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Opinión

Análisis de la Iglesia Evangélica en Argentina: lo que Aprendí Siendo Evangélico por Tres Años

Por Juan Ruocco

Análisis de la Iglesia Evangélica en Argentina: lo que Aprendí Siendo Evangélico por Tres Años

✍ 8 noviembre, 2020 - 13:33

Este artículo tiene una carga personal. Una de las decisiones más raras que tomé en mi vida fue participar en una iglesia evangélica. Aunque participar es un eufemismo porque en realidad estuve involucrado tres años, me bauticé por inmersión (en una hermosa pelopincho), fui “líder” de jóvenes y misionero. En ese momento tenía mis razones para hacerlo, pero no vienen al caso. Al mismo tiempo empecé a estudiar en la UBA, cursé el CBC y el primer año de Filosofía. Con la inquietud cognitiva que me caracteriza me puse a leer teología, lo cual me llevó a los textos descomunales de Paul Tillich y Hans Kung.

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Leí la biblia completa, leí sobre la conformación del canon bíblico, estudios exegéticos sobre el nuevo testamento y algún que otro libro sobre la figura histórica de Jota Cristo. Hubo un momento donde mi formación autodidacta chocaba de lleno contra las enseñanzas de la iglesia a la que pertenecía. Sin mucho escándalo, me fui. Este artículo está lejos de ser una burla o un intento de desacreditar las creencias religiosas aquellos que eligen dedicar su vida a dicha institución. Es apenas un intento de explicar, a grandes rasgos, cómo funciona una iglesia evangélica promedio.

Introducción

La participación de la iglesia evangélica en el debate sobre la legalización del aborto fue lo que los catapultó al centro de la escena pública. Hasta entonces, lo poco que se conocía de ellos provenía de tres fuentes. En primer lugar, de algunos sectores evangélicos que, desde la década del ’80 con el Pastor Giménez a la cabeza, ocuparon los horarios periféricos de la televisión argentina. En segundo lugar, por algunos libros o artículos, más bien esporádicos, en diferentes medios sobre el fenómeno. Recuerdo el libro “¡Cristo llame ya! Crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina” de Alejandro Seselovsky del año 2005. La tercera fuente de información sobre los evangélicos es la encuesta nacional sobre creencias y actitudes religiosas, que confecciona la Secretaría de Culto junto al Conicet cada diez años. Es lo más confiable que tenemos a nivel estadístico.

La participación activa de la iglesia evangélica para frenar el proyecto de ley del aborto no punible reveló a gran parte de la sociedad una veta hasta ahora relegada de los evangélicos. A saber: su capacidad de movilización y hacer política. No política partidaria, sino política entendida como la acción conjunta de un grupo para influir en la opinión pública y en la dirección de los asuntos sociales.

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Más acá en el tiempo, hubo otros dos procesos que dieron impulso al interés sobre los evangélicos. Por un lado, el apoyo que Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, recibió de este conglomerado durante su candidatura. Por el otro, el protagonismo que tuvo este sector cuando Luis Fernando Camacho, presidente del comité cívico de Santa Cruz, entró al Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano, con una biblia y una bandera de Bolivia tras la renuncia de Evo Morales a la presidencia de ese país.

A raíz de estas situaciones, se dispararon las alarmas en todo el arco progresista, de izquierda, de centro izquierda y demás, sobre si era posible que algo similar pase en Argentina. Varios blogs como Anfibia y Crisis publicaron sendos artículos para explicar el fenómeno, con un resultado muy positivo. En particular el artículo de la Revista Crisis, que explica el fenómeno desde una mirada más sociológica. Este artículo puede leerse como un anexo a aquel.

¿Qué son los evangélicos?

Primero vamos con las consideraciones institucionales. Lo mejor para entender al cristianismo es verlo como un árbol con muchas ramas. Este árbol tiene un tronco principal sin bifurcaciones importantes hasta el siglo XI, donde se nace la primera división entre católicos y ortodoxos. Si bien ambas iglesias están diferenciadas, ninguna considera a la otra una “herejía”, sino que conviven. Luego de la reforma protestante, nació una nueva rama. Ésta fue declarada como hereje por la ortodoxia católica, pero prendió fuerte.

