Elogio de la Lentitud: El Cannabis Como Herramienta Contracultural Frente al Mandato de Producir
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El tiempo pasa demasiado rápido. En realidad pasa igual de rápido –o lento- que siempre, pero existe una sensación muy concreta, propia de estos tiempos: estamos tan inmersos en la rutina y en la repetición constante de actividades que terminamos funcionando en piloto automático. Los días parecen “volar” porque, al repetir acciones de manera automática, el cerebro ahorra energía, comprime las experiencias y reduce la capacidad de atención a otros detalles.
La vida moderna empuja un mal de época: sobreestimulación, múltiples tareas, varias pantallas al mismo tiempo y un ritmo acelerado que disminuye la capacidad de atención plena. Al volver la vista hacia atrás, ¡pum!, “los años se condensan en apenas unos momentos destacados, mientras que las horas cotidianas se desvanecen en el olvido”, señala con cierta poesía Rocío Zorzon, médica especialista en cannabis terapéutico y fitomedicina.
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Así, la memoria, en su afán de sintetizar, “nos devuelve una versión abreviada del tiempo vivido, reforzando la impresión de que todo transcurre con mayor velocidad”, continúa. Además, la búsqueda constante de productividad y el vertiginoso avance tecnológico generan estrés y alimentan una sensación permanente de “no querer perdernos de nada”. En ese sentido, el cannabis podría ayudar a desacelerar de esa velocidad.
Hablemos un poco de ese asunto. “El cannabis, especialmente a través del CBD, actúa como ansiolítico y contribuye a reducir la ansiedad. Por otro lado, el THC, principal compuesto psicoactivo, interfiere en el sistema endocannabinoide, el cual regula procesos como la percepción sensorial y los ritmos internos del organismo”, cuenta Zorzon.
Esta interacción afecta áreas del cerebro vinculadas con la memoria, la atención y la percepción temporal. Entretanto, “muchas personas reportan que durante la subida del efecto del THC el tiempo parece ‘ralentizarse’, generando una experiencia subjetiva en la que los minutos se perciben más largos y la vivencia se vuelve más intensa”.
¿Hay algunos perfiles específicos que funcionan y sintonizan mejor con la introspección y la desaceleración? “Sí, sin lugar a dudas las variedades índicas o híbridas con predominio índica, ricas en terpenos como mirceno, linalool y terpinoleno, que inducen relajación física y mental, ayudan a entrar en estados contemplativos y pausados”.
Por estos días, resulta difícil “desconectar” y, allí, con este envión, brota un síntoma nítidamente epocal: llega el famoso FOMO, abreviación del “Fear of Missing Out”, un fenómeno que genera ansiedad, dependencia digital y diversas dificultades en nuestra vida cotidiana, como la incapacidad de desconectarnos de las obligaciones y, especialmente, de las redes sociales. En palabras más sencillas, el FOMO se asume como la percepción de “perderse algo” y, al mismo tiempo, seguir manteniendo compulsivamente conexiones vía redes sociales.
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Y una vez más el porro. Un “antídoto” contra el aburrimiento y ahí, con el objeto de revertir el ocio, puede convertirse en una herramienta poderosa. Dice la profesional: “La neurociencia demuestra que los momentos de ‘no hacer nada’ no sólo son productivos, sino esenciales. Permiten al cerebro descansar, reorganizarse y potenciar funciones clave como la creatividad, la memoria y la toma de decisiones”.
Por eso, se recomienda incorporar pausas conscientes en las que no se haga nada, ni siquiera pensar demasiado. Difícil, ¿no? “Estas pausas actúan como una técnica sencilla pero profunda para reconectarnos con el presente y darle al tiempo un ritmo más humano”, explica Zorzon.
Al mismo tiempo, se recomienda la incorporación de algunas “prácticas lentas” (así les llaman, nosotros no hacemos las reglas) como yoga y mindfulness, que resultan especialmente valiosas. “Ayudan a recordar la importancia de estar en el aquí y ahora, observando con atención los pensamientos, las emociones y las actividades que realizo. De esta manera, podemos vivir cada experiencia con mayor conciencia, evitando caer en la automatización y en el hacer las cosas de manera mecánica”.
En contracara, la búsqueda por la desaceleración puede asomar pasividad y, también, evasión. Ojo con entregarse al vagabundeo mental, a quemarse el cerebro de tanto quemar otras cosas. Pero todo depende del cristal con que se mire. A la sazón, la búsqueda por la desaceleración puede implicar ciertos riesgos si se confunde con pasividad o con una forma de evasión de la realidad.
“El verdadero secreto”, asegura la profesional, “está en encontrar un equilibrio: ser productivos, pero también reservar espacios para el ocio, la conciencia plena y la relajación. La desaceleración es valiosa cuando se entiende como presencia y conexión, no como inmovilidad o fuga”.
En resumen, el peligro surge cuando “vivir más despacio” se interpreta como “no vivir plenamente”.
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Y, en rigor, el uso del cannabis está profundamente ligado al objetivo con el que se consume. La clave está en la intención: ¿para qué se usa esa utiliza esa sustancia? Existe una delgada línea entre las distintas formas de uso, ya que el efecto es altamente subjetivo y varía de persona en persona. “Cuando se emplea con equilibrio y con una intención consciente, ambas opciones pueden adquirir un carácter terapéutico. Por supuesto: es fundamental recordar que nada en exceso resulta beneficioso”, advierte Zorzon.
Y en una sociedad –en un tiempo, en un espacio- que nos demanda más, sentir más, hacer más, producir más, la contramarcha y el desacelere pueden comprimir destellos contraculturales. La imagen idílica de los niños jugando libremente en la calle, de los adultos compartiendo tiempo juntos, de los lugares sociales como enclaves comunitarios va difuminándose poco a poco. Una buena respuesta podría ser: hacer menos, producir menos y clavar un freno de mano. Ahí entran el mindfulness, el yoga, la meditación y las prácticas de atención plena. Y cuando pinta, porque siempre pinta, el cannabis.
“Cada vez más personas se interesan, se forman y las incorporan estas prácticas en su vida cotidiana, buscando una conexión más profunda con la conciencia y con el presente. Para mí, todo esto representa una nueva etapa en nuestra evolución humana: un regreso consciente a formas de vida más integradoras y conectadas”, corona Zorzon.
La mente es un editor definitivo y ululamos entre el montaje acelerado de una vida a toda velocidad, la ausencia de instancias intermedias y unos picos cada vez más bajos. Si la vida es un suspiro, quizás la clave anida en luchar contra esa aceleración y aprender a dilatar el presente lo más que se pueda y dejarlo en un punto y seguido exactamente acá.
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