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La Alegría Sigue Siendo una Buena Razón para Fumar Marihuana

Cannabis

La Alegría Sigue Siendo una Buena Razón para Fumar Marihuana

Por High Times

La Alegría Sigue Siendo una Buena Razón para Fumar Marihuana

✍ 29 January, 2026 - 10:32


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Por Lucas Indrikovs

Sobre el placer, la legitimidad y los aspectos de la cultura cannábica que vale la pena proteger. 

La otra noche me drogué con unos amigos. No para desbloquear mi tercer ojo, cumplir una fecha límite, ni biohackear mi sistema nervioso hasta entrar en un estado de productividad tántrica. No estábamos buscando iluminación, ni revelaciones, ni crecimiento personal.

Sólo nos queríamos reír. Aflojar. Jugar D&D y dejar de cargar el día encima como si fuera una bolsa de cemento mojado.

Nos sentamos en el living de casa, girando un porro y hablando de absolutamente nada importante: ese tipo de charla que flota, deriva, se pierde, y que, sin saber cómo, termina siendo la mejor parte de la semana.

Y en medio de esa volada medio boba, se me cruzó este pensamiento chiquito e intrusivo:

¿Esto está permitido todavía?

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No en términos legales, propiamente dichos, sino culturales. Empecé a preguntarme si la alegría por sí sola seguía siendo una razón válida para prenderse uno. Porque dentro de la cultura cannábica actual se siente una presión creciente por justificar la fumada. Por demostrar que estás haciendo algo responsable.

Algo más inteligente, más saludable, más productivo. Más adulto.

La vibra despreocupada, de diversión pura, está mutando silenciosamente hacia la idea de que la planta tiene que ser funcional para ser legítima. Que se necesita una razón más noble que “me gusta sentirme vivo por un rato”.

Eso ya se escucha en los dispensarios. Preguntas qué está bueno y te responden con resultados. Con advertencias.

Enfoque. Sueño. Recuperación. Regulación.

Mientras tanto, nadie mira con desprecio al sol por darnos vitamina D y energía. Nadie avergüenza al romero por sus efectos calmantes. Pero prendes un porro porque quieres sonreír, ¿para qué? ¿Para aflojar el peso mortal que tus hombros posan sobre tu cuello?

De repente, eres medio infantil.

Vamos… ¿Comunidad? ¿Risas? ¿Ese momento en el que por fin se destraba la mandíbula? Eso es medicina. Esas cosas hacen un trabajo real. Y esto hace que la desconexión resulte extraña, porque nuestros cuerpos ya lo entienden.

Incluso hay una palabra para esto: anandamida —muchas veces llamada la “molécula de la felicidad”—, un compuesto que el cuerpo humano produce de manera natural y que está ligado al placer, el estado de ánimo y esa sensación tranquila de bienestar. El cerebro la libera cuando hacemos ejercicio, cuando nos reímos, cuando conectamos con otros. La planta simplemente interactúa con ese mismo sistema.

Un recordatorio de que, como humanos, la alegría siempre fue parte de nuestro diseño.

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Pero en el pasaje de la prohibición a la legalización, decidimos en silencio que solo lo clínico valía. Y esto no es solo un problema de la planta. Contamos nuestros pasos. La comida se convierte en macros. Los hobbies se monetizan. Jugar sin un propósito, divertirse sin una recompensa… Todo empieza a parecer inútil.

En algún punto del camino, los humanos perdimos el hilo.

Así es como el arquetipo del fumón —la mascota cultural original y santo patrono de lo despreocupado— termina siendo empujado, en silencio, hacia la puerta de atrás.

Foto cortesía de Daniel Aberasturi.

Cuando el placer empezó a necesitar una explicación

Entra hoy en cualquier dispensario y verás que todo está microdosificado, diseñado con precisión, adaptado según terpenos, respaldado por datos, procedente de fuentes sostenibles y acompañado de promesas de llevarte al siguiente nivel.

