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Día de la Bicicleta: Demonios, Leche y ‘Medicina para el Alma’

Día de la Bicicleta: Demonios, Leche y 'Medicina para el Alma'

✍ 3 junio, 2020 - 14:45

Una breve historia sobre el experimento fallido de Albert Hofmann con LSD que provocó un fenómeno cultural.

Por James McClure.

El 19 de abril de cada año, lxs psiconautas dedicadxs celebran el Día de la Bicicleta: la fiesta del LSD, similar al 4/20 para el cannabis.

Pero lo sucedido el primer Día de la Bicicleta no fue nada festivo para Albert Hofmann, el científico suizo que descubrió los efectos alucinógenos del LSD después de dosificarse accidentalmente con ácido. En ese momento, Hofmann estaba convencido de que no sobreviviría a la terrible experiencia que se convertiría en la base de esta efeméride. Sin embargo, docenas de viajes más tarde, lo llamó una herramienta para la evolución humana.

Descubran por qué en nuestra breve historia del Día de la Bicicleta.

Hofmann inventó el LSD para tratar problemas cardíacos y pulmonares

La historia del Día de la Bicicleta comienza en 1938 cuando Hofmann, que trabajaba en el departamento farmacéutico de los Laboratorios Sandoz en Basilea, sintetizó LSD a partir del cornezuelo, un hongo que comúnmente crece en los granos de centeno. En ese momento, Hofmann no tenía idea de que el LSD tenía efectos psicodélicos. De hecho esperaba que fuera un analéptico útil, un tipo de estimulante para tratar problemas respiratorios y circulatorios.

Dado que los analépticos a menudo se usaban para ayudar a las personas a recuperarse de la anestesia, el laboratorio de Hofmann comenzó a probar LSD en animales sedados. La nueva droga hizo que los sujetos dormidos temblaran un poco, pero nada más, por lo que el laboratorio archivó el experimento y todas las demás pruebas con LSD.

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Hofmann no volvería a tocar la sustancia por otros cinco años, pero cuando lo hizo, cambió su vida y revolucionó la ciencia psicodélica.

El Día de la Bicicleta, el 19/4/43, no fue la primera vez que alguien tomó ácido

Hofmann fue la primera persona en tomar ácido, pero su primer viaje no fue el 19 de abril. En realidad fue tres días antes. El 16 de abril de 1943 Hofmann decidió volver a analizar el LSD, por lo que comenzó a sintetizar un nuevo lote. Justo cuando estaba terminando ese proceso, Hofmann comenzó a sentirse extraño y decidió dejar de trabajar por el día.

Después de irse a casa, se recostó en el sofá y “se hundió en una condición intoxicada no desagradable, caracterizada por una imaginación extremadamente estimulada“, recordó en sus memorias de 1980 LSD: My Problem Child. “Percibí un flujo ininterrumpido de imágenes fantásticas, formas extraordinarias con un intenso y caleidoscópico juego de colores”.

Hofmann estaba convencido de que la extraña experiencia tenía algo que ver con el LSD, que podría haber absorbido accidentalmente a través de su piel mientras manipulaba la sustancia en el laboratorio. Pero tenía que estar seguro, así que hizo lo que cualquier científico loco haría: experimentar con él mismo.

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Más tarde, Hofmann dijo que dio este paso arriesgado porque eso era lo que quería esta nueva droga.

“El LSD me habló”, le dijo Hofmann al New York Times en el 2006. “Se acercó a mí y me dijo: ‘Debes encontrarme’. Me dijo: ‘No me des al farmacólogo, no encontrará nada.'”

Esa anécdota puede parecer extraña viniendo de un científico respetado, pero Hofmann no creía que la ciencia y el espiritualismo deberían ser mutuamente excluyentes.

“Cuando estudias ciencias naturales y los milagros de la creación, si no te conviertes en un místico, no eres un científico natural”, dijo en la entrevista del Times.

Se llama ‘Día de la Bicicleta’ debido a la Segunda Guerra Mundial

El 19 de abril, Hofmann regresó a su laboratorio para tomar ácido (esta vez a propósito), pero no tenía idea de cuánto tomar. La dosis recomendada para un primerizo es entre 100-200 microgramos, según la Encuesta Global de Drogas. Pero no había forma de que Hofmann supiera eso, ya que era su propio conejillo de indias. Así que supuso que 250 microgramos serían una dosis adecuada, que tomó a las 4:20 PM (apropiado, ciertamente).

