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Cultura

El Viaje de Sara Hebe: ‘Quiero una Vida con Menos Palabras y Más Actos’

Por Lola Sasturain

El Viaje de Sara Hebe: 'Quiero una Vida con Menos Palabras y Más Actos'

✍ 21 noviembre, 2021 - 16:20

Son tiempos movidos en la carrera de Sara Hebe. Acaba de volver de una mini gira por Bolivia y su show cerró el escenario principal de la 30va Marcha del Orgullo LGBTIQ+, la primera post pandemia, que fue emotiva y multitudinaria. También está terminando su próximo disco, que espera su publicación para principios del año que viene.

En estos momentos, la artista nacida en Trelew se encuentra en un momento de transición. MC y cantante, en más de diez años de carrera paseó un flow combativo por el punk, la cumbia y el funk carioca entre otros, cuando todavía lo hoy llamado urbano no estaba (para nada) de moda y el hip hop era una cuestión de nicho. 

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El éxito le llegó rápidamente, pero siempre dentro de un ethos underground. Y en sus canciones encontraron voz muchxs oprimixds: personas del colectivo LGBTIQ+ e identidades racializadas, entre otrxs, hicieron de muchas de sus consignas, que cruzan lo íntimo y anecdótico con lo social, sus banderas.

Este 2021 la encuentra frente a un panorama musical muy diferente, indagando en otros sonidos, otras temáticas y haciéndose muchas preguntas: políticas, artísticas y también personales. Que para quien vive política y artísticamente, son el mismo tipo de preguntas, que salen desde lo más profundo de sus vísceras.

Blues de Bolivia

Sara se debía tocar en Bolivia. Nunca había ido y por eso mismo tenía urgencia: ama viajar y llevar su música a otros lugares es uno de los pilares de su carrera. 

La idea de esta gira se remonta a principio de año, cuando fue a tocar a Jujuy y conoció a unas chicas bolivianas que habían cruzado ilegalmente por tierra para ir a verla cuando las restricciones no lo permitían, pero así y todo no llegaron al show. Ellas resultaron ser estudiantes de comunicación, agitadoras culturales y además tenían un fanzine. “Quedémonos en contacto que quiero ir a tocar para allá”, les dijo, y ellas le produjeron una gira por La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y Sucre. 

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Su público es históricamente feminista y combativo. Y Sara vio con sus propios ojos que sus canciones, su discurso y su contenido tenían un peso especial allá: una sociedad con fuerte presencia eclesiástica y donde las luchas feministas eran voraces, de mucha resistencia. 

A Sara le tocó tocar el 28 de septiembre, Día de Acción Global por el Aborto Legal, un derecho todavía no conquistado en ese país. “Toda esa dificultad y esa carencia se vuelve potencia también. Fue una gira muy de guerrilla, de bajo presupuesto y a pulmón, muy agotadora y muy conmovedora”, cuenta. 

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“Es muy distinto a acá. La gente, la comida, la economía de la calle. Ahí se nota mucho cómo la campaña del desierto en Argentina exterminó a tantos pueblos, tantas lenguas y en otros países de latinoamérica no fue así”, dice la rapera, a quien estos temas siempre la interpelaron en primera persona, ya que es oriunda de la Patagonia argentina, región históricamente atravesada por conflictos de índole colonial. 

“Es difícil. En un sentido sí es como acá: el momentazo de los populismos ya pasó y avanza una derecha peligrosísima al igual que en todo el mundo”, lamenta Sara. 

En los shows, muchísima gente y muchísimo sentimiento. Sobre todo en lugares como Sucre, donde prácticamente nunca van artistas extranjerxs. “Estaba mucho más viva la respuesta y la recepción del contenido de mis canciones. Había una necesidad de cantar: ‘Yo abortaría por si sale policía’. Ese diálogo estaba bastante prendido y sentí mucho agradecimiento y cariño”, dice Sara. El plan es volver ni bien sea posible: idealmente con más presupuesto y más tiempo.