El cristianismo fue y será siempre, entre otras cosas, una disputa por el nombre. Es decir, por una rama que se atribuye ser la única rama verdadera. De la rama protestante nacieron los luteranos, anglicanos, calvinistas y algunos más. Y de esas ramas, hace apenas unos años, nacieron las tradiciones evangélicas, a saber, metodistas, pentecostales, hermanos libres y demás. Éstas son apenas las últimas hojas del árbol, a los que se llama “evangélicos”. La mayoría de estas iglesias son autónomas, pero mantienen una cierta coordinación a través de federaciones, entre las más conocidas de nuestro país ACIERA, FAIE, FECEP.

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Los testigos de Jehová no son evangélicos, pues difieren por completo en las creencias acerca de Jota Cristo. Los mormones tampoco son evangélicos; la Iglesia Nueva Apostólica tampoco; y la Iglesia Universal del reino de Dios tiene un status complejo. Mientras que en las creencias fundamentales parece tener coincidencias con los evangélicos, el nivel de fetichismo que tiene hacia diferentes objetos (el manto de la descarga, el agua del Jordán, etc.) y una relación excesivamente mercantilista con sus fieles, hacen que la mayoría de las iglesias evangélicas no la consideren como propia.

En nuestro país, todas las iglesias y religiones que no sean católicas deben inscribirse en el registro nacional de culto según indican la Ley 21.745 del año ’78 y el decreto 2037/79, ambos publicados bajo la dictadura militar.

Los evangélicos son un grupo social que viene creciendo en influencia hace más de tres décadas, pero que pasó desapercibido para la intelligentzia. Este crecimiento se ve en el aumento de seis puntos que tuvo desde el 2008, donde pasó de representar el 9% de la población a más del 15%. Un crecimiento de seis puntos en once años.

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Fuente: Secretaría del Culto/Conicet https://bit.ly/3avpP4m

Mi hipótesis fundamental para este artículo es que el crecimiento del fenómeno evangélico se puede explicar por su conjunto de creencias y cómo estas influyen en su manera de actuar.

Evangélicos vs Católicos

Parte del desconocimiento en Argentina de la tradición evangélica/protestante tiene que ver con que, hasta hace no muchos años, la religión que había hegemonizado el cristianismo en Argentina era el Catolicismo. Para nosotros, los nacidos en el territorio al sur del Paraguay, ser católico y ser cristiano era casi un sinónimo. De hecho yo conocí a los evangélicos por una cuestión personal y aleatoria: me echaron de un colegio secundario a mitad de cuarto año y el único colegio con el mismo plan de estudios que me podía recibir era un colegio evangélico, el ECEA.

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Esta relación entre catolicismo y evangelismo nos sirve para trazar la primera diferencia. Si bien las religiones tienen influencia sobre la sociedad, hay una diferencia crucial en cómo esa influencia se ejerce. Por un lado la iglesia católica, al menos en Argentina, funciona como un “telón de fondo”, es decir, una especie de cosmovisión común y popular que no requiere demasiado de sus fieles, más que alguna asistencia anual a misa, venerar algún santo, etcétera. El catolicismo, salvo en una porción pequeña, no tiene una ideología militante. Y no la necesitaba, hasta hace un tiempo, porque era la religión hegemónica del país, la que le había ganado a todo el resto. Tanto es así que figura en el segundo artículo de la Constitución Nacional:

Si bien hoy el catolicismo retiene influencia porque ocupa lugares institucionales, la realidad es que su base militante está muy disminuida, al menos en nuestro país. Incluso tiene severos problemas para entrenar nuevos sacerdotes. Obvio que esto tiene que ver con un proceso de secularización constante que vamos atravesando en varias partes del mundo, donde la iglesia fue perdiendo su capacidad de ser la principal estructura de educación. Dato que podemos corroborar cuando vemos el desglose etario de las creencias religiosas. Mientras que de los mayores de 65 sólo un 7.7% dice ser ateo, ese número se triplica cuando nos vamos a la franja etaria de los 18–44 años.

