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La Justicia Condena a Meta y a YouTube a Pagar Millones por Ser lo que Son: Adictivas

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La Justicia Condena a Meta y a YouTube a Pagar Millones por Ser lo que Son: Adictivas

Por Camila Berriex

La Justicia Condena a Meta y a YouTube a Pagar Millones por Ser lo que Son: Adictivas

✍ 26 March, 2026 - 14:54


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Desde el 2010 los números muestran que el índice de suicidio y ansiedad en los jóvenes no hace más que aumentar. No es casualidad que estas fechas coincidan exactamente con el inicio del boom de las redes sociales, y sobre todo con la aparición de Facebook.

Mark Zuckerberg creó esta red social en el año 2004, tal vez sin pensar en la increíble popularidad que alcanzaría años después y en la repercusión que tendría, aún a día de hoy, en nuestras vidas. A Facebook se le sumó Instagram, luego WhatsApp—ambas aplicaciones que el magnatech también acabó adquiriendo—y así llegaron Twitter, TikTok, los likes, los reels, los tutoriales, los Get Ready With Me, el día a día, todo a través de la pantalla.

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No hay edad para las redes sociales. Los padres que retaban a sus hijos por usar el celular en la mesa hoy les envían reels por WhatsApp y mientras cocinan tienen una mano en la cuchara de madera y la otra scrolleando en TikTok. Los niños que antes jugaban en las calles hoy, con suerte, se comunican por Discord mientras disparan adversarios en el Counter Strike o se pasan noches enteras escuchando a otros jóvenes hablar por stream.

La realidad cambió rotundamente en los últimos veinte años. Y los resultados de esos cambios, tal vez escondidos en el éxtasis de las nuevas tecnologías, se están empezando a revelar.

El juicio que puede cambiar el rumbo: Meta y YouTube, condenadas por diseño adictivo

En marzo de 2026, un jurado de Los Ángeles declaró a Meta y YouTube responsables por los daños en la salud mental de una joven que desarrolló una adicción a las redes sociales desde la infancia, tras comenzar a usar YouTube a los 6 años e Instagram a los 9.

El fallo determinó que el problema no radicaba en el contenido, sino en el diseño de las plataformas, señalando funciones como el scroll infinito, la reproducción automática y las notificaciones constantes como mecanismos que fomentan el uso compulsivo. 

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Como resultado, se ordenó el pago de USD 3 millones en concepto de indemnización, de los cuales Meta deberá cubrir el 70% y YouTube el resto, mientras el tribunal evalúa posibles daños punitivos adicionales.

Este caso sienta un precedente clave al establecer que las plataformas digitales pueden ser consideradas responsables del impacto de su diseño en la salud mental de los usuarios, especialmente de menores, y abre la puerta a miles de demandas similares en curso en EEUU.

La forma en la que usamos las redes sociales está planificada

Todo tiene que ver con la forma en que utilizamos las redes sociales y ciertas aplicaciones. Porque sí, pueden ser interesantes, ociosas y, a veces, incluso informativas, pero es innegable que, si nos fijamos en cuántas horas en pantalla le dedicamos a algunas de ellas o si nos ponemos a pensar qué es lo primero que hacemos al despertarnos o lo último que hacemos al acostarnos, nos dé un poco de terror el excesivo uso que le dedicamos.

Según datos recientes, a nivel global el usuario promedio pasa alrededor de 6 horas y 43 minutos diarios frente a pantallas, lo que equivale a cerca del 40% de sus horas despierto. En países como Argentina, Brasil o Sudáfrica, ese porcentaje supera el 50%; es decir, más de la mitad del tiempo consciente transcurre frente a dispositivos. En adolescentes, este número suele ser aún mayor.

En redes sociales, particularmente, el usuario promedio pasa alrededor de 2 horas y 15 minutos diarios, lo que representa cerca del 13% de sus horas despierto. En países como Brasil, Chile o Sudáfrica, ese porcentaje supera el 20%, número que también es superado en adolescentes.

A su vez, un estudio en SciELO probó que, a mayor tiempo de uso, mayores son los niveles de ansiedad y depresión en adolescentes, especialmente en quienes pasan más de cuatro horas diarias conectados.

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En una etapa marcada por la construcción de identidad y la vulnerabilidad emocional, este consumo intensivo puede influir en el estado de ánimo, el descanso y las relaciones sociales, evidenciando que no se trata solo de una cuestión de tiempo, sino de impacto.

