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El Lado Oscuro de la Cultura de los Festivales

El Lado Oscuro de la Cultura de los Festivales

✍ 17 febrero, 2021 - 09:28

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Por Nicholas Powers.

Él le agarró el culo y ella le dio un cachetazo. Se encontraban en los toboganes de hielo, donde corría licor por ranuras en un bloque gigante de hielo, para que lxs bebedores pudieran deleitarse con alcohol frío. El bartender se alegraba mientras su amiga sorbía ron frío. Ningunx de lxs dos se dio cuenta que un hombre acosaba sexualmente a una asustada adolescente negra, que intentaba escapar de él.

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Lxs alcancé a ver entre el desfile intermitente de multitudes iluminadas con LEDs: él inclinándose, ella retrocediendo. Me acerqué rápidamente al tobogán de hielo.

“Machote”, le dije mirándolo fijo. “Ella no quiere que la toques”.

Él se encogió torpemente de hombros y se escabulló. Cuando me di la vuelta, una amiga arrastró a la chica hasta otro bar lleno de gente bailando. No me sentí heroico. Sentí una pesadez enfermiza por saber que el objetivo del hombre eran más mujeres.

Cada festival al que voy crea una burbuja de euforia utópica. Se genera un mundo efímero de hedonismo libertario, donde se permite todo en pos de la búsqueda de la felicidad individual. La sexualidad se libera. La creatividad se celebra. El placer abre nuestros cuerpos como un cofre del tesoro.

Pero la utopía tiene peligros inherentes. La experimentación con drogas puede transformarse en autodestrucción, y el peligro es mayor en los festivales. La sexualidad sin barreras también abre un espacio para la depredación. El placer puede anular la solidaridad. Los miembros de la contracultura, que imaginan un mundo poscapitalista, también debemos mirar el lado oscuro de la fiesta.

Como polillas yendo hacia la luz

“Yo me amo”. Toma éxtasis.
“No me amo”. Consume LSD.
“Me amo”. Bebe ron.
“No me amo”. Toma más éxtasis.

Sus ojos están rojos. Parecen canicas agrietadas. Sale tropezando de su carpa hacia el centro del festival. Mi amigo está sufriendo. Su divorcio lo partió al medio. Las drogas lo adormecieron. El trabajo diurno lo agotó. Lo veo caer en espiral, hacia abajo, abajo.

No es la única persona que busca un escape en Burning Man. Veo a personas casi en estado de coma que se desparraman en los sofás inflables de un campamento o en un coche artístico, cualquier vehículo reconvertido por la imaginación en, por ejemplo, un dragón que resopla fuego sobre ruedas. En los festivales, veo a amigxs o a desconocidxs que se revientan el cerebro con drogas. El brillo de los productos químicos reluce, aunque sea brevemente, su dolor. Dios sabe que a mí me pasó lo mismo.

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En el hedonismo libertario de los festivales, la experimentación con drogas es palabra santa. Ya sea éxtasis, hongos, LSD, marihuana, ketamina, DMT o una raya de coca, hacemos girar nuestros cerebros en una ruleta química para conseguir la gran victoria. El resultado es lo que el escritor francés Romain Rolland describió en una carta de 1927 a Sigmund Freud como la “sensación oceánica” en la que el yo se evapora. Muchxs de nosotrxs destruimos el “yo” con alegría porque viene con quitarse el peso de la sociedad. Las mentiras que decimos a lxs demás y a nosotrxs mismxs para mantener nuestro ego, el trabajo interminable y la comparación incesante de nosotrxs mismxs con lxs demás; nos deja huecxs. Caminamos con la cara pintada, deprimidxs y ansiosxs.

Al consumir drogas en los festivales, cuando el LSD se disuelve en mi lengua, las máscaras que llevo se derriten, y la emoción libre baña a todo el mundo con una luz celestial, lxs desconocidxs se vuelven tan íntimos como la familia. La gloria que llevamos dentro está al alcance de la mano.

A la mañana siguiente, estoy listo para volver a casa. Algunxs no lo están. Veo cómo llenan los coches de cosas de camping para ir a toda velocidad al siguiente festival. Se niegan a volver a lo que lxs burners llaman “el mundo por default”, o lo que la mayoría acepta como “el mundo real”. No les culpo. Pero sí me preocupa. Engullen LSD y éxtasis hasta que sus almas se endurecen en un estado permanente de nirvana. Lanzan sus vidas como piedras sobre un lago y rebotan por la superficie del mundo.

