar una industria que puede crear nuevas fuentes de trabajo y dejar atrás leyes y prohibiciones sin sentido que sólo generan dolor, malestar y pobreza.

Las fotos de este artículo, cortesía de Claudio Núñez, son propiedad exclusiva de El Planteo y su uso y/o redistribución sin el crédito y link adecuados están prohibidos. Para más información, contactanos en info@elplanteo.com.

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Ulises Roman Rodriguez

ACERCA DEL AUTOR

Periodista, locutor y docente. Ha publicado en Anfibia, Orsai, Cosecha Roja, Infobae y medios extranjeros como La Vanguardia de España y la revista Lento de Uruguay. Escribe sobre cine en la revista Directores de DAC y en La Gaceta de Tucumán. Es productor del ciclo documental Elemento Vital -el único programa de Latinoamérica sobre el agua- y da clases de comunicación a artistas de los barrios de Soldati, Retiro, Barracas y Lugano de CABA.

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