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Cáñamo

Manuel Belgrano y el Porro Nacional  

Manuel Belgrano y el Porro Nacional  

✍ 20 junio, 2021 - 12:07

Todos los años, el 20 de junio, se celebra en la República Argentina el Día de la Bandera, fecha en la que se recuerda la figura de Manuel Belgrano como impulsor del desarrollo soberano de los pueblos de América. Además, entre otras cosas, Belgrano es una figura histórica que guarda relación con el cáñamo (una variedad de cannabis con múltiples usos) y con diversas alternativas para la formación de una industria nacional del cannabis.

Como funcionario del Virreinato del Río de la Plata, Belgrano buscó fomentar la ciencia y la divulgación del conocimiento para aplicarlo a la producción y el comercio del cáñamo y mejorar, así, las condiciones de vida de los más vulnerables.

Con una visión adelantada para su época, su idea de desarrollo económico local a partir del cannabis se vuelve relevante ante la inminente formalización de la industria en la Argentina.

Belgrano, el Imperio y el Cáñamo

El dia de la presentación del proyecto de ley enviado al congreso para regular la industria nacional del cannabis, la Diputada Mara Brawer recordó la figura del General Manuel Belgrano como el primer impulsor del cáñamo en nuestro país y citó el caso de la localidad de Jáuregui, en la provincia de Buenos Aires, donde la industria textil y cañamera permitieron el desarrollo productivo de esta localidad del interior.

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“Estamos recuperando el sueño de Belgrano con la tecnología del siglo XXI. Porque hoy el cáñamo no solamente sirve para la industria textil, sino que, además, sirve para fabricar fibras industriales, autopartes, materiales de construcción, biocombustibles, alimentos y es una industria sustentable, lo cual es importante para el ambiente y la exportación. El impulso del cáñamo es recuperar una herramienta para el desarrollo económico del país”, afirmó Brawer.

A propósito de la relación de Belgrano con el cáñamo y la economía colonial, Rodrigo López, economista del CESO especializado en la vida y obra de Manuel Belgrano, explicó que el General se ocupó de éste y del lino en su labor como Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires durante el período virreinal.

“El Consulado fue creado en el año 1794 para atender asuntos y demandas de los comerciantes, así como para tratar de fomentar lo que hoy llamaríamos el desarrollo económico de la región y Belgrano vino de España a ocupar el cargo creado para tales fines. Tanto el lino como el cáñamo se pensaban en conjunto pues tienen usos similares para fibras y lonas y velas para los barcos y para la confección de sogas de uso industrial”,  cuenta Lopez.

Como Secretario, Belgrano debía leer una memoria una vez al año. En la segunda memoria, y de cara al Virrey, lanzó un programa de políticas necesarias para aprovechar mejor los recursos naturales del país, la agricultura y dar trabajo, ya que la situación económica del Río de la Plata era muy delicada.

La economía del Río de la Plata descansaba principalmente en la exportación de cueros vacunos, pero Belgrano ya veía todo lo que se podría aprovechar de la agricultura.

En su segunda memoria, del año 1797, Manuel Belgrano se ocupa especialmente del lino y el cáñamo. La misma lleva por título “Utilidades que Resultaren a esta Provincia, y la Península, del cultivo del Lino y Cáñamo; modo de hacerlo; la tierra más conveniente para el; modo de cosechar; y por último se proponen los medios de empeñar a nuestros labradores para que se dediquen con constancia a este ramo de agricultura”, detalla Lopez.

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Belgrano cita una ley de 1545 que dice “encargar a los Virreyes y gobernadores que hagan sembrar y beneficiar en las Indias Lino y Cáñamo, y procuren que los Indios se apliquen a esta Granjería”. En efecto, la recopilación de las leyes de las Indias indica que para 1545, mucho antes de que Inglaterra o Francia previeron la importación masiva de fibra de cáñamo desde sus colonias, los funcionarios en las colonias españolas recibieron órdenes de fomentar el cultivo del cáñamo.