Persiguen la trascendencia aunque la autoexploración se convierta en autodestrucción. A veces me pregunto si yo también debería abandonar el mundo por defecto y seguirlxs. Pero entonces les veo aferrarse a sus drogas como a un salvavidas, ya sea dentro o fuera de los festivales. O me entero de una sobredosis. Cuando ocurren en masa, las sobredosis son noticia. Y bajo los titulares hay un sinfín de malos viajes; puede ser una persona pidiendo ayuda a gritos, hiperventilando o caminando delante de los coches intervenidos artísticamente.

La gente compasiva, que afortunadamente abunda en la contracultura, ha creado organizaciones de reducción de daños como DanceSafe, para comprobar la pureza de las drogas, y The Zendo Project, para sacar a lxs psiconautas del abismo mental. El personal se sentará con alguien que esté pasando por un viaje difícil, le ofrecerá un espacio seguro y hablará sobre el miedo y la confusión para reducir las consecuencias negativas de la droga: ésa es la base de la reducción de daños.

El abuso de drogas y, en el extremo, la sobredosis, es un riesgo inherente a los festivales. Aunque las drogas son la forma de limpiar las “puertas de la percepción”, guiándonos hacia una verdad espiritual, si no la integramos en nuestras vidas, es una verdad que puede matar.

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La noticia de un hombre que se lanzó al fuego en un festival llamado Element 11 recorrió rápidamente la Comunidad burner. Fue un mal presagio. Tres años después, un hombre saltó a las llamas en el Burning Man del 2017. En el informe toxicológico, no se encontró ninguna droga en su organismo. Tal vez la única droga que le quedaba por tomar, para ofrecerse la libertad de este mundo, era esa llama.

Depredadores

¡Que empiecen los festivales! Los movimientos salvajes y orgiásticos, los bailes eróticos con desconocidxs, las tocadas de culo, los besos profundos con lengua, los twerkings, los pellizcos, las sacudidas de pechos al desnudo, los saltos en trampolín sin ropa, las folladas en público y los talleres tántricos; todo ello nos devuelve a nuestros cuerpos. Y nos encanta.

En el hedonismo libertario de los festivales, la apertura sexual producida por las drogas se considera un derecho carnal. Ya sea en la Cúpula de la Orgía del Burning Man, en el divertido baile en barra de Playa de Fuego o en la Cabaña del Orgasmo de PEX, la carne se frota para encenderse. El calor sexual derrite la vergüenza inculcada en nosotrxs por un capitalismo que vende imágenes de belleza falsas e inalcanzables. Casi todos los anuncios, la televisión o la pantalla del móvil muestran el cuerpo perfecto de una celebridad. ¿Quién no se juzga a sí mismx? ¿Quién no quiere ser deseadx por lo que es?

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Pero vienen lxs depredadores. Lxs violadores, lxs acosadores y lxs maltratadores utilizan las líneas difusas de los festivales y el uso de drogas para recrear escenas de poder y escabullirse en las caóticas noches de LEDs. Moviendo las cabezas como aletas de tiburón, dan caza en las fiestas que se mueven como cardúmenes de peces multicolores. A veces, lxs depredadores han estado ahí desde siempre. Puede ser un compañerx de campamento o un tipx que nos visita mucho. Podría ser el amigx de un amigx. Podría ser unx ex.

Hace años, en Playa de Fuego, busqué a mi amiga Rainbow; estaba bajo los efectos del éxtasis cuando la vi bailando con un hombre alto con un sombrero vikingo de plástico. Él tenía un aspecto extraño y ella se dejó caer en sus brazos como una muñeca de trapo. Tenía los ojos semicerrados mientras él la manoseaba y la arrastraba hasta las carpas situadas detrás del set del DJ. Corrí hacia ellos.

“Está jodidamente fuera de sí”, le dije al vikingo. “Vete a la mierda”, gruñó. “Consentimiento”, grité.

Un feo y violento asco se encendió entre nosotrxs antes de que la dejara ir. La llevé de vuelta al campamento para que durmiera una siesta. Sentado junto a ella, me sujeté la cabeza. Jesús. Jesús.

Dos años más tarde, en la Playa, el duro y plano desierto donde se construye el Burning Man, pensé en Rainbow; ella quería venir al Burn, pero nunca lo logró. Había sido agredida sexualmente, antes de conocernos por un amigo suyo. Cuando me lo contó, sus extremidades se trabaron como vicios de acero. Enterró esa noche en su cuerpo con drogas, amantes que la lastimaron y pastillas. Y luego se suicidó. Con más pastillas.