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Fuente: Secretaría del Culto/Conicet https://bit.ly/3avpP4m

El principal activo de la iglesia católica en países donde es mayoría, como Argentina, es que su sistema ideológico/filosófico se volvió la cosmovisión estándar de un gran porcentaje de la población. El sistema de creencias argentino está constituido en gran parte por las enseñanzas de la iglesia católica. Ésta supo contar con un fenomenal aparato de domesticación, basado en el bautismo, las parroquias, los colegios, la educación de les niñes, grupos scouts, acción católica y demás instituciones. Pero con el avance de la cultura secular y la propia flexibilización de la iglesia en sus rituales o exigencias a los fieles, su poder de fuego se vio disminuido. Como dice Peter Sloterdijk, a la sociedad ya no lo educan ni el estado, ni el catolicismo, ni los ilustrados, sino los medios masivos de comunicación (la tele, internet, los videojuegos, todo lo que estimula la máquina deseante).

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Muestra de esta especie de “filosofía popular” que es el catolicismo se puede ver en algunos rituales que persisten en la vida cotidiana argentina: la navidad, semana santa, la caminata a Luján, San Cayetano, el culto a la Virgen María y la proliferación de santos por fuera de la ortodoxia (Gauchito Gil, la Difunta Correa, o San la Muerte). Una presencia relativa pero innegable en la fibra popular. Incluso el hecho de que el fenómeno cultural masivo más grande del país, como son los recitales del Indio Solari, reciba el nombre de “misa ricotera”, desnuda un poco el carácter estandarizado del catolicismo argentino.

Sin embargo, pese a ser la filosofía estándar del pueblo argentino, el número de fieles está en caída: pasó del 76.5% en 2008 al 62.9% en 2019. De seguir la misma tendencia, en diez años estaría apenas encima del 50%. Un número muy asombroso si tenemos en cuenta que el catolicismo no tuvo rivales significativos en más de 500 años.

A diferencia de su par católico, la iglesia evangélica ejerce una influencia sobre sus miembros de forma mucho más directa. Tal es así que puede caracterizarse cómo una minoría activa. Pasó del 9.0% en 2008 al 15.3% de la población en 2019. Este aumento significativo responde, sin duda, a la naturaleza militante del evangélico promedio. Para la iglesia evangélica, la pertenencia exige compromiso. Esto se ve en los números donde podemos ver que el 53% de los evangélicos consultados dijo ir al menos una vez por semana al templo, contra un 12% católico.

Si hacemos todos los cálculos necesarios, sobre una población de 40.000.000 de personas, el número total sobre cuántos evangélicos y católicos van al menos una vez por semana al templo, da lo mismo, un número cercano a 3 millones. Pero con la diferencia de que el 60% del país dice ser católico y tan sólo un 15% dice ser evangélico. A esto me refiero cuando digo que es una “minoría activa”.

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Fuente: Secretaría del Culto/Conicet https://bit.ly/3avpP4m

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Esto se puede explicar, en parte, que los miembros “pasivos” de una iglesia no suelen ser bien vistos por el resto de su comunidad. Un buen cristiano evangélico asiste todos los domingos al culto (la versión evangélica de la misa, que además tiene coro, batería y guitarra eléctrica), participa en algún grupo celular (grupos de contención y de estudio de la biblia) y si está bien comprometido hace alguna actividad más. Además, si es joven, los sábados a la noche va al grupo de jóvenes (que cumple la función de mantener unidos a los más chicos, que consigan pareja y no caigan en el pecado de “ir a bailar”); si es viejo, va al grupo de viejos; y si es niño los domingos participa de la “escuela dominical”, como Bart Simpson.

Descentralización

Las iglesias evangélicas son un subconjunto de la iglesia protestante. Podría pasar horas describiendo todas las ramificaciones y denominaciones que existen en el cristianismo no católico ni ortodoxo, pero los aburriría demasiado. Para aquellos que quieran hacerlo pueden ir a este artículo de la Wikipedia. Lo principal que hay que entender es que los protestantes no responden a la autoridad del Papa. Es como que se quedaron con los principios del cristianismo pero fundaron una nueva organización. Y por eso, durante varios siglos, fueron señalados como herejes. Técnicamente fue el segundo fork del cristianismo: el primero había sido el de la iglesia ortodoxa.