Según Alfred Crosby, reconocido historiador, puede afirmarse que el cáñamo, al menos en algunas zonas, era un producto estratégico comparable en su época de esplendor al petróleo en la moderna.

Dado el contexto internacional, Belgrano contempla además los beneficios del cáñamo para la industria naviera. Con el auge de la navegación y el comercio de larga distancia, desde el siglo XVII hasta el siglo XX, las marinas imperiales de Inglaterra, Francia y Rusia procuraron asegurarse el suministro de cáñamo mediante bloqueos navales.

Las cuerdas de cáñamo resisten el estiramiento. Hasta que se introdujo el aparejo de alambre en 1860, el cáñamo ruso era una materia prima esencial para la construcción naval. Y su cultivo, su procesamiento y su traslado a los puertos se apoyaba en una gran cantidad de mano de obra barata proporcionada por los siervos del Imperio Ruso.

El cáñamo desempeñó un papel crucial en las batallas navales más decisivas de la historia, como la batalla de Trafalgar (1805), en la cual los barcos británicos que estaban aparejados e impermeabilizados con fibras de cáñamo aplastaron el poder de la flota franco-española.

Dada la importancia del cáñamo, “Belgrano proyectaba generar comerciar con Brasil y París. Entonces sugirió que el gobierno español podría comprar las cosechas completas de lino y cannabis, a fin de asegurarles la venta a los labradores. Quiso instalar en Buenos Aires, al igual que ya sucedía en Montevideo y en Brasil, fábricas cañameras, convencido de que recibiría ‘grandes beneficios’. Esta rama de comercio vendrá a ser algún día una de las más interesantes del país”, afirmaba, según redactó Fernando Soriano, en una nota de Infobae.

Sin embargo, España no activaba recursos para crear una marina mercante como la que proponía Belgrano.

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Belgrano advirtió que, en realidad, no había tal interés por parte de España de estimular el desarrollo en las colonias, y los comerciantes españoles que monopolizaban el comercio (recordemos que los criollos lo tenían prohibido) solo querían velar por sus intereses de “comprar por cuatro para vender por ocho con toda seguridad”, tal como dice Belgrano en su autobiografía, aclara Lopez.

“(…) desde el principio de 1794 hasta julio de 1806, pasé mi tiempo en igual destino, haciendo esfuerzos impotentes a favor del bien público; pues todos, o escollaban en el gobierno de Buenos Aires o en la Corte, o entre los mismos comerciantes, individuos que componían este cuerpo, para quienes no había más razón, ni más justicia, ni más utilidad ni más necesidad que su interés mercantil.” 

Asimismo, existieron resistencias internas al desarrollo de una industria cañamera local. Los contrabandistas estaban preocupados en seguir con el negocio mientras que España “olfateaba que las medidas de Belgrano favorecían la autonomía a partir de la competencia. Y por eso obstruyó sus ideas”, explica Soriano en su nota.

El ‘outdoor’ de Belgrano en Recoleta

Belgrano había analizado los tratados sobre cáñamo de Chateauireux y Marcandier. Cultor de las ciencias junto a su amigo, el botánico Martin Jose de Altolaguirre, llegaron a experimentar con semillas de cáñamo en la quinta de este último, en el barrio de Recoleta (entre las avenidas Callao y Quintana, la calle Libertad y las vías del ferrocarril), escribe la periodista Celeste Orozco para la revista THC.

Nacido en 1736 en Buenos Aires, Altolaguirre (quizás el primer cultiveta argentino) fundó la Chacra Los Tapiales, hoy territorio del Partido de La Matanza. Era un sueño con impronta progresista. Allí desarrolló cultivos de lino y de cáñamo, transformando el área en productiva mediante la construcción de tapiales o cercos vivos. 

El historiador Juan C. Garavaglia define a estas unidades productivas como “estancias de cercanías”, que abastecian al mercado local porteño, con vocación productiva mixta, agrícola-ganadera, producción triguera, lechera, y ovina.

