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Feministas Cannábicas de Córdoba: Hacia una Economía Feminista del Cannabis

Feministas Cannábicas de Córdoba: Hacia una Economía Feminista del Cannabis

✍ 16 septiembre, 2021 - 12:02

La creación de una industria del cannabis inclusiva, que regenere las comunidades afectadas por la guerra contra las drogas, se ha vuelto una afirmación frecuente en los esfuerzos por la legalización del cannabis. Pero, ¿cómo lograrlo?

¿Cuáles son las alternativas al modelo actual? Y, ¿cómo puede contribuir el cannabis a cambiar las causas estructurales de la exclusión social? En los últimos 20 años, el mundo vio emerger al colectivo feminismo en las calles, en las universidades, en los medios de comunicación, en las redes sociales y, cada vez más, en la mesa familiar.

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En una industria que a menudo excluye a las minorías y disidencias y donde “muchxs están viendo quien tiene ‘el cogollo’ más grande”, el feminismo viene a plantear un modelo productivo solidario y cooperativo que, parafraseando a Verónica Gago, viene a cambiarlo todo.

Entre ellxs, las Feministas Cannábicas de la ciudad de Córdoba (FCC), en Argentina, una organización que junto a otrxs, propone un modelo de producción de cannabis en base a principios como el desendeudamiento y la autogestión.

Un Growshop feminista

Feministas Cannábicas es una organización que nace en las redes sociales, en el clima del 2017, entre reuniones y movilizaciones de la Asamblea Ni Una Menos de Córdoba, que entretejieron a personas de distintos espacios, como la red del trueque, la universidad y la economía popular.

Daniela y Ana narra diversas vicisitudes sobre el trabajo que llevan adelante en la post-pandemia y cómo ésta afectó principalmente de jefxs de hogar, aumentando la deuda, la dependencia financiera, las situaciones de violencia de género y la precarización laboral de mujeres y disidencias.

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Como alternativa autogestiva a la deuda y la precarización, nació María Orgánica Growshop, una tienda de cultivo y cooperativa de trabajo feminista que sirve, además, como red de contención social para mujeres y disidencias.

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La cooperativa busca poner al alcance de lxs cultivadorxs productos orgánicos de calidad, de procedencia regional, que permitan abaratar costos y hacer así más accesible el cannabis a los usuarios que lo necesiten. Pero, además, el Grow, como le dicen, sirve como espacio de contención, asesoramiento y movilización que permite a la comunidad el acceso a conocimientos de cultivo antes vedados. O predominantemente accesible a varones cis.

Las feministas explican que, tradicionalmente, en la sociedad, la mujer ha tenido a su cargo el cuidado de las tareas reproductivas y domésticas.

“La mujer tiene roles predominantes en la sociedad, hay actitudes, libertades, como el cultivar y fumar marihuana, que mucha gente cree que ‘no son de una buena mujer’, que generan estigma social. Muchas veces son placeres reprimidos en el seno de la familia, son lugares en los que el sentido común pone a las mujeres”, ejemplifican desde la organización.

Además, las estadísticas comprueban que el menor acceso a tierra y crédito, a empleo registrado, y a la salud son variables que, sumadas a los efectos de la prohibición, impiden la participación de las mujeres en el mercado de trabajo y, mucho más aún, en una industria emergente como es el cannabis.

A esto se suma el efecto de la persecución penal y las causas de narcomenudeo, donde las mujeres y disidencias sexuales tienen una presencia predominante, como mula, en el transporte de drogas o como sostén de hogar (cuando alguien de la familia es encarladx).

De este modo, el Grow, como espacio social permite la difusión de saberes sobre botánica, salud, cuidado, derecho y economía popular que permite la organización de la comunidad cannábica local la creación de lazos de contención social ante emergencias.

La cooperativa se caracteriza por un enfoque de intercambio justo, que supera la simple idea de ganancia, en términos de economía de mercado.

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Proponen una economía solidaria y una gestión interna sin jerarquías, como en las corporaciones en las cuales la toma de decisiones procede, en general, desde arriba hacia abajo. De este modo, reemplazan la lógica corporativa en la que prima el lucro individual y la estricta competencia de mercado, por la solidaridad y el beneficio colectivo.

Más allá de ‘ver quién tiene el cogollo más grande’

A la hora de asesorar a cultivadorxs y activistxs las feministas aclaran que buscan algo más que dar consejos para tener “un cogollo más gordo o la planta más alta”, dando cuenta del enfoque resultadista que prima en muchos foros de autocultivo.

Buscan un cambio cultural, pasar de la competencia a la solidaridad, que la gente pueda gozar de los beneficios del cannabis, participar de la cultura cannábica y de la economía que genera, en un pie de igualdad.