Además, esta disputa tiene como telón de fondo la pelea entre el poder papal, que aún representaba el poder del emperador y el poder de los príncipes, que reclamaban cierta autonomía nacional. Lutero fue quién proveyó la doctrina de que la autoridad máxima de la iglesia tiene que ser el príncipe y no el papa. Esto permitió a los príncipes revelarse contra el papado. Tal es así que, como vestigio de esa época, los anglicanos (que son los protestantes ingleses) tienen como cabeza de la iglesia a la Reina. Esto también es importante porque empieza a marcar los lazos que se tejerían entre protestantismo, incipientes estados nacionales y capitalismo, que vamos a revisar más adelante.

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Las iglesias son más fáciles de reproducirse. Como no necesitan autorizaciones de instituciones demasiado grandes y burocráticas, pueden abrir nuevos espacios de reunión y culto en casi cualquier lugar. Además, en caso de que haya conflicto entre un pastor y su dirigencia, este puede irse por su lado y armar una nueva iglesia. Como sucede con las abejas cuando una reina abandona el panal y arma otra colonia, la división en la iglesia evangélica es una herramienta de reproducción.

Esto tiene que ver con que, a diferencia de la iglesia católica donde es de suma importancia el respeto a la verticalidad, la sucesión apostólica, el canon y la autoridad papal, en la iglesia evangélica prima un principio de fidelidad individual a Cristo que está por encima del respeto a la iglesia como institución. Además, para los evangélicos, cualquier lugar puede ser una iglesia: el living de una casa, un comercio sin usar, un salón de fiesta. La iglesia son sus miembros, no el edificio.

Las comunidades evangélicas se auto sustentan mediante el diezmo. De esta manera, cuando una iglesia empieza a funcionar, tiene una estructura acorde a lo que sus miembros pueden atraer. A medida que la iglesia crece en cantidad de personas, accede a más dinero. Así, puede mejorar el sonido, tener más pastores (algunos son de tiempo completo, pagos por la congregación, y otros son de tiempo parcial y ad honorem), un mejor lugar, y así atraer más gente. En ese sentido se crea una especie de loop positivo que hace crecer a la iglesia de forma orgánica.

Trabajo territorial

Una de las ventajas que provee la descentralización es que permite un tipo de organización mucho más flexible y por lo tanto más capilar. Es decir, con más alcance, gracias a que puede meterse mejor en intersticios. Esto funciona perfecto para que la iglesia evangélica pueda cumplir con el mandato misionero legado por el mismísimo Jota Cristo, según afirman las escrituras en Mateo 25: 35–36.

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Si bien para la doctrina protestante la salvación es sólo por medio de la gracia de dios, todo esto que puede traducirse como “trabajo social” es de vital importancia. Por eso es tan común el trabajo de la iglesia evangélica en cárceles, en las villas y con recuperación de adictos. Lo que llamamos “trabajo social” es casi una obligación para aquellos que participan de la iglesia, además de ser una herramienta para conseguir nuevos miembros. No es casualidad que sea en los sectores con menores estudios completos donde la iglesia evangélica sea más representativa, dado que es también donde apunta fuerte sus cañones.

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Fuente: Secretaría del Culto/Conicet https://bit.ly/3avpP4m

Ética protestante del trabajo

Quizá el factor más disruptivo que tiene la iglesia evangélica es que su crecimiento modifica la norma cultural del país en donde se instalan. Parte sustancial del éxito de los evangélicos es que la conversión que les proponen a las personas implica una modificación radical en su vida, dado que para ser parte de la iglesia hay que adoptar su estricto código moral. Y esto tiene dos consecuencias.

La primera es que introduce, de forma más o menos deliberada, lo que Max Weber nombró como “la ética protestante del trabajo”. Es decir, la idea de que el trabajo es un principio fundamental y rector de la vida, y el avance en la pirámide de ingresos una forma tangible de la bendición de dios. Doctrina que también a veces se suele llamar teología de la prosperidad y que la mayoría de las iglesias evangélicas, de una forma u otra, sostiene.