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Hofmann no tardó mucho en darse cuenta de cuán fuerte era la dosis que había tomado. Después de notar que “las percepciones alteradas eran del mismo tipo que antes, solo que mucho más intensas” y que “tuvo que luchar para hablar de manera inteligible”, Hofmann decidió que tener un viaje en un laboratorio químico era una pésima idea, por lo que le pidió a su asistente ayuda para llegar a casa.

No podían ir manejando a su casa, debido a restricciones de guerra que prohibían el uso de automóviles en las vías públicas, por lo que tuvieron que andar en bicicleta. Y de ahí viene el nombre del Día de la Bicicleta.

Un viaje desafiante

El primer Día de la Bicicleta pronto se convirtió en una pesadilla viviente para Hofmann, quien comenzó a tener un viaje aún más intenso una vez que llegó a su casa. “Mi entorno ahora se había transformado de una manera más aterradora”, señala en sus memorias. “Todo en la habitación giraba, y los objetos y muebles familiares asumieron formas grotescas y amenazantes. Estaban en continuo movimiento, animados, como impulsados ​​por una inquietud interior”.

A este punto, Hofmann se convenció de que se había envenenado. Creía que el mejor antídoto era la leche, mucha leche. Como no había en su casa, le pidió a su asistente que buscara un poco de lo de su vecina. Pero eso sólo empeoró las cosas.

“La señora de al lado, a la que apenas reconocí, me trajo leche; en el transcurso de la noche bebí más de dos litros. Ya no era la señora R., sino una bruja malévola e insidiosa con una máscara de colores”.

La vecina no era lo único que asustaba a Hofmann, quien sentía que había sido poseído. “Un demonio me había invadido, había tomado posesión de mi cuerpo, mente y alma. Salté de un lado a otro y grité, tratando de liberarme de él, pero luego me hundí de nuevo y me quedé indefenso en el sillón. La sustancia con la que había querido experimentar me había vencido. Fue el demonio que triunfó despectivamente sobre mi voluntad”.

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Las cosas escalaron a partir de ahí, cuando Hofmann comenzó a preocuparse por perder la cordura, así como su fuerza de voluntad. Pronto, comenzó a temer también perder la vida.

“Me asaltó el terrible miedo de volverme loco. Fui llevado a otro mundo, otro lugar, otro momento. Mi cuerpo parecía estar sin sensaciones, sin vida, extraño. ¿Me estaba muriendo? ¿Fue ésta la transición?”

Las partes más desafiantes de la experiencia duraron hasta que llegó su médico para verificar los signos vitales de Hofmann, que eran normales. Lo único que le pareció extraño al médico fue la incapacidad de Hofmann para hablar de manera coherente y sus “pupilas extremadamente dilatadas”.

Después de que el médico y el asistente ayudaron a Hofmann a acostarse, comenzó a relajarse y finalmente a disfrutar el viaje.

“Ahora, poco a poco, podía comenzar a disfrutar de los colores y juegos de formas sin precedentes que persistían tras mis ojos cerrados. Aumentaron en mí las imágenes fantásticas y caleidoscópicas, alternadas, abigarradas, abriéndose y cerrándose en círculos y espirales, explotando en fuentes de colores, rearmándose e hibridándose en un flujo constante… Cada sonido generaba una imagen que cambiaba vívidamente, con su propia forma y color consistente.”

La mañana siguiente

Para sorpresa de Hofmann, se despertó al día siguiente sintiéndose mejor que nunca. Y todo a su alrededor parecía maravilloso.

“Una sensación de bienestar y vida renovada fluyía a través de mí”, recordó en sus memorias. “El desayuno estaba delicioso y me dio un placer extraordinario. Más tarde, cuando salí al jardín, en el que el sol brillaba luego de una lluvia de primavera, todo brillaba y relumbraba con una luz fresca. El mundo era como si hubiera sido creado de nuevo. Todos mis sentidos vibraban en un estado de la más alta sensibilidad, que persistió todo el día”.

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Lo más sorprendente para Hofmann no fue este brillo residual del viaje, sino la ausencia de resaca.

“Otro aspecto sorprendente del LSD fue su capacidad para producir un estado de embriaguez tan poderoso y de gran alcance sin dejar una resaca. Todo lo contrario, el día después del experimento de LSD sentí que estaba… en excelente condición física y mental”.