Cuando Sara Hebe conoció a María Galindo

Una experiencia muy enriquecedora de ese viaje fue conocer a María Galindo, quien fue a ver uno de sus recitales. “Una anarco total”, cuenta. Galindo es una activista feminista lesbiana, psicóloga y escritora pionera del movimiento en su país. Es fundadora de Mujeres Creando, un colectivo artístico anarco-feminista boliviano conocido por sus intervenciones callejeras a modo de grafitti y performance que tiene base en una casa comunitaria en La Paz. 

La casa, fundada en 1992, propone una comunidad feminista no racista. Sara estuvo ahí. “María hizo un gran trabajo con mujeres indígenas y de comunidades, y en la casa tienen alojamiento para mujeres en situación de violencia, donde las acompañan y las incentivan a denunciar. Es una alternativa posible, este anarcofeminismo indigenista, pero todavía es algo muy chiquito, todavía hay una gran parte de la sociedad que desprecia a los indígenas”. 

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Sara, quien nunca deja de estar movida por una chispa interior contestataria y rebelde, politizada aún cuando no está siendo explícita, le comentó a María Galindo que se sentía un poco cansada de ella misma, de sus letras. De ser política de esa manera. La activista le hizo una pregunta que le encantó: “¿Ya se agotó?” La dejó pensando: “Creo que se refería a las estéticas que producimos les artistes”, se responde.

Política pero (ya) no declarativa

En sus nuevas canciones, se nota un cambio en la lírica. Ya no hay tantas declaraciones políticas ni gritos de guerra, hay mucha más introspección y sentimientos. “Estoy un poco cansada de hablar. Todas mis canciones nuevas son más tranqui, ya no me animo a opinar tanto”, cuenta a la MC. 

Sus nuevas canciones hablan de sentimientos, de romances, que evocan pequeños detalles de la vida cotidiana. Se podría decir que estamos de cara al disco introspectivo de Sara Hebe.

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Según cuenta, las temáticas sociales solo aparecen explícitamente en dos temas del nuevo disco, uno producido por Shoshi xxi y otro producido por Rio del Pari. “Temas como el medio ambiente, la ecología, la minería -’porque yo soy de Chubut’, aclara- las lenguas originarias, el capitalismo, aparecen desde que empecé a escribir. Pero en este disco no hay tanto de eso ni tanta bronca. Yo voy a seguir cantando esos temas. Entonces, no me interesa repetirme, me aburre y yo también puedo transformarme”, piensa la artista en voz alta. 

Tengo una parte del público que me sigue desde el principio al que eso no le gusta y me lo hacen saber, por las redes que para eso están. Me dicen que extrañan a la otra Sara, y yo creo que en un punto, y siendo extrema, son transfóbiques. Y se los digo. Hay gente que no acepta que una cambie, que pretende que siga siendo la misma y diciendo lo mismo”.

Sara sabe que no puede evitar ser política, no importa sobre lo que cante. Tocar en marchas, apoyar explícitamente a las putas, visitar rincones que nadie visita y habitar circuitos disidentes. “Lo importante es donde una está. No en copiar un panfleto para una canción. Quiero una vida con menos palabras y más actos”.

Por ejemplo, su show en la pasada Marcha del Orgullo: “Para mi es un orgullo y un honor tocar en semejante acontecimiento político. Me hace sentir que algo hice bien para estar tocando ahí y para ser bien recibida. Fue un fuegazo”, dice. 

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Le remite a cuando tocó, el diciembre pasado, el día que el aborto fue ley. Luego de esos shows queda feliz pero agotada: Sara es una esponja, y es mucha la energía recibida y la emoción.

“Digo ‘acontecimiento’ porque en esta posmodernidad que vivimos todo es ‘evento’”, sigue. “Todo es eventual. Y creo que hay una contundencia ética muy importante en la fuerza del acontecimiento. En la marcha éramos 700, 800 mil personas, y siguen hostigando a personas trans, travas, a las lesbianas, a los putos los siguen cagando a piñas. Siguen siendo perseguides por la policía. Entonces es muy importante hacer acontecimientos y ser un montón”.

Sara se pregunta mucho cómo un hecho artístico (término que utiliza como contrario a “producto”) puede conjugar en sí mismo ética y también estética. Es muy difícil, pero dice que le resulta “bueno” y “sano” estar intentándolo constantemente. 