Precisamente, hacia esta diversificación productiva agrícola ganadera apuntaba Belgrano. Y como muchos productores argentinos de cannabis en la actualidad, se servía de sus conocimientos en botánica y de la experiencia de su colega para describir y experimentar las condiciones óptimas para la producción de la planta. Y, de hecho, si bien Belgrano se refiere a estas plantas como “útiles a la humanidad”, en sí mismas, la memoria que Belgrano escribe es “llamativamente técnica”, afirma Lopez.

De acuerdo con el economista, gran parte de la memoria escrita por Belgrano se ocupa de la manera de proceder en cada una de las etapas del cultivo.

“Desde cómo había que trabajar primero la tierra, cómo elegir las semillas, en qué época del año sembrar, cómo garantizarles el agua (teniendo ríos y riachuelos cerca) como ir cuidando el crecimiento de las plantas, saber cómo y cuándo cosecharlas, cómo sacarle las semillas, limpiarlas, cómo ponerlas a secar al sol. Para todos los pasos, Belgrano va exponiendo al menos dos alternativas según lo que él ha leído de la materia”, explica Lopez.

Belgrano no solo se ocupó de temas técnicos de la producción, sino que propuso la industrialización para agregarle valor, e incluso lograr la comercialización con marina mercante propia, para sacar el mayor provecho. 

Orozco narra cómo Belgrano entendía el beneficio del cáñamo.

“Sabemos que el cáñamo, antes de poder servir para ponerlo en el telar tiene que pasar por una porción de operaciones ya propias del labrador como son la siega, siembra, remojo, conocimiento a beneficio del sol, secar y ponerlo a fuerza de maza en fibras, ya propias de las mujeres de estos, y otras gentes infelices de la ciudad, como son el espaldar, rastrillar e hilar, con él sin dudas tendríamos otro objeto de cambio para nuestras necesidades y usos y más comodidades que aumentarían (…) porque el hombre ama vivir con comodidad y cuando tiene medios aún se excede a vivir con gusto”.

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Belgrano aseguraba que en “La Península” (España), “los lienzos que usa la gente de comodidad son extranjeros” y planteaba “si nosotros le proporcionamos las materias primas en abundancia no dudemos que se dedicarian a fabricarlas y así veremos en nuestros puertos los lienzos manufacturados por nuestros compatriotas”, detalla Orozco.

Otro elemento interesante es que, desde el comienzo, plantea que sería una manera de poder dar trabajo a las mujeres que hasta ese momento no tenían otros medios (menciona la prostitución) y vivían en la pobreza, como gran parte del pueblo.

“Todo esto es lo que había que hacer y, sobre todo, transmitir al pueblo para que pueda trabajar. Para ello había que hacer una obra de difusión de estos métodos de cultivo y Belgrano pide que se le enseñen estas técnicas al pueblo para que produzca”, agrega Lopez.  

Hacia el Porro Nacional

Si bien Belgrano incentivó el cultivo de cáñamo local, escribió su memoria en línea con el pensamiento económico de la época, según el cual los territorios coloniales debían concentrarse en la producción de bienes primarios dadas las condiciones naturales para hacerlo. Así, se reservaba a las colonias el rol de enclave exportador de materias primas.

Sin embargo, la historia argentina nos recuerda que la especialización en bienes primarios como es la soja (y en un futuro podría ser la biomasa de cannabis o el aceite de cáñamo a granel), contribuye a la acumulación de riquezas, el crecimiento de la desigualdad, el desarraigo y el deterioro del medio ambiente (como es el caso de los monocultivos intensivos o la minería).

Es decir, que pensar un desarrollo económico soberano a partir del cannabis hoy en día requiere pensar el contexto extractivista en el cual se sitúa el país y la región. 

La industria del cannabis promete resultados positivos y presenta desafíos que ya hemos destacado antes, entre ellos, aspectos de Derechos Humanos (como por ejemplo la reconstrucción de comunidades afectadas por el punitivismo, dar amnistía a los productores presos, garantizar el acceso a la salud) y de justicia social, al comprender a la economía popular del cannabis o cannabis “informal”.