Hofmann no pensó que el LSD se convertiría en una droga recreativa

La experiencia inicial de Hofmann lo convenció de que el LSD tendría un gran valor para lxs investigadorxs en farmacología, neurología y psiquiatría. Pero no creía que el LSD se hiciera popular como una sustancia recreativa. Después de su viaje de pesadilla, no podía imaginar a nadie tomando ácido por diversión.

“No tenía ni idea de que la nueva sustancia también se usaría más allá de la ciencia médica, como una embriagadora en el ámbito de las drogas”, escribió Hofmann en sus memorias. “Dado que mi autoexperimento había revelado al LSD en su aspecto demoníaco y aterrador, lo último que podía haber esperado era que esta sustancia pudiera encontrar aplicación como cualquier cosa similar a una droga de placer”.

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En otras palabras, nunca hubiera sospechado que el Día de la Bicicleta se convertiría en una fiesta anual celebrada por psiconautas de todo el mundo.

El primer día oficial de la bicicleta

En 1985, Thomas B. Roberts, profesor de psicología educativa en la Universidad del Norte de Illinois, DeKalb, especializado en cursos sobre conciencia, psicodélicos y lo transpersonal y la relación mente-cuerpo, decidió conmemorar el primer viaje de LSD organizando una celebración especial en su casa el 19 de abril.

“Originalmente quería celebrar el 16”, le dijo Roberts a Catalyst en el 2013, “pero ese año, el 16 era un día semana y mal día para una fiesta, y el 19 era un fin de semana, así que decidí celebrar la primera exposición intencional al LSD, en lugar de la primera exposición el 16”.

Más tarde dijo que prefería celebrar el 19 en lugar del 16 porque el famoso paseo en bicicleta de Hofmann evocó un evento monumental en la historia estadounidense: el paseo de medianoche de Paul Revere.

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Años después, luego de que Roberts le contara a amigxs y estudiantes de la celebración, las festividades del Día de la Bicicleta comenzaron a extenderse por todo el mundo. Algunxs entusiastas conmemoran el día tomando ácido, mientras que otrxs quizás toman otro psicodélico, o simplemente se mantienen sobrixs y honran el día apreciando el trabajo de pintores psicodélicos (como Alex Gray, Lee Conklin, Pablo Amaringo y Laurence Caruana), escuchando música psicodélica (como tributos al ácido como “White Rabbit” de Jefferson Airplane), o viendo películas psicodélicas (incluyendo 2001: A Space Odyssey y Easy Rider).

En los últimos años, se han organizado eventos como conciertos y exposiciones en museos para celebrar el Día de la Bicicleta.

Reflexiones finales de Hofmann sobre el LSD

Si bien a Hofmann no le gustaron mucho los efectos del LSD al principio, le dio otra oportunidad más tarde y se dio cuenta de que su viaje desafiante no era necesariamente la norma. Entre su primera dosis en 1943 y su muerte en el 2008 a la edad de 102 años, Hofmann realizó docenas de viajes con ácido, llegando a considerarlo como una “medicina para el alma”.

En años posteriores, habló en contra de la prohibición mundial del LSD, que ha frustrado los intentos de estudiar el potencial medicinal y terapéutico del ácido durante décadas.

“Se utilizó con mucho éxito durante 10 años en el psicoanálisis”, le dijo al New York Times en 2006. “Debería ser una sustancia controlada de la misma categoría que la morfina”.

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Eso podría suceder algún día gracias al renovado interés en los usos clínicos del LSD, que una vez más se está estudiando como un posible tratamiento para la depresión, el PTSD (síndrome de estrés post-traumático), la drogadicción, la ansiedad y otras afecciones. Estos tratamientos no sólo ayudarán al cuerpo y la mente humanos, sino que también mejorarán el estado general de la evolución humana, según Hofmann.

“Creo que en la evolución humana nunca ha sido tan necesario tener esta sustancia, el LSD”, dijo durante un simposio del 2006 que se celebró en honor a su centenario. “Es sólo una herramienta para convertirnos en lo que se supone que debemos ser”.

James McClure es un periodista, dramaturgo y académico con sede en Saint John, New Brunswick, Canadá. Se especializa en cultura del cannabis, política internacional de drogas, hockey y literatura inglesa. Su trabajo ha aparecido en Civilized, Mental Floss y otras publicaciones.

Vía DoubleBlind, traducido por El Planteo.

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