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“En este momento de neoliberalismo que avanza hay mucha idiotez y vacuidad tanto desde lo político e institucional como desde la crítica a lo político. Pienso que tenemos que pararnos en cada escenario e intentar ser críticos. ¿En qué momento el arte dejó de ser una tarea crítica hacia las estructuras de poder?

Ex marihuanera

Algunas letras le resultan difíciles de seguir cantando porque ya no la representan tanto. Entre esas, las muy marihuaneras. “Tuve momentos de estar loca con el porro, fumar a full, pero hoy en día sólo puedo fumar cuando estoy muy de fiesta, acompañando otras drogas, o cuando la música pega. O cuando estoy muy bien, muy relajada, de vacaciones. Sino me agudiza todo, me preocupa y la paso mal”, cuenta.

Sara cree que es una sustancia “bastante dura” a la que se subestima fácilmente. “Pero más vale que nunca voy a dejar de pensar que tiene que ser legal, la recreativa y medicinal”, asegura.

Las drogas le gustan pero tiene que consumirlas con moderación. 

Tengo que consumir poquito porque, si no, me quedo en un rincón y no hablo ni una palabra. Todo me pega mucho”, ríe. 

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Y cuenta que el año pasado tuvo una etapa de joda muy fuerte desde que empezó el calor hasta el 18 de enero, que se fue a Trelew a visitar a la familia. “Ahí no pude volver. También tiene que ver con que me junté. Yo soy de esas que cuando estoy con alguien me quedo tranqui ahí, en ese mundito. Soy una chota”, se castiga, un poco en chiste y un poco en serio. El gusto por las sustancias le agarra de maneras cíclicas: tiene etapas en las que se fanatiza, vive de fiesta y, después, se cansa y se mete en su guarida. Dice que tanto el cuerpo como la mente le pasan mucha factura: “Ya estoy grande y cansada”.

También identifica un problema que le saca las ganas de colocarse: le gusta mucho la fiesta y, en Buenos Aires, más aún post-pandemia, es difícil encontrar fiestas del palo underground que suenen bien fuerte. “Yo nunca fui a boliches tipo Costa Salguero, pero ¿no son una mierda los parlantes de todos los clubes? No hay graves en ningún lado”, se lamenta. “Tenemos que alquilar un sonido caro y hacer las fiestas nosotros”.

Nos vamos volviendo technos

Hace ya un tiempo que su sonido viene alejándose de la cumbia y los sonidos marcadamente autóctonos y se acerca a lo clubero. Mucha gente que no está interiorizada en su obra piensa que ella es una artista de cumbia, ya que dos de sus más grandes hits lo son: “Asado de Fa” y la canción de la serie “El Marginal”. 

“Creo que el mundo en general se está volviendo más clubero”, dice. “Pasa el tiempo y nos vamos volviendo technos”, bromea. Se nota por ejemplo en “México”, su último lanzamiento: una canción pop nostálgica con un beat UK Garage, producido por su eterno colaborador Ramiro Jota. Por su parte, otro lanzamiento que estará incluído en el álbum, “Refix”, es una canción triste y romántica de beat trapero y con un video que recuerda en su estética a la Bjork de “Debut”.

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Le encanta lo nuevo, lo futurista, lo que avanza constantemente y encuentra eso en la producción electrónica. Pero también la invita a la autocrítica: “El capitalismo está en su mejor momento, con esta obsesión por la novedad. La contracara es que nos olvidamos de lo viejo, de lo ancestral: dejamos atrás muchos lenguajes, muchas raíces. No es necesariamente una crítica, pero es eso: este sistema festeja lo nuevo, y hoy son esos sonidos, que están buenísimos. Y yo, así como me cansé de mi discurso, también me cansé del rock y de la cumbia”

“En este disco no hay ni un instrumento tocado y ni un tema rockero”, asegura la artista. “Pero me gusta tocar con banda y que en vivo haya un componente punk. Seguramente más adelante me den ganas de hacer un tema rockero ¡Yo hago de todo! Voy yendo y viniendo sin prejuicios”. Su banda fija está compuesta por el baterista Edu Morote, baterista de Señor Tomate y Shaman, la bajista Lali, de 20 años, y la guitarrista Lucía Hoffman.