Además, el trabajo cooperativo permite situaciones de intercambio que, si bien se dan dentro del mercado, funcionan en base a una lógica distinta, en la que prima el valor de uso de los insumos (no necesariamente el valor de mercado del producto), la capacidad de compra del cliente y la construcción de lazos políticos de solidaridad, amistad e identificación de una causa colectiva como es el feminismo cannábico u otras.

En esto radica, quizás, el aspecto más novedoso de la cooperativa: se trata de un emprendimiento que funciona en el mercado, como resistencia a un proceso de exclusión y desposesión de mujeres y disidencias.

Desde Córdoba, avizoran alternativas pragmáticas, populares y autogestivas para el escenario legal actual, y para el caso de una eventual legalización federal del uso adulto, informado y responsable del cannabis.

Alternativas productivas para el sector cannabis

De acuerdo con Ana y Daniela, un modelo feminista de producción de cannabis debería hacer énfasis en políticas públicas específicas para abordar las causas estructurales de la desigualdad.

Algunas de las áreas que destacan son la formación de mujeres y disidencias en el negocio y la industria del cannabis, brindar financiamiento para el desarrollo de emprendimientos cooperativos, autogestivos y de la economía familiar y obtener amparo legal y certificaciones para sus productos que sean accesibles.

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La formalización del trabajo, reconocimiento del know-how y la inclusión de la economía social del cannabis en el mercado formal, mediante la creación de cursos y carreras en cannabis para todxs, debería ser uno de los principales objetivos de un modelo de regulación de la industria que busque la inclusión con justicia social.

“Esto ‘blanquearía’ el know-how que hoy solo se visibiliza en las copas (competencias) cannábicas y permitiría el acceso de todxs a la industria”, afirma Daniela.

La formalización del trabajo en la industria no solo trae beneficios previsionales, de protección gremial y de salud a lxs trabajadorxs, sino que, además, protege a lxs trabajadorxs de la persecución discrecional de las fuerzas de seguridad y del poder judicial.

Muchas mujeres son denunciadas por sus exparejas o por quienes les arriendan su vivienda por producir cannabis y sus derivados. De este modo, la falta de vivienda propia, la violencia de género y la persecución penal derivan en su encarcelamiento, en la interrupción del núcleo familiar, en la pérdida de empleos y el estigma social”, cuenta Ana a El Planteo.

A la hora de imaginar alternativas productivas de cannabis, Ana y Daniela destacan la necesidad de trabajar con la economía popular y las cooperativas para lograr un acceso igualitario al capital, la toma de decisiones, la rendición de cuentas y la distribución de las ganancias.

Entre algunas opciones que destacan se encuentran: cooperativas textiles cañameras, cooperativas alimentarias cannábicas, viveros en invernaderos de baja escala (conocidos en la industria como ‘nurseries’) y la bio-construcción con cáñamo, lo cual sería, también, una solución habitacional autogestiva.

Para esto, “resulta indispensable garantizar el acceso a la tierra” y en general “otorgar certificaciones accesibles a productorxs locales”, aclaran las feministas, haciendo referencia al costoso del patentamiento de genéticas, insumos y productos de cannabis que caracteriza a la industria actual.

Y agregan: “De regularse el mercado de uso adulto, las oportunidades productivas se multiplicarán. En una cocina cooperativa se podrían hacer extracciones con valor agregado, comestibles (con THC) y muchas otras cosas más”.

Y, de hecho, en este punto, las feministas de Córdoba conectan con Oakland, en California, donde Amber Senter, CEO de la marca de cannabis Congo Club, ha logrado junto a otrxs activistas la apertura de la primera cocina de cannabis para la inclusión de minorías raciales en el sector.

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Ana y Daniela concluyen afirmando que “FCC busca, junto a otras organizaciones como la Red Feminista Cannábica, AlpaKamasca Mujeres Cannábicas, Cannativa de México, Coopenabicas en Buenos Aires, la Red Latinoamericana de Mujeres Cannábicas y la Red de Personas Viviendo con VIH de Mar del Plata, afianzar redes populares para discutir política en todos los ámbitos, desde las organizaciones barriales, pasando por la industria cannábica, hasta las burocracias estatales”.

Al paso que la industria busca formas innovadoras de producir cannabis que generen inclusión social, los gobiernos buscan crear empleos formales y aumentar la actividad en el mercado interno y el medioambiente reclama modelos de producción regenerativos y a baja escala, se vuelve imprescindible mirar a las propuestas de los emergentes políticos, como el feminismo, que podrían cambiarlo todo.

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ACERCA DEL AUTOR

Nicolás es Licenciado en Relaciones Internacionales e investigador del Doctorado en Política Pública y Urbana de The New School en la ciudad de Nueva York. En 2014, trabajo para Naciones Unidas en Kosovo y co-fundó la Open Data Kosovo Foundation for Digital Capacity-Building. En 2015 recibió un Master en Asuntos Internacionales y en 2020 un Master en Filosofía. Actualmente se dedica a estudiar la relación entre la industria del cannabis y las políticas de desarrollo económico equitativo en el continente Americano.