Lxs depredadores pueden estar impulsados por la inseguridad o la rabia, la venganza o el sadismo; por lo que gran parte del daño que hacen no se denuncia. La vergüenza y el miedo ahogan a sus víctimas; y cuando las mujeres denuncian el delito, puede que no se les crea o que estén lejos de los kits de violación que cuentan los equipos para recoger pruebas de ADN del cuerpo o de la ropa. En todo el mundo, desde Suecia hasta el Reino Unido, pasando por Estados Unidos, los festivales producen sobre todo mujeres, y algunos hombres, que fueron violadxs o agredidxs.

Las agarraron mientras bailaban, les dieron comida y bebida con alcohol, o se despertaron aturdidas y cubiertas de marcas de mordiscos.

Por eso, agradecí ver a educadores sexuales como Britta Love, impartiendo talleres sobre consentimiento. En los festivales de burners, un grupo llamado el 11th Principe: Consent fue creado en el 2012 por Jaime Chandra para educar sobre el consentimiento. Animaron a la organización del Burning Man a adoptarlos. Lxs organizadores se resistieron, pero incluyeron la información en el folleto previo a Burning Man. Junto a ellxs, la Oficina del Discurso Erótico pega stickers en los campamentos y en los baños portátiles del festival. Declaran: “Pregunta primero”, y dan pautas claras sobre el consentimiento antes y durante el sexo.

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La literatura podrá detener algunas agresiones cuando la demanda sexual alimentada por la droga zigzaguee por las neuronas de algún tipo y, como una máquina de pinball, encienda la palabra consentimiento. Algunxs depredadores lo leerán como un reto personal.

Hay un policía en tu cabeza

La policía rodeaba a un polvoriento burner, que se quedó boquiabierto mientras registraban su bolso. La multitud se separó como un rebaño, dejándolo atrás. Me apoyé en mi bicicleta y vi un contraste con las protestas de Nueva York, donde lxs activistas sacan a sus compañerxs de las garras de lxs policías.

En el hedonismo libertario de los festivales, el placer puede triunfar sobre la solidaridad. Lo cual es extraño. En el Burn o en el PEX o en los regionales, lxs desconocidos se alimentan unxs a otrxs, disfrutan de la música, construyen arte y hacen el amor. La multitud es un caleidoscopio de gente que entra y sale en geometrías de azar. Hasta que llega la policía.

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Cuando lxs policías paran un coche, todavía no he visto a un grupo de burners grabarlxs. En el momento que la policía hace una redada en una tienda, todavía no he oído que un campamento se defienda. Cuando la policía detiene a alguien por drogas en los festivales, aún no he visto que la fiesta se detenga. Sacrificamos a algunxs miembros de nuestra tribu a una cuota policial con tal de que se permita la existencia del evento.

Una vez en el Burning Man, levanté mi bicicleta por encima de la valla de la basura, la malla de plástico rosa que impide que la basura se adentre en el desierto, y donde lxs burners se reúnen para bailar o ver el amanecer. Pedaleando con fuerza, me dirigí hacia el horizonte. Un camión de guardabosques se acercó a mí a toda velocidad. Se detuvo.

“¿Tiene uns entrada?”, preguntó.

“Claro”. La mostré. Abrió la boca para darme la advertencia sobre salir de la valla de basura de Burning Man.

“Lo sé… Volveré”. Señalando el desierto, sonreí. “Me encanta esta fiesta. La maldita cosa es que no puedo dejar de querer salir de ella para ver lo que hay ahí fuera”.

Giró la cabeza. Juntos contemplamos la inmensidad. El viento silbaba a lo largo de la dura playa agrietada.

“Yo también, hermano”. Se tiró de su uniforme. “Yo también”.

Al volver me di cuenta de que era más libre en Occupy Wall Street y en una marcha de Black Lives Matter que en Burning Man. En el revolucionario festival de la protesta, nadie necesita una entrada de USD 400. Todo el mundo puede venir. Las calles son campos de juego. El mundo real puede rehacerse en tiempo real. El contraste me ha sorprendido mucho.

Muchas de estas utopías en forma de burbuja estallan y nosotrxs, sorprendidxs por lo buena que puede ser la humanidad consigo misma, volvemos a la sociedad sin parpadear. Pero sólo unxs pocxs podemos permitirnos el lujo de volver. Volvemos transformadxs por algo que sabemos que no podemos vivir todos los días. Los festivales son el futuro preso del privilegio. Todo lo que seremos, algún día, existe brevemente en él.

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Cuando los pueblos del mundo vuelvan a tomar el control de la historia. Y el festival escape del desierto y de los bosques rurales, de las playas y de las islas privadas, para llevar la alegría salvaje a la plaza pública; tal vez podamos ser honestxs sobre su lado oscuro. Cada luz provoca una sombra, pero siguen bailando juntas.

Vía DoubleBlind, traducido por El Planteo.

Ilustraciones por Nick Potts



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