En el largo camino desde Reefer Madness hasta Bong Appétit, la marihuana pasó de “esto puede hacer que los colores suenen diferentes” a “esto favorece el rendimiento mitocondrial”. No quiero ser Luke Skywalker. Solo quiero fumar un poco de Skywalker OG y ver El Imperio Contraataca por décima vez.

Nada de esto es un argumento en contra del cannabis medicinal o el bienestar. Esos usos son reales. Son vitales. Salvan vidas. Lo que me preocupa es la idea creciente de que la felicidad por sí sola no alcanza. Que el cannabis tiene que ganarse su sustento mediante un buen comportamiento.

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Ese cambio no surgió de la nada. Llegó con la legalización y con el silencioso entendimiento de que la libertad vendría acompañada de condiciones.

En cierto momento, la palatabilidad se convirtió en el precio de entrada a la normalización.

Foto cortesía de Daniel Aberasturi.

El discurso que el porro tuvo que aprender para que lo tomen en serio

Durante décadas, el cannabis sobrevivió en los márgenes. Era desprolijo, poco serio y casi exclusivamente ilegal. Cuando por fin se abrieron las puertas, la planta no solo salió a la luz: entró a una sala de directorio.

Y lo poco serio no es un buen modelo de negocios.

Para ser aceptado, el cannabis tuvo que volverse presentable para reguladores, inversores, propietarios y gestores de riesgo. La diversión no traducía. El juego no rendía en las métricas. Pero el wellnesss, sí. Los indicadores y el lenguaje clínico, también. Ahí fue cuando el cannabis aprendió a hablar en términos de resultados, en lugar de experiencias.

No fue una conspiración. Fue adaptación. La respetabilidad pasó a ser sinónimo de validez. La planta se puso un guardapolvo y dejó atrás las risas, porque ese era el precio de la legitimidad.

Pero algo se pierde cuando la legitimidad se construye a partir de la justificación. Cuando el placer tiene que autocontrolarse, se achica. Y lo que antes era comunitario se despoja, se privatiza y se reduce a un juego solitario.

La legalización nos dio liberación, pero también impuso una nueva disciplina: pórtate bien, explícate, no seas raro. El fumón —el alma indómita, alegre y no optimizada de la contracultura— fue invitado, educadamente, a madurar.

Pero no hay contracultura si no estás en contra de algo. Y si vamos a elegir blancos, ojalá que esta estupidez sea la primera en caer. Nos sobra para quemar.

El cannabis solía ser, antes que nada, diversión. Bobo en el mejor de los sentidos. Un recreo frente al absurdo de ser humano, atrapado en la picadora de carne de la vida moderna. Hoy, cada vez más, se lo presenta como una ayuda para la productividad, con mal branding y demasiado plástico.

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Un amigo mío, Nate, lo dijo perfecto el otro día: “La relajación es un beneficio medicinal. Por eso siempre pensé que es imposible separar del todo el uso recreativo del medicinal”.

Tiene razón. La cerca entre uno y otro es mucho más fina de lo que nos gusta admitir.

Otra amiga me contó una vez sobre un tipo que fumaba del porro de ella todo el día, todos los días; él lo llamaba “medicina” y a ella daban ganas de tirarlo por la ventana. En ese contexto, sí: decirle medicamento sonaba más a una excusa. A veces hay que tratar la causa de fondo, no solo el síntoma.

Pero con el tiempo se dio cuenta de otra cosa: no toda medicina tiene que curar. Algunos remedios simplemente restauran. Diversión. Conexión. Respiración. Expandir las costillas. Un recordatorio de que, al final de un día de mierda, todo va a estar bien.

La planta puede hacer eso. Y no deberíamos tener que fingir que necesita ser algo más.

Nadie juzga al amigo que grita contra una almohada después de una reunión en línea que podría haber sido solo un e-mail. Nadie se inmuta cuando bailar cuenta como alivio y el sauna como reinicio. El caldo de huesos es, de alguna manera, una cura para todo—lo cual todavía me parece discutible, pero seguro. Todo bien.

Como sociedad, estamos perfectamente cómodos llamando a todo esto cuidado. Placer, en dosis pequeñas, sutiles y esenciales.