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De esta forma, la iglesia moldea a los participantes para que sean miembros activos de la sociedad. Esto lo hace desplegando una serie de tecnologías del yo para mejorar el rendimiento de los sujetos en la sociedad.

La literatura evangélica es un claro ejemplo de esto, y el libro “Una vida con propósito” es el parangón. Estos libros suelen tener una estructura de devocional diario (se lee un capítulo por día), que explica cuál es el propósito que dios preparó para cada persona en su vida. Muchas veces, el libro se suele leer al mismo tiempo entre toda la iglesia, y en un mes o dos completan el camino “devocional”. Para cuando el libro se termina, el lector ya debería saber qué tiene que hacer para vivir una vida “plena”. Este tipo de estrategias es recurrente y es una de las formas más efectivas que tiene la iglesia de bajar doctrina.

El proceso de “conversión” es, en definitiva, una psicopolítica evangélica. A raíz de la conversión, la vida debe “transformarse”. Y esta transformación milagrosa no es ni más ni menos que seguir el código de moral de la iglesia. Éste puede ser más o menos estricto según la denominación, pero en líneas generales es parecido: no tener sexo pre matrimonial, ser heterosexual, ser obediente a la autoridad eclesiástica, no mentir, no usar sustancias (cigarrillo, alcohol, droga), no robar, y un largo etcétera.

Así, el imperativo de la conversión crea una serie de personas socialmente “aptas”, acomodadas para ser productivas. Provee un orden, un sentido, que en personas muy marginadas de cualquier tipo de contención social opera en una forma cuasi “milagrosa”. Por eso es tan común escuchar los testimonios que parecen calcados: “Yo era un X y ahora el señor me prospera” donde X es cualquier “pecado”. Es como un coaching constante para la vida.

La segunda consecuencia es que los participantes de la iglesia van a tener una cosmovisión compartida respecto de los temas de la agenda pública. Y acá es donde todo se pone un poco más complejo. Como dijimos más arriba, las iglesias evangélicas son un subconjunto de la tradición protestante. Dentro de esta podemos encontrar a Calvinistas, Luterano, Anglicanos, Valdenses y demás. Todas estas corrientes son más bien “históricas” y tienen una mentalidad progresista. La principal diferencia con el subconjunto evangélico es que estos últimos suelen defender interpretaciones literales de la biblia, por eso también se los llama fundamentalistas.

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Y éste es el núcleo del problema. Si la biblia se interpreta en forma literal tenemos un problema, porque se convierte en un (no muy buen) libro de cosmología, biología y moral. Demasiado para un solo libro. Si leemos la biblia en forma literal, el universo se creó en seis días, toda la humanidad desciende de Adán y Eva, y los diez mandamientos los escribió dios en persona. Esto último es lo más problemático de todo. No quiero decir que los otros no, pero en épocas de terraplanistas y negacionistas del poder de las vacunas, que haya personas que no pueden entender cómo funciona la evolución ya no es tan raro.

Más allá de eso, el problema con creer que dios bajó una normativa legal única para el comportamiento humano, A.K.A. “los diez mandamientos”, clausura por completo la reflexión, discusión y cuestionamiento de cualquier acción humana y/o sistema legal. Si la moral, es decir lo que es bueno y lo que es malo, es determinado por dios, no hay reforma posible; y ni siquiera hablemos de poder tener una postura más o menos crítica. Éste es el problema fundamental de la expansión evangélica. Para ver cómo una idea filosófica esencialista determina el pensamiento social, veamos el impacto que tiene la idea de que dios creó sólo dos géneros con la correspondencia que debería tener una “familia típica”.

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Como muestra el gráfico, en una población donde la idea de dios es rectora de su vida, cualquier cosa que tenga origen divino goza de un estatus epistémico especial. Si dentro de esas categorías se incluyen asuntos sociales, entonces los creyentes no pueden más que deducir que hay cosas que son como son porque dios las hizo así. Por eso el rechazo tan fuerte al matrimonio de personas del mismo género, y en consecuencia a la ESI.