En la misma línea, estudios citados por el Pew Research Center muestran que una proporción creciente de adolescentes declara sentirse “casi constantemente conectada”, lo que impacta directamente en su bienestar emocional.

¿Es casualidad que cada vez más personas, independientemente de su religión, etnia, nacionalidad o edad, estemos tan obsesionadas, tan embelesadas, tan sumidas en el uso de estas plataformas? Lamentablemente, no es casualidad. Tampoco sorpresa para quienes las diseñan. Todo está planificado.

Lejos de serlo, múltiples estudios señalan que su diseño, basado en sistemas de recompensa y validación constante, junto con factores sociales y culturales, favorece un uso intensivo que puede volverse difícil de interrumpir.

La cantidad de horas que usamos el celular está planificada casi milimétricamente por equipos enormes de diseño, UX, programadores, marketing y psicólogos. La idea de estas aplicaciones es que literalmente no puedas dejar de usarlas. Lo sentimos si pensaste que estabas siendo 100% consciente del tiempo que le dedicabas a las redes: no es así.

Y esto no es una teoría conspiranoica, está documentado incluso por quienes lideran estas compañías. En un correo interno de 2015, Mark Zuckerberg fijaba como objetivo que los usuarios pasaran un 10% más de tiempo en la plataforma. Hoy, cuando el abogado defensor de la víctima le consultó sobre esto, Zuckerberg afirmó que “solían fijar objetivos a los equipos”, aunque aseguró que esa práctica ya no le parecía la mejor forma de dirigir la empresa y que ese mail era “muy antiguo”. Más allá de si estas prácticas continúan siendo intencionadas o no, el dato dejó en evidencia que el tiempo de uso buscado en los usuarios no fue nunca un accidente, sino un objetivo diseñado de forma deliberada. 

Y no es solo el tiempo que le dedicamos, es qué vemos cuando las usamos. El mundo-burbuja que habita en la pantalla del compañero que llevas siempre en el bolsillo está, también, milimétricamente diseñado solo para vos. Porque no hay nadie como vos en este mundo.

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La combinación particular entre gatitos y maquillaje, diseño y gastronomía, filosofía y cuentos, cine e indumentaria, política e historia de la música, etcétera, etcétera, etcétera, es lo que hace a cada persona un mundo del que el algoritmo se sirve para presentar, todo en uno, el contenido que hará que, sin darte cuenta, te pases horas frente al celular. Esto es lo que al jurado le bastó para decidir que el diseño premeditado del excesivo uso de las redes debería ser penado.

El problema es que, al igual que una droga, esto genera una dependencia. Una adicción que puede parecer inofensiva pero que, evidentemente, no lo es.

El caso de la mujer que demandó a Meta y a YouTube y que acabó ganándoles el juicio por USD 3 millones se replica en un millón de otros niños. Se pasan horas viendo a otros chicos jugar entre ellos, mientras con sus dos manos no sostienen un juguete, sostienen un teléfono. Se pasan otras horas viendo a niñas o mujeres adultas protagonizando tutoriales de maquillaje para enseñarles a ser más bellas, más perfectas, más adultas. Niñas que les enseñan a otras niñas a verse como mujeres.

La autoestima, los vínculos sociales y la salud mental son solo algunos campos altamente afectados por el uso de las redes sociales en niños, adolescentes y adultos. 

Durante años, el uso de las redes sociales fue normalizado, representando un peligro: si no se problematiza, no se pueden tratar sus afecciones. Si no se comprende a las redes sociales (pero sobre todo, a las empresas que las inventan, las diseñan y las actualizan con el fin de mantenernos enganchados) como comprendemos a cualquier otro producto que genera daños colaterales, entonces estamos haciendo la vista gorda a un problema que generará únicamente más dependencia.

No son únicamente adictivas, también ponen en riesgo la seguridad de las infancias

Lamentablemente, las redes sociales también son un espacio de compra y venta de contenido sexual, muchas veces infantil, y aunque no está probado que esto sea causa o intención de los creadores de las mismas, sí demuestra una clara falla en los sistemas de protección a menores.

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Esta problemática no es solo una percepción: fue uno de los ejes centrales en recientes juicios contra Meta en EEUU. Durante una investigación presentada en tribunales, se crearon perfiles falsos de menores en plataformas como Instagram y Facebook, y en cuestión de minutos estos perfiles comenzaron a recibir contactos de adultos con contenido sexual. Para los fiscales, esto evidenció no solo fallas en los sistemas de seguridad, sino también la facilidad con la que usuarios menores pueden quedar expuestos a situaciones de abuso y explotación dentro de las plataformas.