Carajo, la mitad de internet cree que meterse en un lago helado a las cinco de la mañana te convierte en un guerrero estoico. Pero prendes un porro después del trabajo sin ninguna razón especial y, de repente, estás “tapando tus problemas”.

Lo que me lleva al fumón: el héroe popular de toda esta historia, y la parte más grande de la cultura 420 que corremos el riesgo de perder si la alegría deja de contar.

Foto cortesía de Daniel Aberasturi.

El fumón no es el que piensan

Conozco el estereotipo: batik, la huella del trasero en el sillón, dedos pegajosos, agua de bong oscura como la noche.

Pero el verdadero fumón —el que yo conozco, el que construyó esta cultura y la mantuvo viva cuando era ilegal, poco rentable y peligrosa— es otra cosa, completamente.

El verdadero fumón es curioso.

Imaginativo. Generoso. Juguetón. Presente.

El verdadero fumón siente la vida tanto como la piensa.

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Encuentra poesía en una bolsa de Chizitos. Se queda mirando el océano durante horas y lo llama meditación. Sabe que la mitad del sentido de la vida está enterrado en conversaciones hermosas y estúpidas a la una de la mañana.

Uno de los dones menos valorados de ser fumón, en el mejor sentido, es la disponibilidad emocional: esa forma en que baja la guardia lo justo como para ver el chiste de la existencia.

Reírse cuando el remate es simplemente: la vida, amigo.

La planta mantiene flexibles mis bordes. Me mantiene blando ahí donde la adultez intenta calcificarme. Me evita convertirme en otro adulto rígido, contracturado por el estrés, ahogado en angustia existencial y notificaciones de Microsoft Teams. Me estoy cagando de risa cien veces por día y tomándome la vida un treinta por ciento menos en serio de lo que me la tomaba a los veintidós.

La marihuana es el WD-40 para el espíritu humano.

Instrucciones: agitar bien, aplicar generosamente, evitar contacto con jefes y aguafiestas.

Me dio paciencia en mis vínculos, curiosidad por los pequeños milagros de la vida y resiliencia cuando el mundo se siente demasiado filoso. No me convierte en otra persona. Me evita convertirme en alguien que nunca quise ser.

Si eso no es medicinal, a su extraña manera, no sé qué lo es.

Foto cortesía de Brian Jones.

Lo que desaparece cuando la alegría no alcanza

Si la alegría, la risa, el asombro, la curiosidad y el alivio dejan de ser razones válidas para fumar marihuana, esto es lo que también se va:

El círculo.

El ritual.

La generosidad de pasar el porro a quien más lo necesita.

La comunidad se vuelve transaccional. La creatividad se convierte en contenido.

En resumen, una parte enorme del alma de la cultura se pierde.

Y si el potencial de la planta queda reducido a un suplemento de wellness —un producto de consumo sin huella espiritual, una herramienta en lugar de una compañera—, entonces la legalización no liberó al porro. Lo metió en una jaula dorada.

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Imaginen un futuro donde los porros se consideran primitivos, los blunts están mal vistos y la flor es “demasiado impredecible” para un lifestyle optimizado. Donde la gente solo fuma si puede vincularlo a un objetivo de automejora. Tu amigo fuma una seca y, en lugar de decir “Dios, necesitaba esto”, recita: “Estoy consumiendo esto para apoyar la neuroregulación y la resiliencia emocional”.

Esto no es una pelea contra el wellness, la medicina ni la legitimidad. Es una pelea contra el achicamiento de lo que consideramos válido. Porque si perdemos al fumón —esa parte curiosa, rebelde y viva de la contracultura— perdemos también el permiso de sentirnos bien sin razón.

Una sonrisa alcanza.

Relajarse alcanza.

Reírse alcanza.

Volver a sentirse humano alcanza.

Si la legalización tiene algo para enseñarnos, no debería ser cómo justificar la planta, sino cómo disfrutarla sin pedir disculpas.

Así que no nos olvidemos, en esta noble búsqueda de validación, por qué nos enamoramos de ella en primer lugar.

Ahora ve a drogarte porque sí.

Vía High Times, traducido por El Planteo

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