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Deducimos de estos dos puntos que las modificaciones en la trama cultural que traen consigo el avance de las iglesias evangélicas de corte fundamentalista son, de mínima, problemáticas.

Iglesia y “mundo”

Otra de las dicotomías fundantes es la idea de que “el mundo” es enemigo de los creyentes, sustentado por la interpretación literal de Santiago 4:4.

La radicalización que exige participar en una iglesia evangélica no es atractiva a primera vista, dado que exige muchos sacrificios, dependiendo de si la iglesia es más liberal o más ortodoxa. Si la iglesia es muy moralista, no sólo el alcohol, el tabaco y los boliches están prohibidos, sino la música no cristiana; e incluso lo más radicales pueden prohibir las películas, videojuegos y libros no cristianos.

Pero las iglesias suplen esa falta de entretenimiento mundano con entretenimiento generado por sus propias industrias culturales. Mientras que las principales actividades que un católico señala como parte de su vida religiosa son rezar, hablar a los seres queridos difuntos, leer la biblia y confesarse o comulgar; para los evangélicos las principales actividades son: rezar u orar, leer la biblia, escuchar música religiosa y escuchar o ver programas religiosos en radio, tv o internet.

Mientras que para los católicos todas sus actividades religiosas están orientadas al culto, para los evangélicos dos de las cuatro actividades más comunes están orientadas al entretenimiento. Si bien la iglesia evangélica exige un sacrificio al separarse del “mundo”, compensa con los mismos productos pero creados con contenido cristiano. De esa manera logra dar un paliativo al creyente, a la vez que resuelve un problema grave que tiene la iglesia católica: cómo conciliar a la religión y entretenimiento. Algo que supo hacer muy bien en la edad media pero que después del renacimiento parece no haberle ido tan bien.

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Las industrias creativas cristianas son una industria millonaria, con su centro de producción en Nashville, Estados Unidos. Lo cual compatibiliza capitalismo y religión, además de sacralizar de la cultura. Esto aumenta la separación entre sociedad civil y militancia evangélica.

Conclusiones

Es innegable que el crecimiento de la población evangélica está asociada, por un lado, a su capacidad de trabajar de forma descentralizada y enfocando su acción en personas marginadas por la economía y la política. En ese contexto los evangélicos sacan ventaja, pues su vida y su misión religiosa coinciden. Así tenemos la combinación perfecta para un meme de alta reproducción viral, en palabras del filósofo Mencius Moldbug. El evangelismo es un virus muy bien adaptado a nuestros tiempos, cuya carga positiva es la instauración de una ética protestante del trabajo y una fuerte identificación con los países que la profesan.

La lectura minuciosa de la encuesta sobre religiones también muestra no sólo el crecimiento de los evangélicos, sino el mismo crecimiento en los “sin religión”. Dicho grupo creció siete puntos en once años, incluso superando el crecimiento del cuco evangélico. Esto nos habla de dos cosas: por un lado, la caída sostenida del catolicismo como estándar de creencias en la cultura argentina; por otro lado, el auge de dos polos contrapuestos: sin religión y fundamentalistas cristianos. Los sin religión se disparan al doble a partir de nivel secundario completo. Esto nos dice que, a mayor educación, mayor chance de ser ateo.

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Así, Argentina avanza hacia una transformación muy importante de su acervo cultural. Por un lado, el auge del fundamentalismo cristiano. Por el otro, un polo no creyente, de escolarizados seculares pro aborto, pro derechos de las minorías y pro despenalización de las drogas.

Lindo bardo.

Vía Medium.

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Juan Ruocco

ACERCA DEL AUTOR

Juan Ruocco es escritor y guionista. Nació en 1987 en la Ciudad de Buenos Aires. Trabajó para Fwtv, Canal Encuentro y PolKA. Escribe en el “Suplemento No” del diario Página/12 y colaboró en El Cronista y en la revista Apertura. Está interesado en la tecnología, los videojuegos y el futuro. Dirigió su propia revista (Velociraptors), tiene un podcast (Random) y escribe artículos de forma regular en su blog. Además, estudia filosofía, juega Magic y anda en skate.

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