Asimismo, cuestiones de soberanía e independencia económica como, por ejemplo, construir sobre la cultura cannábica local y el potencial científico nacional, procesos de innovación y aprendizaje local que estimulen la competitividad de nuestras PyMEs y permitan la transformación de las economías regionales en sustentables y democráticas.

Como desafío de política pública, esto requiere de la articulación por parte del Estado de distintos sectores políticos desde la Unión Industrial Argentina (UIA), pasando por los gobernadores provinciales, hasta la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT).

Esta articulación de intereses tan dispares como los de cultivadores artesanales y laboratorios o el sector agroexportador, requiere de una tarea titánica de coordinación política, cultural y económica y, además, de una visión de futuro para la industria.

La coordinación de esta industria excede el marco normativo que se abre a partir de la reglamentación de la ley enviada al Congreso por el Ministro de Desarrollo Productivo, Matias Kulfas. Es un proceso más complejo que, además de leyes, requiere de política industrial y de la organización de los productores. 

Por eso, los productores de cannabis de la industria nacional ya se están organizando para contribuir a esta tarea.

Hacía falta una CECA

A lo largo y ancho de la Argentina se está gestando la Cámara de Emprendedores Cannabicos Argentina (CECA) quienes, en cierto sentido, pretenden reivindicar la frase de Belgrano: “Fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio son los tres importantes objetos que deben ocupar la atención”.

Si bien la organización se encuentra en ciernes, en la red se escuchan los ánimos de la industria cannabica argentina y el potencial de nuestros cultivadores, científicos y activistas ya dedicados a la producción de la planta para todos sus usos.

La CECA agrupa a más de 60 asociaciones productivas de cannabis y empresas auxiliares. La primera videoconferencia, donde se discutieron la visión y la misión de la organización, contó con más de 800 participantes. Los organizadores no tenían prevista tal audiencia, lo que da cuenta de un potencial productivo latente. 

Nicolas Boaretto es biotecnólogo y cuenta con experiencia en Paraguay, donde protagonizó junto a otrxs del proceso de reforma de las leyes de cannabis. Actualmente forma parte de este grupo de pioneros agrupados en la CECA, que buscan organizar a la industria cannabica nacional.

En Rio Negro, Boaretto dirige la empresa de agrobiotecnologia Ka’a Tech Better Earth, forma parte de la organizacion Cannabis Medicinal Río Negro y trabaja para consolidar el desarrollo biotecnológico e innovación en cannabis en la Región del Alto Valle.

Nicolás cuenta que la organización en proceso de formación tiene la visión de transformarse en una cámara federal que impulse la industria del cannabis nacional y la formalización de su comercio para el crecimiento económico e institucional del sector (y del país).

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Como misión, la CECA propone “visibilizar, profesionalizar, nuclear, y beneficiar a toda la comunidad cannabica y al mercado ya existente”. Para eso buscan generar un bloque que permita la interacción comercial entre sus asociados con énfasis en posicionar, representar, defender y promocionar la actividad de los productores cannabicos como engranaje fundamental para el desarrollo económico nacional, ayudando a incorporar su trabajo en la industria cannabica y en las industrias complementarias generando así un crecimiento global entre las mismas.

Ley, reglamentación y ¿después?

En cierto sentido, al haberse enviado el proyecto de ley al Congreso, las cartas están echadas para los productores de la industria cannabica nacional.

Incluso, aún cuando se le introduzcan reformas al proyecto, (los gobernadores provinciales Alberto Rodriguez Saa, Sergio Uñac y Gerardo Morales ya se han manifestado en torno a la necesidad de dar autonomía a las provincias), en sí mismo, no garantizara el desarrollo de una industria local equitativa, competitiva y diversificada.

Si bien el proyecto contempla a PyMEs y Cooperativas, todavía falta que la ley circule por las Cámaras legislativas y sea reglamentada. Es ahí cuando las condiciones para participar de la industria serán formalizadas, trazando una nueva línea entre lo legal y lo ilegal. 

La legalización del cannabis en Argentina procede, al igual que en EEUU, como una serie de parches, habilitaciones, normas y convenios que habilitan la producción de cierta manera y bajo ciertas condiciones. Esto crea un sinnúmero de barreras para las empresas nacionales que pueden verse comprometidas al competir con empresas transnacionales que han tenido un crecimiento exponencial en los últimos años.