Otro juicio: Meta deberá pagar USD 375 millones por desproteger niños y niñas

Acumulando sentencias, la empresa de Mark Zuckerberg no solo deberá pagar USD 3 millones a la mujer que, de niña, desarrolló una adicción a Instagram junto a YouTube, sino que también deberá pagar USD 375 millones por dañar la seguridad y la salud mental de otros menores.

Este fallo fue dictado por un jurado en Nuevo México, que determinó que Meta violó leyes de protección al consumidor al ocultar información sobre los riesgos de sus plataformas y no actuar de manera suficiente frente a la exposición de menores a contenidos peligrosos.

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La acusación sostuvo que la empresa permitió durante años que depredadores accedieran a usuarios menores de edad y los contactaran, facilitando situaciones que podían derivar en abusos en el mundo real. Además, se señaló que Meta conocía internamente estos riesgos, pero no implementó medidas efectivas ni advirtió a los usuarios de forma transparente.

Desde la fiscalía, el veredicto fue calificado como una “victoria histórica”, destacando que la empresa priorizó el crecimiento y los beneficios económicos por encima de la seguridad de niños y adolescentes.

¿Se viene un año de juicios a las plataformas?

Estos dos juicios son solo el inicio. Aparentemente, alrededor de 1.500 familias pretenden llevar a la gigante Meta a juicio este año, donde exigirán no solo responsabilidad financiera sino legal tras la falta de ambas en el diseño deliberadamente adictivo y de rienda libre de sus plataformas.

Ambos casos forman parte de una ola creciente de litigios que cuestionan directamente el modelo de negocio de las redes sociales, comparado por algunos analistas con los juicios históricos contra la industria del tabaco.

Por primera vez, la Justicia no solo analiza el contenido que circula en estas plataformas, sino el diseño estructural que incentiva el uso prolongado y la exposición a riesgos.

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Aun así, el creador de Facebook se defiende de una forma que lo desliga de la responsabilidad. Zuckerberg asegura que, según sus plataformas, no está permitido el acceso a las mismas a menores de 13 años, alegando que son los usuarios los que mienten sobre su edad para crear sus cuentas, aunque obviando el poder que tiene la compañía de instalar límites más duros para asegurarse de que los niños efectivamente no puedan acceder a las mismas.

Lo que durante años fue tratado como una novedad y un avance tecnológico, fue también engendrando, en secreto, algo más oscuro y cuyos aterradores resultados se materializaron en patologías de salud mental, desde ansiedades y depresiones hasta suicidios.

Sin embargo, algún rayo de esperanza—no solo para las familias y las personas afectadas, sino también para la sociedad toda y las generaciones por venir—empieza a visualizarse cuando dejamos de discutir esta problemática en foros o artículos y pasamos a resolverla en tribunales. La Justicia no está cuestionando solo cómo usamos estas plataformas, sino cómo fueron diseñadas para ser usadas.

La pregunta, entonces, ya no es únicamente qué hacemos nosotros con las redes, sino qué hacen las redes con nosotros. Porque si el tiempo que pasamos frente a la pantalla no es casual, si el contenido que consumimos está cuidadosamente seleccionado y si los riesgos eran conocidos por quienes construyeron estas plataformas, entonces la discusión ya no es individual, sino estructural.

Quizás lo más inquietante no es que estas tecnologías hayan cambiado nuestra forma de vivir, sino que recién ahora estamos empezando a entender hasta qué punto. Y, sobre todo, quiénes lo sabían (y lo planearon) desde un principio.

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ACERCA DEL AUTOR

Camila es traductora y redactora en El Planteo, donde crea y optimiza contenidos culturales y de negocios aplicando sus conocimientos en SEO. Estudia Sociología y música, explorando las ciencias sociales y el arte desde múltiples enfoques.

Además de su trabajo en El Planteo, ayuda a diversas industrias a conectar mejor con sus clientes mediante la redacción de blogs SEO, newsletters y contenido en LinkedIn. Con un profundo amor por la milonga y una curiosa fascinación por la era medieval, Camila encuentra en la comunicación una forma de conectar culturas y perspectivas. De día, es escritora; de noche, entusiasta del pool y los acordes; y en todo momento, una ávida estudiante.

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