Los productores que trabajaron en el disco Rio del Pari, Shoshi.xxi, Peligro (Canarias), Ramiro Jota, Punga y Manu Calmet. Hay feats con Sassyggirl, con Rattlesnakke, (“En un tema con un beat industrial de Ramiro Jota que es medio numetal, me hace pensar en Cabezones”, se ríe Sara), con The Colorated y con la MC chilena Ana Tijoux. 

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Muchos talentos emergentes y una consagrada. Sara identifica a Tijoux como “totalmente de su palo”. Se explaya: “En lo estético, en el discurso, en el posicionamiento, en el público. Ese va a ser el tema para lxs que extrañan a la vieja Sara”, dice.

El tema con Ana se llama “Almacén de datos”. Y, como corresponde a la vieja Sara, tiene algo de crítica social, pero siempre a su estilo. 

“Habla de la industria musical, tiene un poco de resentimiento en chiste, pero que tiene algo de verdad, y habla también de que estoy un poco cansada de que la música sea un trabajo, de estar constantemente pendiente de los números, de las etiquetas. Para lanzar un tema en Spotify tenés que explicar de qué va, qué supuestamente es, y ellos eligen en qué categoría te ponen. Hoy sacar música está sí o sí atravesado por las reglas de mercado”.

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Lo urbano mezclado con rap y pop, hibridación que ella milita desde sus primeras canciones hace más de diez años, hoy es norma. Y es lo que vende: hay infinidad de artistas haciéndolo. “Hoy la competencia es voraz. Y no, las chicas de 19 años super cool que escuchan trap no son mi público”, dice.

Confusa y demodé

¿Cómo se va a llamar el disco? Todavía no está segura, pero Fusó es un nombre tentativo que le resuena con fuerza. Fusó es una calza, a medio camino entre ropa interior y exterior, un concepto que le recuerda a sus doce o trece años y “una palabra que se usaba mucho en el sur, no tanto acá”, considera. 

“Lo que me gusta es que es una palabra medio retro, que no se sabe bien qué es, como Donda de Kanye, y que gente de generaciones más tempranas no conoce”. Inevitablemente, la palabra remite a las obsesiones actuales de la artista, que está atravesando un momento de total autoconsciencia, mirando hacia atrás y preguntándose “¿para qué?”

“Es algo que ya no se usa y una palabra que ya no se usa. Yo lo pongo en analogía con mi carrera y mis discursos, discursos que ya no se usan y ya no sirven, y con esto de la producción constante de lo nuevo: eso sí sirve, pero sirve ahora, después ya pasó. Yo estoy en esto hace 11 o 12 años y me cuesta mantener mi lenguaje en diálogo con lo nuevo, arriesgándome a hacer canciones que me gustan pero, tal vez, a mi público de siempre no tanto. Entonces, la palabra ‘fusó’ me representa”.

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Seguido se pregunta “¿hasta cuándo?” A veces piensa en poner un bar de café y tortitas, o dedicarse a escribir: le cuesta imaginarse rapeando a los 60 años. Está cansada de los números, cansada de su propio discurso, pero igual siempre lo termina eligiendo. 

“No es que pienso que la música es mi único camino posible. Pero al final lo sigo haciendo siempre, y es un motor, una vitalidad, me encanta. No lo haría ni un minuto más si no tuviese deseo”, dice. 

“Fantaseo y coqueteo con la idea de que no sea lo que paga las cuentas, de tener algún otro trabajo y a veces me veo cómoda en la queja, pero al final siempre sigo, sigo ensayando, componiendo, tocando, queriendo tocar. Y, sobre todo, tocar y viajar”.

Fotos de cortesía 

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Lola Sasturain

ACERCA DEL AUTOR

Entrevistadora y editora en El Planteo, Lola Sasturain es periodista cultural, DJ y guionista.

Puedes encontrar sus notas en Página/12, VICE y, por supuesto, en El Planteo.

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