Aún cuando la ley fuera contemplativa, las PyMEs cannabicas necesitarán de un mercado interno que les permita crecer. 

Solo un mercado de cannabis para todos sus usos (medicinal, de uso adulto, recreativo, etc) ofrece tal posibilidad, ya que permitiría formalizar, de alguna manera, parte del mercado ilegal y redirigir esos ingresos al bolsillo del cultivador y de su territorio.

Es el mercado interno de cannabis para todos sus usos el que le permite a las empresas de cannabis en California desarrollarse. Este estado garantiza un 70% de licencias a pequeños productores, lo cual ha estimulado un microcosmos innovador que agrega valor al cannabis, para suplir un mercado local de uso adulto de casi mil millones de USD.  

Sin la derogación de las leyes de la dictadura, que prohíben el uso adulto del cannabis, la persecución penal continua y la industria languidece esperando la creación de un mercado nacional de cannabis atractivo y dinámico.

La evolución del mercado internacional indica que la Argentina tiene dos opciones: transformarse en un enclave exportador bajo licencias internacionales o avanzar en la estimulación de una industria de cannabis nacional, compuesta por PyMEs diversificadas a lo largo de la cadena productiva, que evite solapamientos, cuellos de botella y estimule la innovación productiva.

El desembarco de empresas multinacionales de cannabis en Argentina y de los grandes conglomerados nacionales, farmacéuticos y sojeros en el sector cannabis, pueden tender a la concentración del negocio, ya que al igual que en EE.UU., en la Argentina, son pocas las empresas con la escala productiva, la tecnología, las certificaciones y el capital para asegurar la trazabilidad del cannabis y su certificación internacional.

Esta estructura económica, sumada a las limitaciones en la legislación, que prohíbe la generación de un mercado interno de cannabis de uso adulto, puede impedir la estructuración de un mercado nacional accesible, en pesos. 

Una de las paradojas del cannabis es que los conglomerados nacionales o internacionales (como son los Operadores Multiestatales de Cannabis de los EE.UU. o los Productores con Licencia, de Canadá), bajo ciertas condiciones, mutuamente beneficiosas, pueden resultar en socios de la expansión de la industria nacional, al aportar la liquidez que los productores nacionales tanto necesitan a la hora de crecer.

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Lo importante será construir un marco de gobierno de la industria del cannabis en conjunto con el Estado (INTA, SENASA e INASE), para garantizar la homologación de procesos y la trazabilidad del producto nacional junto con el patentamiento y el desarrollo de material genético que permita saltar el cerco de las patentes internacionales, ganar competitividad y una reputación internacional para el porro nacional.

El porro nacional, como identidad, marca y agenda política, debería resignificar la idea de la Argentina industrial, la inventiva nacional, el potencial de nuestra ciencia, incorporar banderas históricas del sistema político argentino como la soberanía política, la independencia económica, la justicia social, los derechos humanos, la democracia popular y los emergentes políticos como el feminismo, la agroecología y el buen vivir.

Y, al mismo tiempo, tener la flexibilidad necesaria para contemplar la cultura local y los actores políticos en las distintas regiones de nuestro país.

Una industria del porro nacional arraigado en la cultura y los territorios de nuestro país podría, entonces, generar procesos de aprendizaje local genuino que permitan una transición innovadora hacia modelos socioproductivos diferentes. 

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ACERCA DEL AUTOR

Nicolás es Licenciado en Relaciones Internacionales e investigador del Doctorado en Política Pública y Urbana de The New School en la ciudad de Nueva York. En 2014, trabajo para Naciones Unidas en Kosovo y co-fundó la Open Data Kosovo Foundation for Digital Capacity-Building. En 2015 recibió un Master en Asuntos Internacionales y en 2020 un Master en Filosofía. Actualmente se dedica a estudiar la relación entre la industria del cannabis y las políticas de desarrollo económico equitativo en el continente Americano.

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